A Elena no le gustaba que llegara la noche. “Tenía sueños feos, de persecución. Eran pesadillas muy recurrentes”. En realidad ella no era Elena sino Nancy Bibiana Madrid, la hija adoptiva de un policía de Buenos Aires que no sólo le robó su familia, sino sobre todo, su identidad. “Siempre me dijeron que no eran mis padres biológicos pero que me salvaron de morir después de que mis padres me hubieran dejado tirada en un baldío”. Con esa historia creció Elena Gallinari Abinet, la primera nieta argentina nacida en cautiverio restituida a su auténtica familia con diez años.

Hasta entonces había vivido una cruel mentira. Elena era hija de María Leonor Abinet, Mara, y Miguel Ángel Gallinari, Bocha, maestra ella y obrero metalúrgico él y militantes ambos de Montoneros. La pareja fue secuestrada y asesinada durante la dictadura militar argentina. Miguel Ángel fue detenido primero en julio de 1976 durante un operativo de control por carretera. A Mara la dejaron seguir mientras que Bocha, pudo escapar. Pero ya nunca pudieron volver  a su casa. El papá de Elena fue capturado tiempo después y su mamá secuestrada en septiembre de ese año. Ella ya estaba en su vientre pero dos meses después, en noviembre de 1976, la arrancaron de los brazos de su madre.

Los bebés formaban parte del botín de guera. Llevaban a parir a las mujeres en maternidades clandestinas y luego las mataban

Y durante diez años se crio con Domingo Luis Madrid y su esposa, María Mercedes Elichalt, “mis apropiadores”, como ella califica. Hasta Cádiz ha venido Elena para dar a conocer su caso y el inmenso trabajo de las Abuelas de Plaza de Mayo en la recuperación de la identidad de unos 500 nietos que fueron robados siguiendo una práctica sistemática de apropiación de bebés, que fueron secuestrados, ocultados y robado la identidad. Ellos también formaban parte ese botín de guerra con los que se hacían los grupos de tareas que no sólo torturaban y asesinaban a los detenidos sino que les incautaban los bienes, hasta los más preciados, sus hijos.

En su caso, ella ya estaba en esa lista que recogía a los niños que iban a nacer e iban a ser dados a funcionarios y colaboradores. “Me dieron a un policía de la provincia de Buenos Aires que estaba dentro del circuito represivo”. Porque con la adopción de Elena no ha habido dudas: no se trata de no saber de dónde venía, de estar en una casa cuna o circunstancia similar. Es más, “tenemos sospechas de que participó en la muerte de mi madre”. Conocer conocía de estas prácticas pues, no obstante, su hermano era un destacado policía que estaba en el grupo de tarea de Gordon, un importante represor.

Elena, durante la entrevista.

“El hecho de que me dijeran que no era su hija biológica me ayudó mucho en el momento de conocer la verdad, pero con la versión que me habían dado siempre creí de niña que me habían abandonado cuando en realidad él estaba dentro de un circuito represivo, era funcionario de la dictadura y tenía un grado”, tanto que cuando a ella la restituyen, ascendió a subcomisario de la provincia de Buenos Aires. Durante esos años, “me sentía como distinta, que no era mi lugar. Siempre me criticaban, me decían que era una revolucionaria….¡y eso que era chiquita! No me sentía parte pero no entendía nada”. Elena asistía a una escuela católica, iba de vacaciones a un club de policías y cuando salía algo de las Abuelas de la Plaza de Mayo, “decía que eran unas locas y que no habían cuidado bien de sus hijos”.

Las pruebas de sangre

Un día del año 1986, fueron a buscarla a la escuela para hacerse una extracción de sangre. La caída de la dictadura primero y el Gobierno de Raúl Alfonsín, que abrió el Banco Nacional de Datos Genéticos, después, permitieron ver luz a la lucha que desde el año 1977 habían comenzado las abuelas. A Domingo Luis Madrid le había llegado una denuncia y para evitar que pudiera escapar como ya hizo otro imputado que se llevó a sus supuestos hijos a Paraguay, a Elena la buscaron en el colegio para evitar sorpresas. “Imagínate…yo con mi guardapolvo, mi mochilita…” Su abuela materna Leonor Alonso, también maestra, secuestrada, torturada y posteriormente puesta en libertad, fue la que luchó por encontrarla hasta que dio con ella.

“El momento del encuentro…no suelo contarlo. Me llevaron al juzgado y me contaron que tenía una familia biológica –eso ya lo sabía- que me estaba buscando. Estuve un rato largo porque fue todo con asesores, psicólogos porque era la primera vez que se daba un encuentro con una niña nacida en cautiverio, sin recuerdo alguno. Cuando vi a mis dos abuelas y a mi abuelo, era como si ya los conociera. Eso era imposible pero fue lo que sentí”.

