Un balcón en Berlín, durante la crisis del coronavirus. FOTO: Tim Lüddemann
Un balcón en Berlín, durante la crisis del coronavirus. FOTO: Tim Lüddemann

Frente a mi ventana nieva, y ni toda la lluvia de ayer ni la nieve de esta mañana temprano han lavado el aire de revancha protestona. En tiempos en que el odio entre religiones solo ha abierto un paréntesis por la pandemia vuelve la ‘verdadera esencia patriótica’: si nosotros somos culpables, vagos y todo lo demás, vosotros sois calvinistas. Lo he leído dos veces este fin de semana en dos periódicos diferentes. Lo que nos lleva en la lógica más común a afirmar que nuestra contrarreforma católica es mejor que vuestra reforma luterana, que es supremacista, palabra que también he leído unida a calvinista. Parece que hay que suponer que la contrarreforma de Roma, que impidió cualquier ilustración y que sembró oscuridad e ignorancia tiene que ser defendida hoy. Y aprovechando que además nieva, en medio de esta pandemia, las siete plagas de Egipto, que eran más, van a ir llegando poco y poco. Por cierto, Calvino era francés y Macron ha salido en defensa del Sur.

Mientras llegan las plagas ya se va a encargar el telediario de que grandes letreros, con números que se mueven a la velocidad del rayo, crezcan y crezcan en número de infectados y de muertos, y de aquelløs que ocupan las camas UCI. También hay quien insiste en que la grandeza española da para tanto como para que las estadísticas sobre número de camas españolas sea en realidad superior a la de algunos calvinistas. Ejemplo, uno más, de cómo la contrarreforma está para unas verdades inescrutables que solo se pueden explicar desde los púlpitos, sean los púlpitos los que sean.

A los que piensen que este asunto de las reformas cristianas en Europa es una antigualla sin ninguna actualidad ni validez, primero los dos artículos de este fin de semana; luego que cuando yo me iba a casar una pregunta fue si ni novia era católica o protestante. Peligroso, muy peligroso todo esto.

Los contrarreformistas de fin de semana se duelen de los calvinistas, y se olvidan de cómo trata nuestra España a los negros, a los moros y a todo el que esté al sur de nosotros. Para los de Madrid los de Cádiz viven acostaos, era así, ¿no?, pero son muy divertidos y graciosos. Usar la religión como ofensa muestra los resentimientos, y los resentimientos muestran otras cosas.

Hay muchos alemanes y muchos neerlandeses, que Holanda es solo una región de ese país, que no son calvinistas y que están en contra de esas elites gobernantes egoístas que lo quieren todo para ellos solos. Ejemplos hay un millón, el diputado verde Sven Giegold. Espero que los que han sacado a pasear el calvinismo luego sigan defendiendo la libertad religiosa y la separación de Estado y religión y el rechazo al uso de las religiones como instrumento para el odio o el enfrentamiento. Tan cultural es el hecho calvinista como la catástrofe contrarreformista, por cierto, vista desde la perspectiva de las libertades individuales y los miedos con todas sus consecuencias.

Yo no tengo miedo, decía, y no lo tengo. El telediario me parece una máquina de dar miedo y por eso lo apago en cuanto he cumplido con mi disciplina de haberlo visto para hablar de él. No soy el más joven, no es la arrogancia lo que me lleva a no temer. Es cierto que no pertenezco a la población de riesgo más acuciante. Aunque lo más cierto es que acepto lo que simplemente me llegue sin temor de dios porque no tengo un dios que me inspire temor, ni en mi vida tengo a ningún Pedro Botero. Eso sí, me cuido y cuidándome intento evitarles problemas a los demás. No salgo de casa más que lo necesario, y sobre lo que es necesario habría que hablar algo más; ya hemos visto a los talibanes de los balcones imitando al juez Lynch. Un régimen autoritario favorece el autoritarismo de algunos.

Comprendo a quienes tienen miedo, solo les pediría que no lo prediquen, que se lo mastiquen ellos solos o que pidan ayuda para neutralizarlo. Me gustaría tranquilizar a quienes de verdad sufren temor, angustia. No sé cómo hacerlo, no estoy seguro de que mi actitud frente a la pandemia les convenza. En nuestra cultura está acuñada la expresión “será lo que dios quiera”, pero no se sigue mucho esa enseñanza tampoco. Tenemos un dios de quita y pon a cada paso. Y el destino nos lo prohibieron si no estaba presidido en Roma. El otro día el Papa dio dispensa general, pero son cosas que ni los católicos escuchan después de siglos de verse amenazados por Roma.

Será lo que tenga que ser, digo yo. Se trata de que hagamos las cosas lo mejor que podamos y sepamos, todo lo otro no está en nuestras manos ni en las de nadie. La casualidad existe y es poderosa. Si nos cuidamos, para cuidarnos, pondremos más atención al cuidado que al miedo; si nos acongojamos en el miedo no podremos cuidarnos ni cuidar de nadie.

Quiten esos marcadores electrónicos de programa chungo de televisión para contar enfermos y muertos, por favor: convierten a las personas en números y las personas no son números. Y produce un miedo innecesario a los temerosos.

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