Despertar vocaciones y dejar claro que la ciencia también la hacen las mujeres. Esta semana se ha vuelto a reconocer la aportación de ellas en un mundo que, paso a paso, engloba a más chicas. Esta semana, el 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, visibiliza el trabajo de las investigadoras que se dedican a las áreas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics). Una forma de crear referentes femeninos para las nuevas generaciones.
Las facultades españolas están llenas. Aunque todavía siguen siendo minoría. En la Universidad de Cádiz (UCA) hay 2.202 investigadores e investigadoras, de los que 994 son mujeres, que equivale a un 45,1%. Marta Ferreiro es una de las que engordan esta cifra. Esta asturiana de 40 años, natural de Gijón, compagina la docencia y la investigación desde el grupo AGR291 Herramientas analíticas en vitivinicultura, agroalimentación y química forense, del departamento de Química Analítica.
Licenciada en Biología, completó un máster internacional de control de calidad en análisis de laboratorios. “Me tocó hacer una parte en Polonia y la otra, aquí en Cádiz. Podría haberme tocado desde Noruega a Portugal”, recuerda. Así llegó al sur andaluz, donde ha desarrollado su carrera desde que finalizó su tesis doctoral sobre métodos de detección de acelerantes de incendios presuntamente intencionados.

“Fue así como empecé la parte de Química forense. En España esta línea es muy minoritaria y hay muy pocos grupos que se se dediquen a ello. En la UCA fue algo completamente nuevo”, comenta Marta, que contó con la dirección de los profesores Miguel Palma y Jesús Ayuso.
Desde 2015, su labor investigadora está centrada en este tema que asegura que está en “un momento muy bonito” porque “ya no solo estamos trabajando en el laboratorio, sino que ya hemos dado el salto a solucionar problemas reales”. El grupo AGR291 colabora con el departamento de criminalística de la Policía Científica y con el departamento de Química de la Guardia Civil. Marta reconoce que se mueve en un sector en el que siempre han predominado los hombres. Sin embargo, percibe que cada vez tiene más compañeras. “En ambos departamentos hay mujeres. En realidad, somos muchas comunicándonos en mi trabajo”, añade.

En su caso, lo tenía claro. Siempre había mostrado inquietudes por el mundo de las ciencias y, cuando llegó el momento, fue su opción. Empezó primero de Medicina, por presión de la familia, porque ”tenía muy buenas notas”. Pero se dio cuenta de que quería entender el porqué de todo y se cambió a Biología, donde pudo experimentar en los laboratorios. “En verano solicitaba para irme a los laboratorios de investigación. La verdad que estoy muy contenta de estar donde estoy”, expresa Marta, que además, ha contado siempre con el apoyo familiar.
Ahora, trata de transmitir su entusiasmo a las generaciones venideras, participando en las actividades organizadas por la UCA por el 11F, o en otros foros. “El hecho de haber nacido en un cuerpo u otro no es una limitación para dedicarte a lo que realmente quieres. Lo importante es que persigan sus sueños. Lo imposible se intenta e incluso a veces se consigue”, señala.
En los laboratorios de esta universidad también es habitual encontrarse a Esther Berrocoso, de 48 años, jerezana de corazón isleño que forma parte del grupo Neuropsicofarmacología y Psicobiología, del departamento de Neurociencias. También es Subdirectora Científica Traslacional del Instituto de Investigación e Innovación Biomédica de Cádiz (INiBICA).

Esta catedrática del área de Psicobiología se dedica a investigar la Neuropsicofarmacología, es decir, la parte de la farmacología enfocada al sistema nervioso. Por tanto, centra su esfuerzo en la salud mental de la población y, concretamente, en la de los pacientes con enfermedades crónicas. “El 50% de ellos sufre depresión o trastornos de ansiedad. Estudiamos qué ocurre en sus cerebros y cómo podemos avanzar en nuevas terapias que realmente logren dar el alivio al dolor crónico”, explica.
Esther nunca se había planteado estudiar ciencias. Recuerda que era una persona curiosa, inquieta, con ganas de probar cosas diferentes, pero en sus planes no estaba esta carrera. Reconoce que estudió Farmacia en la Universidad de Sevilla “por la temática, porque mi familia no era tampoco de ese gremio”.

Desde el inicio, colaboró con el departamento de Farmacología y realizó pruebas en el laboratorio, donde, de alguna forma, dio rienda suelta a su faceta investigadora. “Cuando terminé la carrera en el 2000, tampoco tenía ninguna perspectiva, estaba un poco desorientada, la verdad”, comenta la científica, que tuvo una idea que le cambió la vida un día cualquiera en la calle Columela de Cádiz. Estaba de compras con su madre y decidió entrar en la Facultad de Medicina, buscó si había algún departamento de lo suyo, vio que sí, y mostró su interés por informarse. Fue así como hizo su tesis doctoral con Juan Antonio Micó Segura, que le abrió las puertas a su trabajo actual.
“Fue un poco de carambola. Es muy difícil imaginarse siendo científico. Todos tenemos la imagen de Newton con los pelos despeinados. Y no tenía referentes claros. Siempre tienes un profesor o una profesora que te gusta, pero realmente, como una figura de proyección, yo creo que más allá de tus profesores, que también tienen una vida investigadora, es difícil”, sostiene.
Esther ha ido escalando hasta llegar al puesto más alto de la escala académica, ser catedrática. Sin embargo, no suele encontrarse con compañeras en puestos de mando, algo que extrapola a todos los sectores. “Sigue habiendo un techo de cristal. En mi ámbito, hay muchísimas mujeres trabajando en los laboratorios. Pero ¿cuántas mujeres hay liderando laboratorios? Muchas menos”, expresa.
“Parece que la voz de un hombre tiene más sostén que la de una mujer, y luego la conciliación, que para mí sigue siendo una gran asignatura pendiente”, señala la investigadora, que explica que el porcentaje de mujeres catedráticas también es inferior en Europa o América. “Sigue estando en torno al 25 y 30 por ciento, no es algo solo de este país”, añade.
Aún así, ella comparte una mirada positiva hacia el futuro. Ve a las nuevas generaciones con una mente abierta para eliminar las barreras. “Yo creo que estamos avanzando como sociedad. Me gustaría que fuera a una velocidad mayor, pero, por ejemplo, veo que las parejas jóvenes son mucho más corresponsables”, comenta.
Marta y Esther son voces femeninas que rompen con los estereotipos y demuestran que los tubos de ensayo o los destiladores son herramientas para todos y todas.