“Para mí, mi familia biológica es lo más importante porque me recibieron con mucho amor, mucha compresión. Nunca en la vida me hablaron mal de mis apropiadores, porque ellos consideraban que era parte de mi vida. Imagínate qué amor incondicional y qué diferencia entre unos y otros”. Sólo hacía tres años que estaban en democracia, por lo que “no sabía nada de lo que había ocurrido en mi país hasta el punto de que salí de Secundaria en 1994 y no se hablaba de dictadura”. Por eso, el camino de la búsqueda de la identidad caminaba parejo al de la propia identidad del país.

Elena se fue con una tía paterna, hermana de su papá. “Me costó un poco hacer asociaciones porque me restituyeron pero mis padres no estaban”. Sólo estuvo un mes con esta tía que tenía dos hijas. “Tenía muy buena predisposición pero el terrorismo de Estado destroza a las familias y cada uno hace lo que puede con la historia: unos la pueden procesar más y otros menos”. Para su tía, “mi papá se había ido de viaje al extranjero…han sido muchos años los que se han llevado las familias sin poder hablar”. De ahí, se fue a vivir con un tío materno. “Hay una historia muy linda porque mis primos, que son tres, querían tener otro hermano. Cuando nos conocimos, les dijeron que querían que yo fuera a vivir con ellos y que no tuvieran otro hermano porque ya tenían Elena”. A partir de entonces, encontró su hogar. Tiene otras dos hermanas directas. Son las dos hijas anteriores a ella que su madre tuvo con otro hombre. Ellas fueron testigo del secuestro de su madre y nunca más supieron de su hermana pequeña. “Nos costó establecer con el vínculo porque no me crie con ellas, eso lo hicimos más de grande pero muy bien”.

Imagen histórica de las Abuelas de Plaza de Mayo.

En todo esto, hay “un acomodo psicológico y distintas etapas por las que pasamos”. Ella hizo una línea. “Borré mi pasado y empecé a vivir el presente. Y después de un tiempo, pude ir incorporando toda esta línea que soy yo misma”. Para ello fue fundamental, el apoyo de su familia y de los psicólogos de las Abuelas. Y en esa búsqueda de uno mismo, era capital hacer justicia. “Estuvimos batallando porque yo no tuve mi DNI hasta diez años después. Yo usaba mi nombre pero no me podían inscribir en la escuela, no podía salir del país…Mi caso tardó mucho porque mis apropiadores ponían todo el tiempo recursos, se estiraba y se estiraba. Ya habíamos sufrido el terrorismo de Estado y en democracia seguíamos sin gozar de plenos derechos”. El hecho de haber sido restituida tan relativamente pronto fue, eso sí, una ventaja a la hora de afrontar su propio yo. “Tuve suerte porque tenía días pero a muchos chicos, que ahora tienen 40, sus apropiadores (policías, militares o gente civil colaboradores) les lavaban la cabeza en contra de sus padres biológicos”.

Y Elena hace un alto en su discurso. Cuarenta años después de la barbarie en su país, se encuentra en medio del barrio de El Populo hablando sobre ello cuando pasa un abuelo gitano del barrio de Santa María con botas de bailaor incluidas. “¿Viste?”. Su pasión por el flamenco la delata y de nuevo el pasado salta al presente. “A la misma vez que ella tenía pesadillas, su abuela Leonor soñaba con una niña que bailaba flamenco”, explica Carmelo Versaci, activista que también ha venido con ella y ha traído hasta Cádiz la causa de la dirigente política indígena encarcelada Milagros Salas. Ambos fueron recibidos por el alcalde de Cádiz, José María González, y el concejal de Memoria Democrática, Martín Vila.

Sentados en el banquillo

El orgullo por sus padres se extiende a esa abuela que la encontró. La que se unió al movimiento de las viejas como las llaman cariñosamente. Una argentina hija de gallegos anarquistas que desde muy pequeña repartía pasquines y se convirtió en una reconocida feminista. Maestra, pintora y antropóloga, Leonor fue la que compartía el 99,9% de su sangre. Una línea materna tan fuerte que ni siquiera el terrorismo de Estado de la dictadura de Videla pudo romper.

Los movimientos de las abuelas y las madres llevaron sus reivindicaciones por todo el mundo y exigieron recuperar a sus nietos y sentar en el banquillo a los represores. Elena lo hizo y sus apropiadores han sido condenados a diez años de prisión y siete la doctora que firmó la partida falsa. “En mi causa, ellos fueron exentos de la acción penal por prescripción porque existe una ley que pasados diez años de cometido el delito, caduca. Cuando en el 2003, el Gobierno de Néstor Kirchner decide, por una cuestión de voluntad política, dar de baja las leyes de impunidad en Argentina, yo me presenté de nuevo en la causa aduciendo que era delito de lesa humanidad. Entonces se revocó ese fallo y en el 2013 fue el juicio final”.

