Alt-Fotografía-de-Agencia-EFE-firmada-por-Marcial-Guillén-de-una-familia-aplaudiendo-a-los-sanitarios-en-Murcia
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He vivido con alegría las oleadas de aplausos en los balcones al personal sanitario que más tarde se ha extendido a las cajeras de supermercados, transportistas, auxiliares de ayuda a domicilio y limpiadoras. A pesar de que me parece que ese aplauso nos engrandece como sociedad, porque nos abraza y es la victoria del nosotros frente al yo en tiempos de individualismo neoliberal. Nos querían solos y nos tienen aplaudiendo a nuestros servicios públicos en los balcones. Poético es, qué duda cabe.

Por una razón que no puedo explicar no he salido nunca a mi balcón a aplaudir, aunque también debo decir que mi balcón da a un patio de luces y no tiene mucho glamour para publicarlo en Instagram. Algo interno en mí me impide salir al balcón a aplaudir y no sabía muy bien lo que era, hasta que he visto a un dirigente del PP aplaudir con inusitada vehemencia.

Me parece una trampa en la que caemos recurrentemente que, cada vez que un colectivo es víctima de injusticia, la sociedad lo convierte en héroe. Es el truco neoliberal, la ideología que ha arruinado y privatizado nuestros sistemas públicos de salud, para ocultar la desigualdad y llenarnos los ojos de lágrimas con las que no nos dejan razonar.

Detrás de esta mística emocional del capitalismo, que es capaz de convertir en emoción que unos abuelos se tiren tres noches haciendo cola en la puerta de un colegio público para matricular a su nieto, en lugar de denunciar la falta de plazas ofertadas o el privilegio de la educación privada frente a la pública por parte de los gobiernos sujetos al dogma neoliberal.

Si hay un colectivo al que el capitalismo ha conseguido borrar su huella de sufrimiento y de víctimas del sistema son las putas, las mujeres prostituidas, a las que ha dibujado como mujeres empoderadas, que se dejan penetrar por puteros varios por placer y a las que les encanta su trabajo porque, claro, mucho mejor ser puta que limpiar escaleras por 500 euros al mes. Misoginia y clasismo siempre han ido de la mano.

Durante la crisis del coronavirus, que además de una crisis sanitaria de dimensiones impredecibles es el reventón del sistema neoliberal-globalizador que ha puesto al mundo entero en riesgo por esa ilógica decisión de llevarse los centros de producción a millones de kilómetros de los centros de consumo y distribución, el capitalismo, a través de sus informativos convertidos en programas de entretenimiento, ha convertido en héroes y heroínas a quienes son las víctimas de este sistema impúdico e inhumano que se ha jactado de sumar beneficios a medida que ha ido desposeyendo de seguridad vital y condiciones de vida dignas a grandes capas de la población.

Impensable sería hace 30 años que estuviéramos hablando de que una médica o un enfermero fueran trabajadores precarios, el eufemismo con el que en la posmodernidad nos hemos dado para llamar a los nuevos pobres generados por esta fase salvaje del capitalismo.

Entre aplauso y aplauso a los sanitarios, cajeras o limpiadoras, poco o nada se ha publicado de sus condiciones de vida, de los contratos de días que van emparedando o de los sueldos de mierda que cobran todos los trabajadores que, de precarios que son, no tienen derecho ni a hacer cuarentena porque son la base fundamental sobre la que se sostiene nuestra vida, aunque el sistema se lo paga con relegarlos a la cola de importancia social.

No he visto ni un solo cartel en redes sociales que pida la subida del sueldo de las enfermeras, médicos, limpiadoras o cajeras de supermercados; no he visto un solo cartel, ni una sola noticia, que explique cómo tiene la espalda y las manos una cajera de supermercado con 45 años después de toda una vida de movimientos repetitivos; nada se ha dicho de que muchas de las auxiliares de ayuda a domicilio, a las que les pagan 4 y 5 euros la hora por cuidar ancianos y personas dependientes, tienen salarios por debajo de los 600 euros al mes, contratos de 25 horas semanales y con jornadas partidas de mañana y tarde.

Con tanto aplauso hemos conseguido ensordecer cómo a base de recortes, de reducir el Estado a la mínima expresión y de expulsar a los márgenes a los trabajadores de cuidados han llevado al límite nuestro Estado del Bienestar, haciéndonos creer que la libertad equivalía al derecho a elegir el color de un suéter en una tienda de Amancio Ortega, el abuelo rico que no ha tardado en ofrecer 10.000 mascarillas y una limosna para subirse a la ventana de oportunidad de la emoción y ocultar con ello que nos debe el doble de lo que nos regala en impuestos no pagados, fábricas deslocalizadas o domicilios fiscales tramposos que sólo buscan pagar menos impuestos en España.

Hoy tampoco voy a salir a aplaudir a los sanitarios y a todos los trabajadores que están sacándonos a pulso de esta crisis brutal que nos ha hecho recordar que somos una sociedad vulnerable y que el individualísimo es igual a muerte.

No los voy aplaudir no porque no sienta que no se lo merecen, sino porque creo que en el fondo estamos haciéndole un mal favor al convertirlos en héroes o jaleándolos como si fueran atletas en un maratón, cuando son precarios, víctimas de un sistema que tendremos que cambiar en cuanto dejemos de aplaudir. Cuando nos pongamos a ellos veremos que los informativos que son programas de entretenimiento les dedicarán mucho menos espacio a las demandas de una vida digna de los sanitarios, cajeras, limpiadoras, auxiliares de ayuda a domicilio o transportistas. Ojalá salgan mucha gente a aplaudirles, pero yo no saldré. No soy capaz.

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