Historias de mercadillo (dos meses después)

La venta ambulante se reanuda en Jerez con la mitad de puestos y muchas precauciones entre unos vendedores que esperan que las ventas repunten poco a poco con el paso de las semanas

MERCADILLO_SABADO-3
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“Bikinis y bañadores, ¡qué alegría de verano!”, grita un joven, en la que puede ser una escena típica de cualquier mercadillo. Pero hoy es distinto. La voz se le distorsiona levemente porque lleva mascarilla, pero eso no le impide vociferar sus ofertas a la clientela que, poco a poco, ve llegando a los puestos. Es sábado y, en Jerez, toca hacerlo en la calle José Ignacio Pineda de la barriada de La Granja, en la que es la reapertura tras más de dos meses de parón. Eso sí, con la mitad de puestos. Los vendedores se van turnando. Del número 1 al 45, para empezar, y luego del 46 al 91, y así irán rotando.

Domingo Pérez está en uno de los primeros puestos. Junto a su mujer, lleva más de 35 años dedicado al comercio ambulante, y nunca había estado sin trabajar tanto tiempo. “Lo hemos llevado fatal”, cuenta a lavozdelsur.es, sobre todo porque “no ha entrado un duro en casa”. Los 600 euros de las ayudas a autónomos por cese de actividad, y poco más, “pero tenemos la hipoteca, la cuota de autónomos, comunidad, luz, coche, mercancía…”, enumera Domingo. Por eso agradece que, para montar en Jerez, no vaya a pagar tasas, al menos, hasta pasado el mes de julio. “El virus nos ha matado a todos económicamente”, dice.

Un bote de gel hidroalcohólico, anclado al poste central del puesto de Domingo, da la bienvenida a sus clientas, ya que sobre todo tiene ropa de mujer, un género que compró con tiempo, por eso ha podido reabrir. Hay compañeros que no han podido precisamente por eso, por no poder sufragar el coste de la mercancía de verano. Precisamente, al lado de su puesto hay un hueco vacío de un vendedor que se quedó con toda la ropa de invierno y ahora no puede renovarla porque no tiene ingresos. “Es el primer día, el hielo hay que romperlo de alguna forma”, agrega Domingo. “Yo creo que saldremos de esta”.

Un bote de gel hidroalcohólico, en uno de los puestos. FOTO: MANU GARCÍA

La vuelta al trabajo ha sido “muy triste”, expresa Pérez, porque la clientela es mucho menor y porque faltan compañeros. “No es lo mismo que estemos todos a que no lo estemos, porque la gente va de un puesto a otro y hay más movimiento”, cuenta. Durante la conversación lo llama un vendedor, uno de los que le toca montar la semana siguiente. “Mal, muy mal, no hay nadie”, le dice en una breve conversación Domingo, que teme que llueva dentro de siete días, lo que postergaría su regreso al mercadillo. “Me tocaría estar dos veces al mes, pero si llueve vendré solo una vez”, lamenta. Para saber eso aun tendrá que esperar.

Unos puestos más adelante está Manolo Guerrero, un jerezano que lleva toda su vida en la venta ambulante. Empezó con 18 años y está a punto de cumplir 64, edad a la que pretende jubilarse. “Me dicen que me voy a aburrir, pero siempre he visto muy activo, seguro que no”. Manolo confiesa que ha montado su puesto para “tantear” el ambiente y saber cuánto género adquirirá en su próxima compra, “por eso tengo el puesto tan vacío”, se justifica. Él, además, ha superado el coronavirus. A mediados de marzo estuvo de viaje en Lloret de Mar, en la Costa Brava catalana, donde se contagió. A su regreso a Jerez estuvo diez días hospitalizado, “con mucho dolor de cabeza y fiebre, pero sin problemas respiratorios”, relata. “El bicho se coge y no sabes dónde”, advierte Manolo, quien sabe bien de lo que habla.

Una clienta, en un puesto del mercadillo de La Granja. FOTO: MANU GARCÍA

El padre de Manolo Guerrero también se dedicaba a la venta ambulante y eso le hizo decidirse por un sector en el que tiene “mucha libertad y mucha tranquilidad”. Él no lo cambia por nada. De hecho, estuvo un año en una empresa telefónica y volvió a su puesto. “Con la libertad que trabajas aquí no trabajas en ningún sitio”, dice Guerrero, que también ha regentado tiendas, pero para el que “este trabajo es un chollo”, pero eso sí, admite que “los últimos años se ha notado mucho que ha caído”. Después de estar casi cuatro meses sin trabajar, y de tirar de ahorros para asumir gastos, está deseando jubilarse tras más de 45 años de trayectoria.

La familia de Manuel Fraga —el apellido es apodo, adoptado del pueblo aragonés del mismo nombre— tiene varios puestos de zapatos a lo largo del mercadillo. Uno es suyo, y los otros de sus hijos, a los que ha ido metiendo en el negocio. “Vamos tirando”, dice cuando se le pregunta cómo ha pasado el confinamiento y cómo lleva la vuelta a la actividad. El coronavirus, desde luego, ha hecho estragos en su familia: ha perdido a un cuñado de 55 años, que padecía cáncer, y su hermana, su marido y tres hijos lo han padecido. “Mi mujer es de alto riesgo, tiene asma, y hemos salido poco”, relata.

“Nos costará salir de esta”, dice Manuel, que trabaja en el puesto junto a su hija pequeña. “Hoy a mí no me toca montar, pero venimos a ayudar”, dice. El género lo compró hace unos meses, por lo que se quedó “casi sin nada”, relata. “Hemos comido por los 600 euros de la ayuda”, dice. A un hijo lo han tenido que ayudar y el marido de su hija pequeña se ha tenido que ir a Lleida a recoger fruta. “Pero lo han engañado, le dijeron que iba a cobrar 6,5 euros la hora y le va salir por 5 euros”.

Hace más de 15 años que Manuel y su familia empezaron en la venta ambulante, primero con una pequeña mesa de playa y, poco a poco, con su propio puesto. Sus hijos fueron aprendiendo el oficio y ahorrando para tener el suyo propio. “Dios nos ha bendecido”, expresa Manuel, que vive en Jerez después de residir en Fraga (Huesca). “Llegué enganchado a la heroína, pero conocí el Evangelio, la Iglesia Evangélica de Filadelfia, y salí de ese mundo”, cuenta. Luego estuvo trabajando en el campo, recogiendo fruta, como electricista, de peón… “Me vine hace casi 20 años y desde entonces empezamos a vender”, recuerda. Y lo seguirá haciendo, con permiso del coronavirus.

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