Hace ahora siete décadas, un Jueves Santo quedó grabado como uno de los episodios más trágicos vinculados a la monarquía española. Aquel día, el entonces joven Juan Carlos I protagonizó un suceso que terminaría con la vida de su hermano, Alfonso de Borbón, en circunstancias que durante años permanecerían envueltas en el silencio y la controversia.
Alfonso, cuarto hijo de don Juan de Borbón, conde de Barcelona, creció lejos de España junto a su familia por el exilio durante la dictadura franquista. El 29 de marzo de 1956, tras asistir a los oficios religiosos, los dos hermanos se encontraban en una habitación de Villa Giralda, en Estoril (Portugal), cuando se produjo un disparo de un revólver calibre 22. La versión oficial de la época sostuvo que el propio Alfonso manipulaba el arma cuando esta se disparó accidentalmente, causándole una herida mortal en la cabeza que acabó con su vida pocos minutos después.
El comunicado difundido entonces en Lisboa recogía que "estando el infante don Alfonso de Borbón limpiando una pistola con su hermano, la pistola se disparó, alcanzándole en la región frontal, falleciendo a los pocos minutos. El accidente sucedió a las veinte horas y treinta minutos al regresar de los oficios de Jueves Santo, donde había recibido la sagrada comunión". Aquella explicación fue la única versión oficial, en un suceso en el que no se abrió una investigación judicial.
Dudas, rumores y ausencia de investigación
Sin testigos –Juan Carlos era la única persona presente— y sin una investigación policial, los rumores no tardarían en aparecer. Distintas versiones comenzaron a circular, algunas apuntando a que no era Alfonso quien sostenía el arma, sino su hermano mayor. Incluso surgieron teorías que cuestionaban la naturaleza accidental del suceso.
Con el paso de los años, otras hipótesis señalaron que el entonces príncipe, de 18 años, podría haber sostenido el arma o incluso haber apuntado en tono de broma sin saber que estaba cargada. La ausencia de autopsia y el hecho de que el caso se archivara sin mayores indagaciones contribuyeron a que el episodio quedara rodeado de dudas persistentes durante décadas.
El impacto en la familia Borbón
El golpe para la familia fue devastador. Alfonso fue enterrado el 31 de marzo de 1956 en Cascais, en una ceremonia marcada por el dolor. Según fuentes de la época, don Juan de Borbón habría arrojado al mar el arma implicada en el accidente. Desde entonces, el suceso se convirtió en un tema prácticamente silenciado en el ámbito público y privado de la familia.
Décadas después, nuevas voces contribuyeron a reavivar el debate. En 2022, Corinna Larsen, examante del rey emérito, afirmó que "estaban jugando un juego estúpido, pero en cualquier caso él (Juan Carlos) cargó el arma. En el fondo de su alma y de su cabeza, él siente una gran culpa y sufre pesadillas por eso".
El testimonio del rey emérito
El propio Juan Carlos I rompió parcialmente su silencio en sus memorias, publicadas recientemente, donde ofreció su versión de los hechos. En ellas aseguró: "No teníamos ni idea de que quedaba una bala en la recámara. Se disparó un tiro al aire, la bala rebotó y alcanzó a mi hermano en plena frente. Murió en brazos de nuestro padre. Hubo un antes y un después".
Además, reconoció el peso emocional que arrastró desde entonces al afirmar que "no me recuperé de esta desgracia. La gravedad me acompañará siempre. Lo echo de menos, me gustaría tenerlo a mi lado, poder hablar con él. He perdido a un amigo, a un confidente. Dejó un vacío inmenso. Con su muerte, mi vida habría sido menos sombría, menos infeliz. Todavía me cuesta hoy hablar de ello, pienso en él todos los días".
Setenta años después, el suceso sigue siendo uno de los capítulos más oscuros y controvertidos de la historia reciente de la monarquía española, marcado por el silencio, las versiones contrapuestas y una tragedia familiar que nunca dejó de proyectar su sombra.


