El SOS de Marina y Javier: sin ingresos y en una infravivienda sin luz ni agua corriente

Una mujer de 63 años y su hijo de 38 con un 84% de discapacidad malviven a las afueras de El Puerto tras verse abandonados después de una dura vida durante la que ella sufrió malos tratos

Marina Núñez y su hijo Javier, en el salón de su casa. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Marina Núñez y su hijo Javier, en el salón de su casa. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Para llegar hasta la casa donde malviven Marina y su hijo Javier hay que pasar por caminos de tierra, esquivando baches, junto a un canal, cerca de una laguna. A las afueras de El Puerto, en una aldea en la que residen un puñado de personas, llevan siete largos años. Allí conviven con numerosos perros, algunas cabras y gallinas, en una pequeña estancia en la que faltan necesidades básicas. No hay electricidad, ni agua corriente. Tampoco tienen lavadora, ni televisión. Hace tres años que ni Marina, ni su hijo Javier, que tiene un grado de discapacidad reconocida del 84%, perciben ingresos.

Hace siete años que Marina y Javier, uno de sus cinco hijos, viven en condiciones infrahumanas. Ella es asmática, diabética y ha sufrido problemas del corazón. Él también es diabético, tiene problemas de páncreas y también de visión. Para comer, los ayudan algunas de las hijas de Marina, aunque de vez en cuando recogen los “desperdicios” de una carnicería que conocen. O les da algo un vecino. Mientras tanto, salen cada noche a buscar chatarra que luego venden por pocos céntimos. A 0,14 euros el kilo. “Cuando vamos a vender cogemos 40 o 50 euros, pero 400 kilos no los juntas de hoy para mañana, tardamos dos semanas o más”, cuenta ella.

Los problemas de madre e hijo vienen de mucho antes. Hace 20 años que Marina se separó del que fuera su marido, que según cuenta la estuvo maltratando durante su matrimonio, aunque nunca le llegó a denunciar. “¿Dónde iba a ir con mis cinco hijos?”, expresa resignada. Por eso aguantó. “Estoy separada y él se quedó con el piso donde vivíamos, que era suyo, y tenemos una parcela en común que está en venta, pero no se vende, y ahora menos…”, explica.

Javier, en el carro donde cargan la chatarra que luego venden. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Marina en realidad se llama Catalina Núñez, pero nunca le gustó su nombre. Sus nietos empezaron a llamarla mamá Nina y ella lo adaptó. A sus 63 años, no percibe prestación alguna, ya que aunque ha trabajado mucho —“sobre todo como limpiadora”—, nunca lo ha hecho con contrato. “Cuando llegue a los 65 supongo que me darán la no contributiva, pero todavía me quedan dos años”, expresa con pena. También ha solicitado el ingreso mínimo vital, “pero todavía no me han dicho nada”.

Javier, de 38 años, pasó por el tribunal médico para valorar su grado de discapacidad hace unos meses, pero el confinamiento ha ralentizado la tramitación de una ayuda que les hace mucha falta. “Hasta hace tres años estuvo cobrando la RAI (Renta Activa de Inserción), pero desde entonces no percibimos nada, ni él, ni yo”, cuenta Marina. “Me he movido mucho ,pero los servicios sociales solo me dieron para un mes de alquiler y 60 euros para gasolina, pero hace años, desde entonces nada. Me llegaron a decir que hasta que no buscara una casa en condiciones no me pagaban más”, expresa.

La vivienda, por la que pagan 60 euros mensuales de alquiler, se cae a pedazos. Al entrar, a la izquierda, hay una pequeña cocina con un frigorífico de gas, que funciona a medias, y un fregadero que no tiene agua corriente, por eso utilizan garrafas de agua que les donan sus hijas para lavar platos, en un barreño, normalmente en el porche, bajo una vieja sombrilla. El techo de toda la estancia es de uralita, en muy mal estado, con óxido y síntomas de tener una buena cantidad de años. “Ahora ya no se llueve, pero antes era horroroso”, relata Marina. En el salón, que tiene una mesa, unas cuantas sillas, unos pocos de cuadros en las paredes y una chimenea que le compraron sus hijas, también hay una lámpara. Hace dos meses que cuentan con un generador eléctrico que les proporciona luz. “Nos hemos llevado desde 2013 alumbrándonos con una vela”, cuenta ella.

Marina y Javier, junto a una piscina llena con agua de pozo. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Dos pequeñas habitaciones, con un par de camas cada una, y armarios, completan la infravivienda, que también tiene un pequeño baño. “La casa es más vieja que yo”, dice Marina cuando termina de enseñarla. Ella tiene 63 años, la construcción en la que malviven, no sabe cuántos, pero es lo único que pueden permitirse. “Lo único que pido es que tener la opción de pagar un alquiler barato cuando mi hijo cobre la prestación”, expresa ella. “Es inhumano”, agrega Paqui, una de sus hijas, “estoy harta de escribirle a todo el mundo y nadie nos ayuda. Se separó hace más de 20 años pero mi padre no quiso divorciarse hasta hace un año, para casarse otra vez, y la ha dejado sin nada”, cuenta.

“Esto es un sinvivir”, dice Paqui, “no puedo dormir por las noches pensando en que están aquí y nadie los ayuda. Yo tengo mi casa, dos hijos, y hago lo que puedo, pero no puedo costearles un alquiler, con lo caros que están”. Sin trabajo, sin pensión, ni ingresos de ninguna clase, salvo lo poco que sacan de la venta de chatarra, Marina y Javier no pueden salir de un agujero que cada día les pesa más. “Yo ya tengo una edad y antes podía con todo”, dice ella, “pero ya me cuesta”. Antes, estuvieron viviendo con una hermana de Marina —“estuve nueve meses durmiendo en un colchón en el suelo, pero era demasiado abusar hasta para ser familiar”—, se trasladaron a una vivienda que con el paso de los meses no pudieron pagar y luego llegaron hasta la actual. ¿Hasta cuándo?

Sobre el autor:

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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