Un operario desinfecta un espacio público en la pedanía jerezana de Guadalcacín. FOTO: MANU GARCÍA
Un operario desinfecta un espacio público en la pedanía jerezana de Guadalcacín. FOTO: MANU GARCÍA

En estos momentos en que todos los esfuerzos se centran en atender a la salud de las personas, no está de más recordar de dónde venimos, y por qué, aún siendo bueno el sistema sanitario español, no está mejor preparado.

De aquellos lodos en forma de recortes, a golpe de decretos, leyes y (des)regulaciones, desde el cambio del art. 135 de nuestra inviolable Constitución en agosto de 2011, con la receta de privatizaciones en los sectores públicos, llegan estos barros en forma de falta de camas hospitalarias e insuficientes medios materiales y humanos en la sanidad pública, y ERTE enviando al desempleo a trabajadores de la sanidad privada por falta de demanda sanitaria en estos días.

Una vez más observamos el ya famoso ejercicio de la socialización de pérdidas frente a la privatización de los beneficios, junto a la no menos célebre frase de “son los mercados, amigo”.

Distopía cruel hecha realidad, para todos aquellos que apostaron y siguen apostando (que es lo peor) por el sálvese quien pueda… en diferido. Y tienen encima la poca desvergüenza de pedir más recursos, ahora que no les llega la camisa al cuello.

Andalucía que sigue el mismo dictado político que España hace 9 años, deberá reflexionar al respecto, y pedir responsabilidad a quién realmente la tiene, y algo de autocrítica, tampoco estaría de más...creo.

Decíamos la semana pasada que vivimos momentos de clara amenaza, pero que también son momentos de enormes oportunidades que debemos saber aprovechar.

En estos días transcurridos desde mi anterior artículo, se han realizado anuncios muy parecidos por parte del gobierno de España y otros estados, de la Comisión Europea, del BCE, del FMI, con un denominador común en todos ellos, “se va a combatir esta crisis con todo lo que haga falta, cuándo haga falta y dónde haga falta”.

Y ese “todo lo que haga falta”, ha venido acompañado de declaraciones, cada cual mas millonaria que la anterior (ya he perdido la cuenta de la suma de todas ellas), sobre las cantidades de dinero que se van a poner en manos de las personas más vulnerables primero, de la ciudadanía, de pymes y empresas, de entidades financieras y de todo aquel que las requiera.

Ya no hay regla de gasto, ni obligación de cumplir porcentajes del déficit, ni cortapisas para aumentar la deuda (que ya era una obligación de pago para las generaciones venideras y las que ellas engendren), ahora, de repente, todos los organismos y sus herramientas se ponen y disponen al servicio de una vuelta a la normalidad urgente.

Pero, ¿qué significa volver a la normalidad? No soy de dar demasiadas cifras pero me parece esta vez indispensable. Más de cuatro millones de muertes prematuras anuales en 2019 en todo el mundo, estuvieron relacionadas directamente con la contaminación ambiental, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El voraz impacto de la sequía, combinado con persistentes conflictos bélicos, llevará según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU durante el 2020 (antes de la irrupción del coronavirus), a situaciones de hambruna al menos a 50 millones de personas y ha elaborado una lista sobre “los puntos críticos del hambre” que requerirían una respuesta de la comunidad internacional para evitar muertes, de más de 10.000 millones de dólares (comparen con las cifras presentadas al rescate de nuestras economías) para financiar las operaciones en un total de 80 países.

Enfermedades como el cólera se llevaron la vida de 3.000 personas en 2019, el sarampión otras 140.000, la malaria sesgó la vida de 405.000 almas y la diabetes produjo en 2015 1,6 millones de muertes y 2,2 millones en 2012, todos datos de la OMS.

Lo de las guerras es ya punto y aparte, porque además de ser difíciles de cuantificar sus bajas, por datos sesgados de muchas noticias, el sufrimiento es doble por el número de desplazados hacia campos de refugiados, que hace mucho sobrepasaron sus límites por todo el planeta.

No sé si volver a la normalidad conllevaría el aumento de esta casuística de datos, de lo que estoy seguro es que la destrucción ambiental debe contribuir en su medida, para volver a dicha normalidad.

Los millones de hectáreas incendiadas en 2019 en todo el mundo que generaron en 2019 un total de CO2 equivalente a 19 veces las emisiones totales de España en un año, destruyendo ecosistemas y vida salvaje en el Amazonas, Australia, Siberia, California y un largo etcétera de regiones del mundo, parecen ya olvidados.

Las inundaciones por doquier, la DANA que apagó la vida del Mar Menor, el aumento de frecuencia y virulencia de huracanes y temporales, deben ser parte de esa “normalidad”.

Las miles de hectáreas de selvas destruidas para el monocultivo de la palma, cuyo aceite nos alegra el paladar en occidente, debe continuar tragando más selva para continuar la “normalidad” de nuestros alimentos.

El millón de especies en peligro de extinción anunciado en 2019, que incluye a nuestras queridas abejas, maltratadas por herbicidas químicos utilizados en la industria que nos alimenta, debe estar dentro de lo “normal” para nuestros gobiernos.

Los 33 millones de euros en sanciones a España por verter aguas sin depurar en nuestros ríos y mares, ya es algo normal, que duda cabe.

Podría seguir con múltiples ejemplos de lo que hemos considerado normal durante décadas, pero si para algo debe servir esta crisis sanitaria es para reflexionar sobre la crisis de la sociedad en su conjunto, acostumbrada a acaparar recursos, destruyendo personas y naturaleza.

Si una gran enseñanza nos proporciona esta crisis es que el sistema capitalista cuando funciona devora recursos naturales destruyendo nuestro soporte vital, y cuando no funciona destruye personas y empresas.

Hay otra manera de gestionar nuestra sociedad, desde una perspectiva ecológica de la economía, que cuidando de las personas ponga la vida en el centro, toda la vida, y desde la colaboración y la equidad, sostenga en equilibrio el reparto de empleo, de los recursos, del capital y de la producción.

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