Antonio Lobato, el artesano de la palma y su inseparable Renault 4L

Marchenero de nacimiento y jerezano por amor lleva años pasando las mañanas aparcado con su vehículo en un cruce entre Jerez y Guadalcacín, donde expone canastos, cestas y escobas elaboradas con sus propias manos

Antonio Lobato posa con una escoba delante de su vehículo. FOTO: JUAN CARLOS TORO
Antonio Lobato posa con una escoba delante de su vehículo. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Cada mañana, desde que está jubilado, Antonio se levanta temprano, se monta un su fiel Renault 4L y se dirige al pequeño huerto que tiene en el cruce entre la A-2005 y la carretera de Caulina, entre Jerez y Guadalcacín, donde tiene sembradas algunas hortalizas que luego consume en su casa. O que regala a algún familiar. “Mis habas y mis cuatro cositas”, describe. Al lado, abre las puertas de su coche y empieza a sacar canastos y utensilios que él mismo fabrica con palmas. Desde fruteros, cestas de todos los tamaños, escobas con el mango de caña, fundas para botellas de cristal, salvamanteles y hasta fundas para móviles que se ajustan al cinturón.

“No tengo nada que hacer, me aburro, y así estoy entretenido”, cuenta Antonio Lobato Fernández a lavozdelsur.es cuando lo visita, una fría mañana de noviembre, con amenaza de lluvia. “Yo soy más duro que el tiempo”, dice el artesano, uno de los pocos que quedan en Jerez. Suena el teléfono de Antonio. “Buenos días, ¿qué pasa? ¿Vas a venir o no? Pues aquí estoy yo”, le dice a un vecino al que le tiene que entregar una garrafa forrada en palma. “Antes las hacía y las daba”, dice Antonio, “pero no va a ser uno tan tonto, ¿no?”. Por la “voluntad” hace canastos que tarda dos días en elaborar. “A esto no le sacas nada, echas dos días en hacer una cesta y la vendes por diez euros… dime tú lo que es eso, pero si me da para gasolina…”, añade. “Y para mis gastos, que a mí también me gusta un vasito de mosto de vez en cuando”, agrega esbozando una sonrisa.

Con toda la paciencia del mundo, Antonio va sacando de su coche todas las piezas que, poco a poco, ha elaborado últimamente, y las coloca en un lateral del vehículo, donde apoya unas cuantas escobas de distintos tamaños, cuelga cestos de los tiradores de las puertas y pone las garrafas en la baca, donde ondea una bandera de España en miniatura. El vehículo lleva con Antonio nada menos que 33 años. “Hace cuatro años me gasté 2.000 euros en repararlo”, cuenta. “A ver qué coche dura tantos años”, dice orgulloso, “y no lo he tenido guardado”. Con él ha estado en Huelva, Málaga, Granada… “Hasta tuve una época en la que no había trabajo y lo utilicé para coger chatarra y así criar a mis cuatros hijos”, cuenta.

Antonio, elaborando de sus canastos. FOTO: JUAN CARLOS TORO

Delante de su inseparable Renault 4L queda una estampa que parece sacada de otra época. El tiempo se para en este pequeño espacio donde Antonio posa con sus creaciones para el reportaje. “¿Una foto y todo? ¿No me llevarán preso, no?”, pregunta con sorna. “Ten cuidado que se va a romper el cacharro ese”, añade, en referencia a la cámara de fotos. Luego se sienta en una vieja silla que saca de un cobertizo y se pone a zurcir un pequeño canasto en el que trabaja ahora. “Cuando pasen ocho o diez años y nos muramos los cuatro viejos que quedamos, a ver quién hace esto”, dice con pena.

Cuando Antonio echa la vista atrás recuerda que ha tenido una vista “triste”. “No sé si le gustará a quien vea esto”, dice. Antonio Lobato Fernández nació en Marchena, en la provincia de Sevilla, hace 74 años. Su padre era de Iznájar, un municipio cordobés, y su madre, de Écija, en Sevilla. Con apenas cuatro años se quedó huérfano de madre, “por una pulmonía”, cuando ella apenas tenía 33 años —“antes no había medicina”—, dejando a cuatro hijos, la mayor con nueve años, y el menor, con apenas año y medio.

Su padre, “mutilado de guerra”, no podía trabajar: le faltaban una mano y un ojo. Por eso Antonio, con seis años, empezó a trabajar, para ayudar a la economía familiar. “De zagalillo siempre estaba en el campo”, recuerda. Su primer trabajo fue en un cortijo guardando ganado. “Estaba con un porquero que hacía cestos con palma, yo no echaba cuenta pero de estar un año y otro se me fue quedando”, explica. Así, “cuando hacía falta un bolso en mi casa o una cesta, pues lo hacía”. Aprendió, simplemente, observando y practicando. "Y dándole muchas vueltas a la cabeza", añade.

Con catorce años cambió de empleo y empezó a conducir tractores. “Hasta que me fui a la mili”, agrega. Cuando volvió, conoció a la que ahora es su mujer, en Marchena. “Su padre trabajaba en mantenimiento de carreteras y alquilaron una casa al lado de la mía”, dice Antonio. “Allí me engatusó”, añade. Hasta el punto de que, una vez terminó el servicio militar, se mudó a Jerez, donde encontró trabajo en un cortijo.

“El año que viene cumplo 50 años de casado”, puntualiza. Ese es el tiempo que lleva en la ciudad, primero en una barriada cerca de Gualdacacín, y más tarde en San Enrique, en Jerez, para estar más cerca de su suegra, a la que tenían que cuidar. “Yo estaba muy bien en mi pueblo, pero no iba a venir a ver a mi novia todas las semanas, no tenía ni moto, solo una bici…”. En Jerez se casó y al año nació su primera hija. Luego vinieron tres más.

Mientras va contando su vida, el frío aprieta y Antonio se abriga junto a su vehículo, subiéndose el cuello de la sudadera. La lluvia está a punto de hacer acto de presencia y él de desmontar su improvisada exposición de artesanía, que volverá a montar al día siguiente, si el tiempo se lo permite. "Así estoy entretenido", insiste, y así pasa las mañanas mientras elabora cestas, canastos y escobas, ante la furtiva mirada de los conductores que giran la cabeza cuando pasan delante suya.

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