Sevilla ha recuperado en 2026 una imagen que empezaba a parecerle ajena: la de una Semana Santa plena, sin tachaduras en el calendario, sin cabildos o llamadas al aeropuerto, ni sobresaltos que obliguen a mirar al cielo con más temor que fe. Todas las hermandades, desde el Viernes de Dolores, pudieron cumplir, una tras otra, con ese rito milimétrico que convierte la ciudad en un escenario perfectamente desordenado.
Pero incluso en ese regreso a la normalidad hubo sombras que no conviene ignorar. En Los Bermejales, lejos del recogimiento que se presupone a estas fechas, un bar de copas abarrotado se convirtió en una escena incómoda: jóvenes entregados al botellón, ajenos al sentido de lo que pasaba a escasos metros, se mofaban de algunos nazarenos de La Misión en las vísperas, llegando incluso a pedirles hielo entre risas. No llegó a incidente grave, pero sí lo suficientemente revelador como para evidenciar una fractura cada vez más visible entre la tradición y ciertas formas de ocio que no siempre saben convivir con ella.
Las vísperas, por lo demás, han dejado de ser un prólogo para convertirse en una reivindicación. Hermandades como La Misión de Heliópolis o La Milagrosa han exhibido cortejos cada vez más numerosos y una organización que ya no se resigna a permanecer en los márgenes. Su aspiración de incorporarse a la nómina oficial que acude a la Catedral de Sevilla es ya una realidad que el Consejo de Hermandades deberá afrontar.
Un inicio convulso que puso a prueba el sistema
El arranque de la semana estuvo marcado por la inestabilidad, pero no meteorológica. El Domingo de Ramos concentró los mayores desajustes. Una caída de un cajón de obras y un incendio -en la calle Cuna- alteraron itinerarios y obligaron a reajustes sobre la marcha. El resultado fue una jornada que terminó acumulando una hora y diecinueve minutos de retraso en la carrera oficial, con puntos donde el desfase rozó los ochenta minutos. En Sevilla, donde cada minuto es un delicado equilibrio entre cofradías, ese margen resulta suficiente para descomponer cualquier planificación.
El Lunes Santo heredó parte de ese desorden. Sin alcanzar cifras tan llamativas, la jornada volvió a resentirse por la acumulación de retrasos, otro incendio y la propia densidad de cortejos. El encaje, diseñado para una precisión casi quirúrgica, volvió a demostrar que cualquier alteración, por leve que sea, se propaga como los rumores cofrades.
El caso más significativo fue el de la Hermandad del Museo, cuya recogida se fue hasta las cuatro y media de la madrugada cuando el horario previsto situaba la entrada del palio en torno a las tres.
Cuando Sevilla encuentra el compás, pero no la solución
A partir del Martes Santo, la ciudad empezó a encontrar el compás. También el tiempo -ese actor silencioso- dejó de incomodar. El levante, protagonista incómodo en las primeras jornadas, desapareció, y el calor apretó durante el día con temperaturas más altas. Ya de noche, el ambiente refrescaba, devolviendo a las calles esa sensación más íntima que acompaña a los tramos finales de cada jornada. Y con rebequita.
Con esa tregua, la Semana Santa comenzó a rodar con mayor fluidez. No sin tensiones, pero sí con un desarrollo más reconocible. La Madrugá, siempre bajo sospecha por su propia magnitud, volvió a poner a prueba a la fiesta. Más de 15.000 nazarenos repartidos en seis hermandades convierten cualquier puntualidad en un ejercicio teórico.
Los retrasos, en este contexto, resultaron incluso contenidos: en torno a 40 minutos en Puerta de Palos y 44 en la Campana, cifras elevadas pero asumibles dentro de la lógica de la jornada. Las hermandades con mayor volumen de cortejo fueron las que más acusaron el desfase, aunque sin provocar un colapso general.
La imagen más comentada llegó con la Esperanza Macarena, cuya recogida se produjo a las 15.06 del Viernes Santo. Más que un hito es un síntoma: Sevilla ha ampliado sus propios límites sin modificar su estructura.
El Sábado Santo, cuando todo parecía encaminado hacia un cierre ordenado, volvió a recordar la fragilidad del rompecabezas. Un pequeño incendio en el sudario del paso del Señor de las Cinco Llagas de la Trinidad y un problema mecánico en el brazo de una figura secundaria del paso del Sagrado Decreto provocaron un tapón inesperado. El Santo Entierro no pudo continuar su discurrir durante unos minutos. En media hora, todo quedó resuelto. Pero bastó ese intervalo para evidenciar, una vez más, lo delicado del engranaje.
Una celebración desbordada: entre la devoción y el colapso
Porque ahí reside el problema de fondo. El crecimiento del número de nazarenos ha dejado de ser una cuestión puntual para convertirse en un desafío. Las calles del centro histórico de Sevilla -estrechas, invariables- no han cambiado. Sí lo ha hecho la dimensión de las hermandades.
Se plantean soluciones. Algunas, restrictivas: exigir requisitos más estrictos para formar parte del cortejo. Otras, organizativas: limitar el número de participantes o alternar salidas. Incluso se sugieren fórmulas mixtas que redistribuyan los tramos en función de la edad o antigüedad.
Ninguna es sencilla. Todas chocan con una realidad profundamente arraigada: en Sevilla, salir de nazareno no es una opción.
A ello se suma un problema que, aunque menor en apariencia, resulta cada vez más visible: la proliferación de sillitas plegables. Su uso indiscriminado genera tapones innecesarios en calles ya saturadas, fruto en parte de la incapacidad -o la falta de costumbre- de esperar de pie. No es sólo una cuestión de espacio, sino también de civismo. Y ahí, más allá de la presencia policial, entra en juego una responsabilidad que no siempre se transmite desde el ámbito familiar. No hay agentes de una Policía Local en precario suficientes para controlar cada esquina, ni normas capaces de sustituir lo que debería ser una conducta asumida.
Frente a estas tensiones, la Semana Santa de 2026 deja también muchos regustos positivos. La seguridad ha sido uno de ellos: no se han registrado incidentes graves, algo especialmente relevante en un evento de estas dimensiones. Y, junto a ello, conviene destacar un aspecto que a menudo queda relegado a un segundo plano: la calidad musical. Agrupaciones musicales, bandas de cornetas y bandas de música han ofrecido un nivel notable, fruto de un trabajo constante y exigente. Su presencia genera debate -no falta quien se pregunta si el público acude a ver las imágenes o a escuchar determinadas marchas-, pero lo cierto es que su aportación forma ya parte indisociable de la experiencia.
En esa tensión entre lo esencial y lo accesorio, Sevilla sigue moviéndose con naturalidad. Al final, la ciudad ha vuelto a ser ella misma. Con sus retrasos, sus excesos y su manera particular de entender el tiempo. Una ciudad que parece improvisar cuando todo funciona, pero que en realidad se sostiene sobre un equilibrio frágil y preciso.
Quizá esa sea la clave. La Semana Santa no necesita ser perfecta para ser auténtica. Le basta con parecerse a sí misma. Y este año, después de demasiado tiempo, lo ha conseguido.
