El portugués Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, invitó a los dirigentes de los países de la Unión Europea (UE) a una especie de jornada de reflexión o de distendimiento antes de la cumbre europea, sin sospechar (o sí, no se sabe) que Alemania e Italia, con la colaboración inestimable de Bélgica, tramaban montar algo parecido a una precumbre o una cumbre paralela. El caso es que la reunión se les fue de las manos y, al final, acudieron presidentes de 19 de los 27 países con que cuenta actualmente la UE.
El problema, claro está, es que los países convocantes se 'olvidaron' –o no hubo nunca la más mínima intención de hacerlo, tanto da– de invitar al presidente de España, Pedro Sánchez, que sabía de la reunión desde días antes. Hay que tener en cuenta que España es, tras la salida de Reino Unido, la cuarta potencia económica de la UE, por lo que no es de extrañar que, al final, el tema haya terminado en una (pequeña) crisis diplomática, sobre todo entre España e Italia, ya que al Gobierno al que se han pedido responsabilidades es al que preside Giorgia Meloni. Para España, la organización de esta reunión previa "mina" los principios básicos de las UE.
Alemania e Italia, país anfitrión, trataban de escenificar el acercamiento que ambos tienen desde hace ya varios meses, hasta el punto de que distintos analistas políticos hablan abiertamente de la configuración de un segundo eje político-económico paralelo al tradicional, que no es otro que el conformado por Francia y Alemania. El caso es que este tema, que también podría ser molesto para Francia, al menos sobre el papel no ha sido tal: el presidente de la República, Emmanuel Macron, fue invitado a ese acto informal (hay que insistir) y acudió sin mayor problema.
Si los ejecutivos de España e Italia hasta ahora disimulaban sus discrepancias y mantenían una relación cordial –son dos países cuyos pueblos se sienten realmente amigos– este ha sido el primer choque abierto, por un tema relativamente nimio como es de esta convocatoria, cuando hay 'materia' de sobra por el distinto signo político de cada gobierno (hay que recordar que Giorgia Meloni y su partido, Hermanos de Italia, se define como de derecha conservadora y nacionalista, lo que en el ejecutivo PSOE-Sumar se contempla abiertamente como de ultraderecha) y las acciones y medidas que de ahí dimanan. Hay un ejemplo de manual: las políticas migratorias de ambos países. Mientras que el Gobierno español acaba de anunciar 'papeles' para más de medio millón de personas que viven de manera irregular en España, se da el caso de que Italia acaba de endurecer su política en esta materia hasta el límite de volver a enviar migrantes irregulares a centro habilitados a tal efecto en Albania –una medida que fue suspendida cautelarmente por los juzgados– e incluso bloquear barcos de rescate de ONG.
Pero el problema va más allá. España no choca solo con Italia, sino que su política migratoria está enfrentada a la de la UE. Bajo el lema de "una política europea de migración eficaz, humanitaria y segura", la gran mayoría de los países de la UE han endurecido tanto la migración como el derecho de asilo. En Europa, además, se considera que España va a lo suyo en este y otros temas de actualidad (el rearme, por ejemplo) y que el presidente Sánchez bastante tiene con los problemas que tiene que afrontar todos los días en clave interna, muy lejos de su anterior mandato, en el que era uno de los principales bastiones de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, pese a ser del Partido Popular Europeo.
