Flores para las tumbas del Estrecho

Acude dos veces cada día al cementerio de Barbate. Por la mañana, para los suyos; por las tardes, para velar a quienes escupió el mar

La lápida del niño Samuel, en el cementerio de Barbate. FOTO: MANU GARCÍA
La lápida del niño Samuel, en el cementerio de Barbate. FOTO: MANU GARCÍA

Rosario pertenece a esa clase de personas que quita gravedad a las tragedias. Que se sobrepone a un lugar que a cualquiera aflige. La realidad es que, en cualquier caso, reside una honda pena en quien pierde a un ser querido, aunque la viva con normalidad. Es el caso de Rosario, que acude cada mañana y cada tarde al cementerio de Barbate. Antes de que salga el sol, a eso de las ocho de la mañana, cruza una pequeña arboleda a la salida del pueblo acompañada de una amiga acompañada de una muleta, quien también va al camposanto a echar un rato con los suyos.

Tres octogenarios, año arriba, año abajo, cuidan al amanecer sus lápidas, sentados en sillas de plástico verdes. Dos mujeres y un hombre. Charlan un poco. "¿Es usted Rosario?". Interrumpen la conversación. "Ella es", dice la amiga. Nadie quiere fotos. Nadie quiere nombres. En el pueblo, Barbate, sabrán quiénes son, y por qué están allí.

"Venimos porque usted cuida la lápida del niño Samuel". Samuel Kabamba llegó sin vida hasta la orilla de la playa de Mangueta en enero de 2017, entre el Faro de Trafalgar y El Palmar. Como aquel niño Aylan que retorció las tripas de Europa durante la crisis de refugiados, el pequeño congoleño de cuatro años puso rostro al terror del Estrecho. Hoy, su rostro es también el único entre las lápidas de los alrededor de 40 migrantes que permanecen enterrados en el cementerio de Barbate.

Germán, ante los nichos de algunos inmigrantes fallecidos. FOTO: MANU GARCÍA

"Ella le pagó el nicho, sí, y le pone flores a los inmigrantes que llegan hasta aquí". Rosario no está cómoda con las entrevistas, pero sí con la charla, porque en el cementerio de Barbate pasa muchas horas y el resto somos invitados. "Con 600 euros de pensión que tengo, le pagué su nicho. Lo dije aquí en el cementerio, que me daba pena que le dieran a un niño uno de los de arriba, que tenía que estar abajo". Las quintas y sextas filas del cementerio de Barbate no suelen estar en propiedad. Paradójicamente, la clase más alta del camposanto es la que está más cerca del suelo.

En lo alto, entre flores, vírgenes del Carmen, algún escudo del Cádiz, algún retrato de Fray Leopoldo, otras lápidas desnudas, blancas, quedan sin nombre. Sólo números. Fechas. "Aquí están los inmigrantes que no reclama nadie", dice Germán, que se encarga de que en el cementerio todo esté en orden. Vejeriego y ex albañil, llegó al oficio después de la crisis y éste es su segundo año en el de Barbate. A algunos entierros acude él con algún encargado de la morgue y un conductor, y nadie más. Así fue este pasado mes de diciembre. "Es el último en llegar, de un naufragio aquí cerca. Llevaba dos meses en un congelador de Cádiz hasta que lo enterraron". Sin nombre. Sólo un número y una fecha en tiza negra. Pasados los años, los restos son trasladados a los osarios.

Rosario coloca las flores que otros olvidan. Las que van quedando abandonadas en el cementerio. La lápida de Samuel reluce. Tiene un peluche. Es cosa también de Rosario. "Ella es muy buena", dice su compañera. Un hombre viudo, el mayor de los tres, asiente. "Eso que hace no lo hace nadie". "Yo no he hecho nada", dice Rosario. De no ser por lo mediático que resultó aquello de que un niño fuera arrullado por el mar hasta la orilla, sería también un nombre sin nombre. Sería otra cruz bajo una fecha negra. Y todo tiene su porqué. Porque fue Aylan en toda Europa, España puso el foco en aquel niñito escupido por el Estrecho unos meses después.

Un mármol a las víctimas del Estrecho. FOTO: MANU GARCÍA

 

 "L'eternes a donné, et l'eternel a oté. Que le nom de l'eternel soit beni". "Lo eterno dio, y lo eterno quitó. Que el nombre de la eternidad sea bendecido", dice el mármol. La lápida de Samuel no la pudo pagar Rosario. Bastante con los 100 euros mensuales durante casi un año del nicho. "Estuve dos meses yendo a buscar al alcalde. ¿La lápida cuándo?, le decía. ¿La lápida ha llegado ya? Preguntaba yo aquí en el cementerio, hasta que se la pusieron. Se la puso el Ayuntamiento". La lápida reza a la eternidad sobre un fondo de playa y una foto de Samuel. La madre del pequeño congoleño murió en la travesía y su cuerpo llegó hasta Argelia. Ella había intentado pasar a Europa para curarse de un tumor, pero intentaron el salto por mar al denegárselo. Samuel también sufría problemas de pulmón y ambos cruzaron África para la travesía que acabó en tragedia. El padre, pastor de Iglesia, y una hermana vienen cada Día de Difuntos. Consiguieron localizarlos y llegaron al entierro, casi dos meses después del fallecimiento. Entonces, el pastor Kabamba sí obtuvo el visado. "Ellos me hablaban, y yo no sabía lo que me decía, así que yo decía que sí, sí, sí a todo lo que me decían", dice entre risas.

La gravedad pasa a sencillez. Hasta te tienes que reír, con perdón de quienes ya no pueden hacerlo alrededor. Rosario quiere tranquilidad, y que le hablen, si acaso, sin querer sonsacarle titulares. No los va a regalar. Siente pena, claro, y empatía. De ahí nace que cada día vaya a velar a los suyos, de sangre, y en la tarde pase por el cementerio para limpiar un poco la lápida de Samuel y la de otros que quiere como suyos, que tengan sus flores. Hasta esos quintos o sextos pisos llega Germán, que coloca las flores que le da Rosario. "Un niño no tiene que estar tan arriba, por eso le compré el nicho".

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