Soy cliente del Volapié casi desde que tenía pantalón corto y a Manuel Lara Ramos, su actual propietario, no le ha debido quedar muy claro eso de que voy a escribir de la pringá en un blog gastronómico.

¿Y dónde has dicho que ibas a sacar lo de la pringá?

En A Boca Llena”, Manuel, un blog gastronómico que tengo en lavozdelsur.es.

Ah, vale. Sácame bien, ¿vale?

En efecto, el desayuno de este sábado de marzo, soleado y casi primaveral, no es uno cualquiera. Nos hemos sentado fuera, y esperamos pacientemente a que el camarero se percate. Sin embargo, las mesas de dentro, las de enfrente de la barra, están llenas y nos ha visto llegar.

Quiero escribir de la pringá ante la que siempre acabo claudicando. Ante la que claudica cualquiera que la prueba por primera vez, y repite y repite. Presumo de haber llevado por primera vez al Volapié a mucha gente, la mayor parte de fuera. La impresión, ante un ambiente tan castizo y tan taurino, siempre ha sido más que satisfactoria.

Uno de los últimos a los que recomendé el lugar fue a mi primo Benito, Dircom de Rafa Nadal. Estaba aquí de vacaciones y me llamó preguntándome un sitio para desayunar. No lo dudé y le di la dirección del bar de la familia Lara. Entonces vivía aún Manuela, su inolvidable y querida matriarca, fallecida hace año y medio, y su hija Luisa era quien preparaba tan delicioso bocado.

Una hora después, Benito volvía a telefonearme. Esta vez muy agradecido para decirme que “nunca había tomado un bocadillo con tanto sabor”. Y mira si habrá viajado…

La parroquia fija del Volapié permanece invariable desde hace años. Llegando me he tropezado con Rafa Verdú, que vive justo arriba del local y que con 89 años sigue hecho un chaval. Nos hemos saludado muy cariñosamente y hemos coincidido en el mismo deseo, que pronto volvamos a vernos más a menudo (él y yo sabemos a lo que me refiero).

Fuera, las mismas caras, las de varios vecinos de La Asunción que echan cada día la mañana al solecito y de tertulia.

Dentro está el Capapey, también feligrés, junto a la barra, su hábitat natural desde que uno recuerda.

De la cocina emanan los aromas de los pucheros. La cola de toro, las mollejas en salsa, la carrillá, el menudo… Son apenas las diez y media y, como siempre a esta hora, voy a tiro hecho. Pringá, café con leche y un vaso de agua.

Vuelvo a sentarme fuera. Frente por frente, el bar El Cazador. Como otras veces, me digo que tengo que ir a probar su afamado chocolate con churros. Hace años que me lo recomendó Fernando Ansorena, pero siempre me acaba pudiendo la querencia.

Llegan los cafés humeantes y los bollitos con pringá. Ese bocado le entusiasmaba también a mi tío Franz Kerstens, padre de mi compadre Paul. Un excelente gourmet que propagó por media Holanda las bondades de la pringá jerezana.

En Jerez ha habido buenas pringás de desayuno. Inolvidable la de Pepe, en el bar El Boquete, metida en un panecillo blanco. Extraordinaria la que servía los domingos en el Loyola Juanito. O a la que me refería no hace mucho en este blog en la Venta El Pollo.

La pringá del Volapié nunca decepciona. El pan, calentito, preñado de carne de jarrete deshilachada, manteca colorá, el jugo del chorizo y el tocino. Sabor y más sabor en un bocadillo que nunca decepciona y que es un regalo para el paladar. La regularidad es su garantía. Por 3,75, desayuno de reyes.

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