Vivir de cara a la galería

¿Cuántas horas de vida se deja uno para que su vida luzca perfecta en Instagram?, reflexiona el autor de esta columna sobre el el falso mundo ideal de redes como Instagram

Vivir de cara a la galería.
Vivir de cara a la galería.

Basta darse un garbeo virtual por las redes sociales —Instagram, sobre todo— para encontrarse un mundo ideal. Casas impolutas y tan ordenadas que harían sentirse cómodo al TOC más extremo. Desayunos coloridos y cuquis, con zumos exóticos en botellas de vidrio y fruta cortadita en boles y platos cuadrados. Personas que se pasean por su casa con un cuerpo 10 y vestidos como si fueran a desfilar por Pasarela Cibeles. Un mundo ideal que, francamente, me agota.

Siempre que veo estas publicaciones, no puedo evitar despojarlas de la magia con mi mente cínica y condicionada por el estrés y el cansancio de la vida cotidiana. ¿Merece la pena ensuciar 18 boles y vasitos para que la foto del desayuno quede cuqui? ¿No estarían más cómodos con un pijama y una batita —no necesariamente a lo Arturo Fernández—? ¿Será habitable y confortable una casa en la que no puedes dejar nada fuera de su sitio ni por un instante? ¿Cuántas horas de vida se deja uno para que su vida luzca perfecta en Instagram?

Entiéndanme. No tengo nada en contra del orden o la limpieza. Es más, hay muchas personas para las que la decoración, el gimnasio o la cocina son hobbies que viven y gestionan de una manera sana. Y claro que a todos nos gusta ir a un restaurante en el que la comida, además de rica, es bonita; o en el que el propio contexto nos hace vivir una experiencia más allá de lo culinario. Y sé, por supuesto, que los influencers en redes sociales necesitan hacer las cosas de este modo porque viven de ello. La cuestión es: ¿tiene sentido que cualquier persona de a pie se sienta obligada a tener su casa, su cuerpo, su vestuario y hasta su desayuno en un estado perfecto y vistoso 24/7 para su lucimiento en las redes sociales?

El filósofo Byung-Chul Han habla de “la sociedad del cansancio”, una en la que nosotros mismos nos autoexplotamos en aras de lo que, creemos, es la felicidad y la realización personal. Esto, que tiene ramificaciones incluso más complejas en cuestiones de carácter laboral —y en las que me veo tristemente reflejado—, también se pone de manifiesto aquí. La obligación autoimpuesta de que todo lo que hacemos en nuestra vida privada sea digno de un monográfico en la revista ¡Hola! no solo implica cansancio fruto de asumir tareas añadidas a las que la propia realidad cotidiana nos impone. También conlleva frustración, porque esa realidad cotidiana nos impide cumplir adecuadamente con la obligación de perfección autoimpuesta. Entre otras cosas, porque esa perfección es una entelequia, una ficción.

No sé si les valdrá como terapia para cambiar el chip, pero yo me imagino a los influencers terminando su sesión de fotos con su ropa impecable, su casa impecable y su desayuno impecable, y, tras arrojar su ropa a un montón en el suelo del salón, poniéndose un pijama con dibujitos de Batman al tiempo que se lanzan a por una grasienta cuña de chocolate de tamaño XL. Porque para ellos esta parafernalia instagramera es su trabajo y, claro, ¿qué se le dice al dios del trabajo cuando no toca trabajar? Not today.

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