Una clase vacía en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA
Una clase vacía en una imagen de archivo. FOTO: MANU GARCÍA

Nuestra guerra comenzó hace muchos años, cuando éramos aun muy niños para entender, si quiera, la intención de nuestra lucha. Nuestros padres nos animaban a ser fuertes y con cariño nos sometían constantemente a aquel repetitivo “estudia niño, estudia”. Mis padres me animaban y yo estudiaba, aunque nunca se me dio demasiado bien, quizás porque siempre estaba pensando en dibujos y poesías. En el colegio aprendí a leer y a escribir, en el instituto Matemáticas y Lengua, Historia, Latín, Física y Química. Aun me recuerdo preguntándole a mis profesores para qué me servirían tantos conceptos, si yo no iba a ser científico, historiador o profesor.

Con mucho esfuerzo y pocas horas de sueño, aprobé la selectividad y llegué a la facultad de Bellas Artes. Soy de familia humilde y, a pesar de la ayuda constante de mis padres, tuve que trabajar duro en la fábrica, todos los veranos, para poder permitirme pagar mi licenciatura. Fueron años felices, pero, en lo que dura un pestañeo, ya estaba enfrente de la vida, mirando cara a cara al precipicio. Después de la carrera no había nada. Un inmenso vacío en el que el rumbo fijo que nos habían enseñado a seguir, desde muy niños, ya no llevaba a ninguna parte. Muchos se perdieron por el camino, unos pocos acabaron siendo artistas, y el resto intentamos saltar el muro convirtiendo el arte en enseñanza.

Las oposiciones se convirtieron en la única puerta abierta a la esperanza. Una puerta muy estrecha por donde quisimos entrar, a empujones, demasiadas personas. Corría el año 2010 y tuve la suerte de aprobar con nota, pero al entrar en bolsa los interinos me pasaron, a toda velocidad, como adelanta un Ferrari a un Fiat Panda. El tiempo pasó y me fui olvidando de mi sueño de ser profe, tuve que volver a la fábrica, para poder sobrevivir, y me acostumbré a la vida del obrero, a echar mis ocho horas de trabajo y buscar el sofá y la manta al llegar a casa. Aprendí a vivir, día tras día, con el sudor de mi frente y el dolor de mis manos, hasta que un día, casi ocho años después de aquel examen, el teléfono sonó.

Septiembre me dio la oportunidad de dar sentido a tanto esfuerzo. Ahora, soy yo quien escucha a los alumnos preguntar para qué les servirán, en el futuro, tantos conceptos. Y se lo intento explicar, aunque no entienden como llega a cambiar el rumbo de la vida. Les digo que estudien y se esfuercen, como me lo dijeron en su día mis padres y maestros, aunque sé que, en el fondo, no me escuchan, porque están en un mundo que mis palabras de viejo ya no alcanzan.

Este año vuelven a convocarse oposiciones. Ellos no lo saben, pero yo no puedo dormir, pensando si después de junio volverán a pasar otros ocho años de sudor e incertidumbre. Y en el fondo, también sé que, cada consejo que les lanzó no es sólo para ellos, sino que lo que de verdad quiero es lanzar botellas de náufrago al pasado, enmendar los errores que cometí por el camino. Porque guiarlos, de algún modo, se ha convertido en mi única forma de volver a aquella Ítaca dorada e inalcanzable de mis sueños.

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