Pocas hermandades y pocos lugares de Jerez condensan tanto peso histórico, patrimonial y simbólico como la del Santo Entierro y la Real Capilla del Calvario, respectivamente.
Cuando la austera Cruz de Guía se planta en el dintel del templo a las cinco menos veinte de la tarde, no encabeza una cofradía al uso. Encabeza una institución. Sus raíces documentadas en el siglo XVI, su designación como procesión general por el Cabildo en el XVII y su histórica vinculación con la ciudad la sitúan en un plano que trasciende lo meramente cofrade.
Una representación de hermanos de Nuestro Padre Jesús Nazareno, con su hermana mayor al frente, solicita la venia para acompañar el cortejo, recuperando un gesto protocolario cargado de simbolismo. Suena entonces la trompeta saetera —también rescatada del pasado— y la cofradía se pone en marcha.
En la recoleta plaza que comparten la capilla y el Seminario Diocesano, el público se reparte entre sol y sombra. Entre los asistentes, el exministro Miguel Arias Cañete presencia la salida acompañado por su familia.
El primero de los pasos que pisa la calle Taxdirt es el alegórico del Triunfo de la Cruz sobre la Muerte, la popular Chacha del Calvario. La parca, vencida, inclina el gesto ante una cruz ya vacía, mientras a sus pies el mundo y el tiempo —representados por un orbe y un reloj de arena a sus pies— quedan sometidos a una verdad superior: Cristo gana, la muerte pierde. Es toda una catequesis en movimiento.
Minutos después, la urna de Cristo Yacente, salida del taller de Juan Laureano de Pina a finales del siglo XVII, se planta en la calle precedida por 18 ciriales, el mismo número de personas que acudieron al entierro del Señor, algo que por otra parte tiene más de leyenda que de verdad. Suenan la Marcha Real y La muerte no es el final por la banda Maestro Agripino, de San Fernando.
A la altura de Santiago se incorporan las representaciones de las hermandades de la ciudad, muchas de ellas con sus túnicas nazarenas, componiendo una estampa que remite a su condición histórica de procesión general. Más adelante, en Cristina, se suman el Consejo directivo de la Unión de Hermandades, la corporación municipal encabezada por María José García-Pelayo, el obispo, la judicatura y la Academia de San Dionisio, en una escena donde lo civil y lo religioso se entrelazan.
Pero si hay un instante en el que todo se detiene es con la llegada de Nuestra Señora de la Piedad. El Duelo, con San Juan sosteniendo a la Virgen y las Tres Marías preparando la mortaja, alcanza una fuerza narrativa que trasciende lo estético. Es dolor, sí, pero un dolor sereno, contenido y profundamente humano que supo imprimirlo a la perfección el imaginero Ignacio López.
Un palio que ha traspasado fronteras –como quedó patente en la Magna Mariana de 2024– y que vuelve a demostrar su capacidad de convocatoria. Especialmente en la noche, cuando su regreso al Calvario se convierte en uno de los momentos más esperados. La premura por recogerse antes de la medianoche imprime viveza a su discurrir por Porvera, que cruza casi sin pausa y a paso de tambor.
Más reposada es su llegada a La Victoria, donde La Soledad la recibe con la candelería encendida, en un diálogo de silencios que hasta hace tres años se producía el Viernes Santo. Desde ahí, la subida por Taxdirt se produce al son de marchas como Virgen del Valle, Virgen de la Piedad, La Madrugá o Amarguras. También de saetas, porque por muy larga que sea la antigua calle de La Sangre, sigue siendo parte del barrio de Santiago. Tradición pura. Café para los más cafeteros, para los que apuran hasta el último sorbo de la Semana Santa.
De Santiago a Capuchinos, pasando por San Mateo
Pero el Sábado Santo no se agota en el Calvario. La jornada deja otras imágenes, igualmente significativas. La Carrera Oficial, con palcos a medio ocupar, refleja el cansancio acumulado de la semana. La ciudad baja el pulso como le ocurre en el último fin de semana de otra de sus fiestas grandes, la Feria del Caballo.
Desde Santiago, el Cristo de las Almas, obra de Diego Roldán, avanza a los sones de las cornetas de la banda Zoilo-Ruiz Mateos, de Rota, acompañado por apenas medio centenar de hermanos de riguroso negro. Su ritmo ágil lo lleva incluso a recogerse media hora antes de su horario previsto, en una tarde que parece ir más deprisa de lo habitual.
La Sagrada Mortaja, por su parte, sigue creciendo poco a poco en número de nazarenos. Su misterio, aún acabado en madera, aguarda tiempos mejores –y más económicos– para el dorado. La futura imagen cristífera de José María Leal marcará un nuevo capítulo en su historia.
Desde San Mateo, Santa Marta aporta otra mirada. Este año, las imágenes secundarias del misterio no visten de negro ni están veladas. Detrás no toca Rosario de Cádiz, como sí ocurrió en años precedentes, pero Caridad demuestra un día más el alto nivel alcanzado en esta Semana Santa.
Y de vuelta a Taxdirt, el Santo Entierro y La Piedad –con su historia, su liturgia y su manera de estar en la calle– no cierran la Semana Santa: la dejan suspendida en ese instante exacto en el que todo parece terminado, justo antes de que, sin casi darnos cuenta, todo vuelva a empezar de nuevo a las puertas del colegio de San José.
