Con su metro y medio de altura entra en la casapuerta de una de las vecinas a las que abastecía de vales. Pasea con cuidado porque no está muy seguro de si se adentra en la casa correcta. A sus 84 años, la memoria ya no le funciona muy bien. Llega al limonero, gesticula. Anda un poco perdido, pero cuando por fin se da cuenta de dónde está, le invade la alegría. Sus ojos se vuelven vidriosos y la dueña de la casa le dice que no llore. Manolo Jiménez regresa a una de las casas de la Plazuela a la que tanto visitó durante sus 70 años de trabajo como ditero. El oficio se remonta a los tiempos de posguerra, es lo que hoy se conoce como tarjeta de crédito o financiación a medida, pero de carne y hueso. El ditero es aquel que da vales para comprar y pagar a plazos: ropa, muebles o electrodomésticos. Luego este se pasaba por las casas para que el cliente le pagara la dita (cada uno de los fraccionamientos de pago) con un 10% de interés sobre el precio del producto. Así se ganaba la vida Manolo Jiménez.

Se queda huérfano a temprana edad, dice que le crían su hermana y su cuñado en la calle Sol: "Para mí, él era como un padre". Y por temas familiares decide iniciarse como ditero, trabajo que empieza su cuñado de manera autónoma. "Yo trabajaba en la bodega, y estaba muy bien, lo que pasa es que a mi cuñado le hacía falta alguien de confianza, por lo que empecé en el trabajo de ditero", comparte sin que su memoria le falle. A día de hoy vive con su mujer Maruja en la calle Empedrada, paralela a la calle Sol. "Éramos vecinos y amigos de toda la vida, pero un día su familia se muda. Con 15 años me la volví a encontrar por el barrio y le pregunté si quería que la acompañase -resopla-, hasta hoy", cuenta con ternura.

"Un día mi niño tenía reuma y me dijo que lo llevara a don José, que a su hermana le había curado en Cádiz. Como sabía que no tenía dinero vino con 3.000 pesetas para que llevara el niño a Cádiz. Sin más"

Primero comienza a hacer entregas y recibos con una bicicleta alrededor del barrio de San Miguel. "Le vendía a todos los vecinos y a todas las barriadas de Jerez", señala, a lo que añade: "Es verdad que he ganado dinero porque he tenido muchos clientes. Todos muy buenos. No me han dejado a deber, yo no he llegado a perder dinero". Se levantaba bien temprano para trabajar y le podían dar las diez de la noche. No paraba ni un día: "Trabajaba los 365 días del año". Su red de clientes la construía a través del boca a boca y de su actitud ante el vecindario. Una de sus antiguas clientas cuenta una anécdota sobre el carácter desprendido de Manolo: "Un día mi niño tenía reuma y me dijo que lo llevara a don José, que a su hermana le había curado en Cádiz. Como sabía que no tenía dinero vino con 3.000 pesetas para que llevara el niño a Cádiz. Sin más". Esas son las cosas que él tenía. Él, siempre con una sonrisa, espeta: "Yo he querido mucho a mis clientes, y he recibido mucho cariño también. Eso lo sabe ella".

Manolo Jiménez, antiguo ditero de Jerez. FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

Casa Enrique, Almacenes Évora, Santa Ana, Casa Suinve y Casa Anguita son algunos de los establecimientos a los que acudía Manolo Jiménez para comprar todos esos encargos. "Recuerdo cuando vendí muchos televisores. Acababan de empezar en el mercado y vendí muchos. No todos podían permitírselo y acudían a mí", explica. En su memoria no hay fechas. Los recuerdos le vienen cuando menos se lo espera, o quizás hace un esfuerzo y no llegan. Manolo no sabe en qué año comienza a trabajar como ditero. Pero sí le viene a la mente que cuando él sube y baja con su Vespino, muchos jiennenses llegan a Jerez a dedicarse a la dita. "Fueron tiempos de mucha competencia, venían a quedarse en la ciudad a trabajar como diteros", comenta. ¿Perdura este oficio en el siglo XXI?

Manolo y Maruja tienen tres hijos, el primero es médico, la segunda es ATS y el pequeño es ditero. Cuenta que cuando él se jubila, su hijo "ve el cielo abierto". Le pasó el testigo al menor de sus hijos, y asegura que a día de hoy le va bastante bien. Parecía que el oficio iba a morir con su retiro, que la tarjeta, la maquinaria, sustituiría a la persona. Sin embargo, expresa que a su hijo Javier le va bastante bien: "Sigue teniendo mucha clientela porque se quedó con toda la gente que me compraba a mí, más la que le ha ido saliendo". Puede que su hijo sea el único ditero que existe en la ciudad. La profesión ha pasado de generación en generación, así ha podido sobrevivir en Jerez. Hay vecinos que confían antes en las manos de un ditero que en las oficinas de un banco.

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