La Volandera, el complejo con encanto de la campiña de Jerez donde se detiene el tiempo

Blanca Román capitanea un proyecto, nacido en 2017, que incluye alojamientos rurales, además de una jaima para celebrar talleres de yoga o expresión corporal y un espacio para reuniones

Blanca Román, impulsora de La Volandera, en la jaima.
Blanca Román, impulsora de La Volandera, en la jaima. MANU GARCÍA

Una volandera, según la RAE, es una "rodaja de hierro que se coloca como suplemento en los extremos del eje del carro para sujetar las ruedas". En definitiva, una pieza que hace que todo vaya sobre ruedas. A escasos cinco minutos de Jerez, en la barriada rural de Mesas de Santa Rosa, a la que se llega cruzando un puente que discurre por encima de la autovía A-4, hay un espacio donde el tiempo se detiene, que desprende una energía especial.

En la calle Teclado de este núcleo rural hay una finca de 1,6 hectáreas que es varias cosas al mismo tiempo. La Volandera, que es como se llama, nació en 2017, aunque la finca pertenece a la familia de Blanca Román desde hace 20 años. A ella, consultora, siempre le ha gustado el contacto con la naturaleza, y cuando sus padres se jubilaron y plantearon la posibilidad de vender este espacio, decidió adaptarlo como alojamiento rural y darle un giro empresarial. Aquí se puede dormir, pero también hacer reuniones, yoga, recibir un masaje, hacer un picnic e incluso hay campamentos para niños. 

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Blanca, sentada en el porche de la choza de La Volandera.  MANU GARCÍA

"Mi padre se crió en Espartinas y siempre le ha gustado el campo, se ha criado guardando vacas", cuenta Blanca cuando lavozdelsur.es visita La Volandera. "Mi abuelo vivía en la finca de al lado", abunda la impulsora del proyecto, "y aquí echábamos los veranos". Al poco de hacerse con la finca, organizaron cursos de permacultura o de yoga. "El objetivo era disfrutarlo, hacer un proyecto bonito, pero no empresarial...", recuerda Blanca. Con el tiempo se mejoraron las tierras, en las que cuando la compraron había una higuera, un limonero y una casa caída.

Ahora, en La Volandera hay incontables árboles, desde almendros, a granados, pasando por ciruelos, olivos, y también multitud de plantas aromáticas. Hasta una pequeña viña, de reciente creación, en la que pretenden enseñar a los pequeños cómo se cría la uva en el Marco de Jerez. Para echar a andar el proyecto, Blanca, sus padres, y amigos, restauraron la choza primigenia, y con el tiempo se instaló una jaima y una yurta —tienda de campaña utilizada por los nómadas en las estepas de Asia Central—. Y la que llaman la casabajo, habilitada para la celebración de reuniones. 

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La yurta. MANU GARCÍA

"Ofrecemos experiencias relacionadas con la tierra, con la meditación, con el trabajo del cuerpo, experiencias de crecimiento personal hacia el interior y vinculados a la naturaleza y a la tierra", explica Blanca Román, una licenciada en Ciencias Ambientales que trabaja como consultora y que, cuando no está dedicada a su oficio, se encuentra en La Volandera. "Busco la manera de hacer crecer el proyecto, buscando el equilibrio para no acabar agotada. Para ello necesito contratar personal y hace que se invierta menos, por lo que el ritmo de crecimiento es más lento, pero provoca una satisfacción muy grande ver cómo crece el proyecto poco a poco", señala.

"La finca la diseñaron mis padres", dice Román. "Yo aparezco en 2017 cuando dicen que querían vender, y empiezo a adaptar el espacio como alojamiento rural". Primero en la choza, con capacidad para un máximo de seis personas, que imita la arquitectura típica de las gañanías que había en la campiña jerezana, donde residían jornaleros cerca de los cultivos que trabajaban. La yurta, de estilo mongol, imita a la utilizada por nómadas en Asia central, con una cama de matrimonio, chimenea y un amplio espacio a su alrededor. La jaima, colorida en su interior, está llena de alfombras. En ella se celebran sesiones de yoga o talleres de movimiento expresivo, entre otras cosas. 

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La piscina de La Volandera.  MANU GARCÍA
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Interior de la jaima.  MANU GARCÍA

"Todo está enfocado al bienestar, al crecimiento personal, al aprendizaje de la tierra, al disfrute...", relata Blanca, quien no para de innovar y de pensar en nuevas acciones. "El año que viene queremos empezar con los colegios", dice. Como ya hacen en los campamentos de verano para menores, durante los que organizan actividades, talleres o excursiones. "Los llevamos a ver al pastor de la zona, que es nuestro colaborador", comenta entre risas. "La intención es que estén relajados". 

"Es muy cansado, porque tiene mucho trabajo, pero cuando ves que a la gente le gusta...", señala Blanca. Desde que nació La Volandera no ha dejado de trabajar, pero también de experimentar, de inventar y de aprender. "Mi padre me ha enseñado mucho, me echa una mano cuando le pido ayuda, pero poco a poco me lo está dejando a mí todo", dice. "Aquí estoy en contacto con la tierra. He aprendido a manejar el tractor y todo tipo de maquinaria, y sobre todo a observar". Mucho esfuerzo para que este espacio haga honor a su nombre y todo vaya sobre ruedas. 

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