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"¿Cuáles son los valores vitales que definen para ti una vida aceptable? [...] poder comunicarme, tener un grado de conciencia suficiente para darme cuenta de las cosas, alimentarme sin necesidad de medidas artificiales"

Esta semana se nos fue Luis de Marcos, el enfermo de esclerosis que luchó para lograr que se despenalizara la eutanasia. Aunque se fue sin conseguirlo, estoy segura de que la batalla que emprendió no ha sido en balde. Ha removido muchas conciencias. Entre otras, la mía.

Y por eso, abuela, hoy me he decidido a confesarte que hace unos meses firmé una Declaración de Voluntad Vital Anticipada.

¿Y eso qué es?, dirás. Cuando tú vivías no existían esas cosas. En tu época, se sufría y punto. Y si te tocaba una agonía perra antes de irte para el otro barrio, no quedaba otra que aguantarse. Tú bien lo sabes. Y yo, también. Por eso, desde hace tiempo venía dándole vueltas a poner negro sobre blanco en qué condiciones no quisiera prolongar mi existencia. Porque, como dice Serrat, vivir solo vale la pena para vivir.

De eso va el Testamento Vital, de expresar en pleno uso de nuestras facultades qué tipo de cuidados y tratamientos deseamos recibir cuando llegue el momento de abandonar este mundo si, entonces, no estamos en condiciones de hacerlo.

No te aflijas pensando en por qué a tu nieta se le ocurren estas cosas ahora precisamente. No es producto de un golpe de calor, ni de que piense que me está rondando la parca —aunque esta, como Cifuentes, no coge vacaciones, ni este año ni nunca—. Es sencillamente, una decisión que reafirma el compromiso con la buena vida que contraje hace tiempo. Y, también, un acto de amor conmigo y con los míos: no quiero traspasarles la responsabilidad de decidir qué hacer con mi vida llegado el caso de que yo no pueda hacerlo.

Y así como hice separación de bienes cuando me casé, —que sí, abuela, que es mucho más fácil ponerse de acuerdo en quién se queda con la Thermomix y la figurita de Lladró cuando aún nos queremos que cuando ese lindo lunarcito nos acaba pareciendo un horrenda verruga—, ahora que la vida sigue siendo una bendición, quiero decidir qué hacer en caso de llegar a convertirse en una condena.

«¿Cuáles son los valores vitales que definen para ti una vida aceptable?», me preguntaron cuando fui a suscribir el testamento. No tuve que pensar mucho: poder comunicarme, tener un grado de conciencia suficiente para darme cuenta de las cosas, alimentarme sin necesidad de medidas artificiales, moverme con cierta autonomía, vivir sin tener que estar conectado a una máquina de soporte vital, no padecer dolores insufribles… Lo básico para no perder la dignidad como ser humano en ese tránsito que debiera ser plácido, natural y liviano, y no una penosa lucha por apurar un minuto más de existencia.

No le temo a la muerte, solo que no me gustaría estar allí cuando suceda, dice Woody Allen. Y  yo añado: y si estoy, que sea con el suficiente sosiego como para irme agradecida de haber vivido, no maldiciendo haber acabado así.

No obstante, señores del Ocaso, absténganse de llamarme a partir de mañana. De momento, sigo en mis trece de no pagar el seguro de los muertos. Tampoco es cuestión de pasarse de previsora…

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