La mantilla, la prenda que convierte la Semana Santa en una pasarela de tres siglos de historia

La tradición de vestirla en Semana Santa se remonta al siglo XVII, cuando la nobleza española la adoptó como símbolo de distinción; hoy sobrevive gracias a iniciativas como el 'Sí Mantilla' de Sevilla

Julia Ferreira, vestida de mantilla delante del Cristo de la Expiración, en Jerez.
02 de abril de 2026 a las 13:39h

Hay prendas que cuentan historias. La mantilla es una de ellas. Esta pieza de encaje que cubre la cabeza y los hombros de miles de mujeres en estos días lleva más de tres siglos resistiendo el paso del tiempo, las modas venidas de fuera y los cambios sociales que han transformado España de arriba abajo. El Jueves y el Viernes Santo son hoy sus dos grandes escenarios, los días en que las calles de media España se llenan de bordados, peinetas y el inconfundible olor a incienso que lo acompaña todo.

El origen exacto de la mantilla es uno de esos misterios que la historia no ha resuelto del todo. Se sabe que surgió en la Península Ibérica y que en sus primeros tiempos cumplía una función puramente práctica: proteger del frío. Los tejidos eran entonces gruesos y pesados. Con el tiempo, la prenda fue perdiendo ese carácter utilitario para ganar en ornamento, y los tejidos se fueron aligerando hasta llegar al encaje que hoy conocemos.

Fue durante los siglos XVII y XVIII cuando la mantilla dio el salto definitivo hacia la distinción social. La nobleza española la incorporó a su guardarropa y la convirtió en símbolo de elegancia y rango. Su presencia en la vida cotidiana fue creciendo hasta que el siglo XIX y el XX trajeron consigo las modas llegadas de otros países y la fueron arrinconando poco a poco.

Negra en Jueves y Viernes Santo, blanca en Domingo de Resurrección

En nuestros días, la mantilla ha quedado reservada para tres ocasiones: las bodas, las corridas de toros —aunque cada vez menos— y la Semana Santa. Y dentro de la Semana Santa, el color marca el momento. Las mantillas negras son las propias del Jueves y el Viernes Santo, en señal de luto por el Señor crucificado. Las blancas quedaban reservadas para el Domingo de Resurrección, como expresión de alegría y pureza, aunque su uso en ese día es cada vez menos frecuente.

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Vestirse de mantilla no es un trámite rápido ni sencillo. El proceso comienza con el pelo recogido en un moño bajo, sobre el que se colocan peinecillos para sostener la peineta, que debe quedar bien centrada. Sobre ella se dispone la mantilla, que se fija con horquillas o alfileres y se remata con entre tres y cinco pliegues recogidos en un broche. El resultado, cuando está bien ejecutado, es una de las estampas más reconocibles de la cultura española.

De la blonda al chantilly: un universo de variantes

La larga evolución de la mantilla ha dado lugar a una notable diversidad de estilos y materiales. Las de blonda son las más pesadas, con un bordado tupido y denso que les otorga un carácter más solemne. Las de chantilly, en cambio, lucen un bordado más transparente y ligero, que les confiere una apariencia más delicada y airosa. Las peinetas también varían en altura, color y forma, y cada combinación resulta, a su manera, única.

Una hermana de mantilla con cirio acompañando al Cristo de las Almas. REYNA

Una tradición que busca su lugar en el siglo XXI

Para que esta herencia no quede anclada en el pasado, en los últimos años han surgido diversas iniciativas que buscan reinterpretar la mantilla sin renunciar a su esencia. Diseñadores de moda de distintos puntos del país han puesto el foco en esta prenda con el objetivo de llevarla a nuevos territorios creativos y conectarla con las generaciones más jóvenes.

Más allá de ser una pieza de vestir, la mantilla es, como demuestra su supervivencia a lo largo de tres siglos, un testamento vivo de la identidad cultural española. Hoy, Jueves Santo, y mañana, Viernes, volverá a demostrarlo en las calles.

Sobre el autor

Míriam Bocanegra

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