Desde 2008 a 2013 sus apropiadores cumplieron prisión preventiva y ahora ya han cumplido dos tercios de la pena, mientras que la doctora, que fue condenada a siete años, la tiene que cumplir íntegra. “Con mis apropiadores me da pena porque no sé cómo puede haber gente con tanto odio, tanto desamor pero no, no siento culpa”. Y eso que muchos nietos lo han experimentado, "pero ese sentimiento no debería existir porque está mal el eje: nosotros no tenemos la culpa, las abuelas tampoco. La culpa la tiene el terrorismo de Estado. Aunque no me gusta esa palabra, nosotros somos víctimas. Qué culpa va a tener uno. Yo fui querellante en mi causa pero ni siquiera tuve que ser yo”. Reconoce que en algunos momentos flaqueó pero “mis abogados de La Plata me apoyaron porque también está la presión de la sociedad, la moral falsa, el moralismo. Amigos ideológicamente compatibles todavía me preguntan cómo los pude llevar a juicio pero yo no estoy en la foto de mi familia porque ellos me robaron. Todo esto yo me lo perdí”. Hubo otros, sin embargo, “a los que macharon psicológicamente y que sintieron miedo porque tenían delante a apropiadores muy fuertes y con mucho peso en Argentina”.

Elena con Carmelo Versaci.

Lo novedoso de su causa fue además que a la mujer de su apropiador también la cayó la misma pena. “Hasta entonces siempre era como si ellas no supieran nada pero mis abogados defendieron que ella ejerció el poder de su marido como funcionario para poder secuestrar, tener y ocultar a un menor durante diez años”. “Es muy difícil hacer ese trabajo –reconoce- porque cualquier ser humano puede decir que me criaron, que me dieron esto o lo otro pero eso dentro de un marco: un plan sistemático de apropiación de niños dentro de una dictadura de instalación del neoliberalismo, de un plan económico, cultural…es todo parte de lo mismo, de un mismo entramado, nosotros fuimos parte de toda esa estrategia. En el 77, la Dictadura instaló maternidades clandestinas donde llevaban a parir a las mujeres secuestradas. Se repartían a los chicos y mataban a los padres”.

"Mientras que haya niños robados con la identidad cambiada, el país no va a contar su verdadera historia”.

Su proceso de recuperación terminó con la identificación de los restos de su madre en 2008 por el Equipo de Antropología Forense de Argentina y su posterior entrega en 2013. Su papá no pudo ser recuperado porque descansa entre otros muchos en un osario común. Tanto el Equipo –mundialmente conocido y de reconocido prestigio- como las Abuelas han conseguido trazar con sus investigaciones toda la historia de la represión en Argentina. “Lo más alucinante es que las abuelas crearon un mapa de la organización militar de la Dictadura, de cómo se repartían, cómo reprimían y cómo organizaban estas bandas y estos grupos de tareas. Si ellas no hubiesen investigado buscando a los nietos, nunca se hubiesen conocido estos mecanismos, estas ramificaciones y nunca se hubiesen podido juzgar a los militares”, apostilla Carmelo.

La recuperación de los nietos es su gran victoria. “A las viejas les da más esperanza porque son mayores y se ponen todas contentas. Estela (Carlotto, la presidenta) cambió cuando encontró a su nieto: parece otra mujer, renovó diez años”, explica Elena. Pone el acento en las dificultades que ahora mismo tienen para conseguir fondos. “Necesitamos dinero para poder hacer las pruebas de ADN que son muy caras porque aquí no puede venir un chico o una chica con dudas y no hacerle las pruebas porque no tenemos dinero”. También está el problema de la avanzada edad de las abuelas. “Ya quedan pocas pero ellas han promovido junto con la Universidad un Archivo Bibliográfico Familiar con toda la información de sus padres por si aparece un nieto y ellas ya no están. Empezaron por los que no habían aparecido pero lo extendieron a todos porque se incluyen piezas como entrevistas de amigos que son muy difíciles ahora de conseguir por los nietos. “Esto es como buscar una aguja en un pajar y ellas lo han conseguido”. Todavía faltan 400 que podían estar también en Europa, por eso hace una llamamiento desde la capital gaditana para apoyar la causa de las abuelas y denunciar “el retroceso de derechos humanos que estamos viviendo en Argentina”, ahora mismo cuando ha aparecido el cadáver del joven Santiago Maldonado.

Bebés robados en España

Elena no quiso dejar de interesarse por un proceso parecido ocurrido en España, los bebés robados, y ante las diferencias en el desarrollo de ambos procesos, mostró la firmeza de esas mujeres argentinas que cambiaron el curso de la historia a pesar de un estado represor: “La verdad y la identidad es la libertad. Por muy dura que sea la verdad, con mentiras uno no puede construir su propia vida. Mientras que haya niños robados con la identidad cambiada, el país no va a contar su verdadera historia”.

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