calder_circus_1929
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Artistas como Calder, y obras como su 'Cirque', permiten acercar el arte a los niños sin dejar de jugar.

Merece la pena estar atentos a la programación del Centre Pompidou de Málaga porque suelen lanzar interesantes propuestas dirigidas al público familiar. Hace menos de un mes se inauguraba en su espacio joven ¡Vaya circo!, una exposición–taller lúdica y creativa para conocer y explorar el universo de Alexander Calder. En palabras de Isabelle Frantz-Marty, comisaria de este taller diseñado por el Centro Pompidou de París, “la intención es transmitir a los niños la idea de ser feliz en una exposición a través del mundo del circo, algo central en la obra de Calder”. Según los organizadores de esta exposición-taller se plantea un recorrido "de ida y vuelta entre el arte y el juego para entender el discurso de un artista que es muy divertido". Una propuesta genial para disfrutar con los niños y que bien merece una visita de aquí a septiembre, ya que la exposición-taller finalizará el 15 de septiembre.

Alexander Calder es conocido en todo el mundo por sus increíbles chupines (móviles colgantes), siendo el inventor del móvil como pieza de arte moderno y el precursor de la escultura cinética, además de ser autor de impresionantes stabiles, esculturas inmóviles de formato monumental. Nieto e hijo de escultores y con una madre pintora, desde muy pequeño a Calder le interesó crear formas con diferentes materiales que reciclaba: metal, tela, plástico, cartón... "Con 8 años asistió a un taller donde aprendió a construir juguetes, siendo una de sus primeras creaciones un pequeño pájaro de metal, en el que ya se intuía la fascinación por el movimiento presente en buena parte de su obra. También diseñaba joyas para las muñecas de su hermana y con 11 años regaló a sus padres por Navidad dos esculturas de animales hechas con latón doblado. El niño Calder apuntaba maneras y el adulto Calder siempre conservó cosas de aquel niño, recuerdos de su universo infantil que marcaron su trayectoria artística.

Durante sus años de estudiante en Nueva York, donde se trasladó para estudiar ingeniería mecánica, trabajó realizando ilustraciones de eventos y espectáculos para un periódico. Y como parte de este trabajo recibió el encargo de ilustrar el espectáculo que ofrecía el Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus. Durante  dos semanas memorizó los números de cada uno de los participantes, pero sobre todo, se enamoró del circo para siempre. Aquel “encuentro” resultó en una fascinación por el circo que le acompañaría el resto de su vida y que fue determinante en parte de su obra.

En 1926, con 28 años, Calder se traslada a París para entrar en contacto con las vanguardias artísticas. Su entusiasmo por el circo le lleva a volcar su creatividad y talento en la fabricación de unas miniaturas confeccionadas artesanalmente en las que estaban representados todos los personajes de una compañía de circo. Poco después de llegar a París el Cirque Calder era una realidad. A partir de estructuras de alambre revestidas y combinadas con los materiales más diversos (madera, metal, tela, hilo, papel, cartón, cuero, cadenas, tubos de goma, tapones, botones, pedrería, limpiadores de pipa), consiguió una representación escultórica a pequeña escala de un circo. Creó nada menos que 55 personajes a partir de materiales casi siempre reciclados, enseñándonos que cualquier fragmento desechado puede expresar cosas bellas. Además su formación como ingeniero le permitió construir mecanismos para que las pequeñas esculturas se movieran. Había payasos, equilibristas en monociclo, trapecistas voladores, caballos que galopaban, perros saltarines, un elefante que echaba agua por la boca, domadores, levantadores de pesas, leones y canguros.La primera exhibición de su circo ocurrió en el Salón de los Humoristas de París en 1927, y fue dedicada a familiares y amigos como Jean Cocteau, Joan Miró, Marcel Duchamp, Piet Mondrian y Man Ray. Las  funciones del Cirque Calder se hicieron periódicas y en ellas se reunía la vanguardia parisina, convirtiéndose el estudio de Calder en "un laboratorio en el que algunas de las características más originales de su obra posterior se iban a desarrollar”.  Thomas Wolfe, Le Corbusier, Fernand Léger, Arp y otros muchos artistas fueron testigos de aquellas deliciosas representaciones, en las que se respiraba el gran encanto personal del propio Calder, que disfrutaba como nadie de la función, jugando, ejerciendo de maestro de ceremonias y dando vida a todos los personajes.

El circo llegó a tener tanto éxito que su dueño comenzó a viajar a más ciudades para hacer representaciones. La pista era portátil y originalmente estaba diseñada para caber en una sola maleta, aunque terminó necesitando 5 para transportar ese mundo prodigioso y mágico ante los ojos de los curiosos. Aquellas funciones en las que Calder daba voz a los personajes mientras su esposa ambientaba el espectáculo con melodías circenses que sonaban en un tocadiscos, pudieron disfrutarse a un lado y otro del Atlántico hasta el año 1976 en que falleció el artista. El circo se encuentra ahora en el Museo Whitney de Nueva York.

Si queréis disfrutar de la magia del circo de Calder no dejéis de ver el documental Le Cirque de Calder. Este documental forma parte de La Magie a Calder, una recopilación del trabajo del director portugués Carlos Vilardebó que se completa con Les Mobiles de Calder y Les Gauches de Sandy. Para seguir aprendiendo y disfrutando de un artista que nunca se olvidó que el niño que llevaba dentro estuviera en movimiento. El que dijo que ante todo el arte debía ser alegre.

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