La vida perra

La suerte pertenece solo una la élite y a sus poderosos dueños, a los que solo le importan sus posesiones, sus casas, sus coches, sus viajes de lujo, sus vicios, sus mascotas

Fotoperiodista.

Ilustración de Emilio Castro para La vida perra.

Un perro está semihundido, se parece mucho al que pintó Goya, pero no lo es, ni siquiera es un perro; como diría René Magritte, es una representación pictórica. Aun así lo veo reclamar ayuda con los ojos tristes, espera un golpe de suerte que cambie su sino. Mientras llega o no ese momento, los recuerdos aparecen y piensa que es posible que este sea el último repaso a lo vivido. La tierra desatenta puede tragárselo hasta los confines, no será recordado, nadie llorará su extravío. Pese a desgañitarse, nadie escucha sus ladridos desesperados, sabe que su existencia es tan efímera como insignificante. Intenta, sin mucho éxito, no abandonarse a la pena oscura. Quiere creer que algo, algún milagro, lo sacará del fango y volverá a corretear como cuando era un cachorro, pero el tiempo pasa y sin que ocurra nada.

Su suerte, como la de todos está echada, todos son perros, pero con distinto collar. Los más afortunados, los de buena familia, tienen algo llamado pedigrí, que no es más que el resultado del capricho de los amos, que seleccionan los genes que más les gustan. Nunca entendió las clases sociales, menos aún entre perros, pues todos descienden de la misma loba. Le fastidia la altivez y desdén de los que se sienten superiores solo por estar de moda, por tener el favor de unos dueños acomodados que los miman como si fuesen mejores que el resto. Sin conquistar tal privilegio, se sienten la aristocracia del parque, lo peor de todo es que pretenden que el resto de canes los admiren; admiración por no haber hecho nunca nada. No cazan, no guardan finca alguna, no tiran de trineos, no salvan vidas en catástrofes, su especialidad es decorar, servir de complemento, de adorno, como un cinturón o un bolso a juego con el vestido de su dueña o con los zapatos del amo.

Huesos, una amiga ya mayor, que al igual que él mismo, no tenía raza conocida y que se crió también en la calle, le contó que a veces pasaba por la puerta de un restaurante gourmet, exclusivo para perros. Allí sus congéneres celebraban los cumpleaños y todo tipo de fiestas, comiendo solomillo, marisco y marrón glacé de postre. Los amos, los llamados “padres de mascotas”, les regalaban collares de perlas y vestidos vistosos, siempre seguían la tendencia de París. Los veía a través de una ventana trasera, mientras rebuscaba comida en la basura. Con suerte encontraba las sobras de alguien que quería cuidar su línea. “He visto cosas que ponen los pelos de punta”, le decía. Le contó que los elegidos acudían al masajista y al psicólogo, pero aun así, nunca los veía contentos porque siempre querían más.

Ni Huesos ni él podían entender su infelicidad.

El tiempo transcurre y se hunde más y más en el lodo, los peatones pasan cerca, pero a nadie parece importarle su situación. Desesperado jura y maldice con agudos aullidos y se lamenta, ¿Por qué es carne de perro? ¿Por qué él no recibe el mismo trato que los perros de la alta sociedad? Ni siquiera tiene un hogar, más allá de los huecos que encuentra entre los escombros de un solar cercano. Si tuviese un amo pudiente, también luciría un collar con su nombre, pero ni siquiera tiene nombre, siempre le han llamado “¡fuera!”. Solo posee el tiempo que le resta antes de ser tragado por la tierra. La perra vida que ha llevado no le ha dado nunca una oportunidad, supone que solo es cuestión de suerte, la que él no tiene. Algunos, no muchos, nacen con estrella, pero no es ni su caso ni el de la mayoría, que como él viven asustados, huyendo siempre de la perrera.

La suerte pertenece solo una la élite y a sus poderosos dueños, a los que solo le importan sus posesiones, sus casas, sus coches, sus viajes de lujo, sus vicios, sus mascotas. No hay ninguna empatía hacia personas sin linaje elevado. El mundo y todo lo que se puede comprar con dinero les pertenece. Los chuchos como él y los gatos callejeros son libres, libres de ser pobres, libres de ser atropellados o ahogarse en el barro y morirse por menos de nada.

El perro sin nombre sabe que hay millones de personas tan hundidas como él, “umbrías por la pena” como él y llenos de rabia como él en todo el mundo. Muchos, los que menos necesitan, escuchan solo su propia voz, sus propios ladridos, ignorando el dolor ajeno. Otros sí escuchan los aullidos, conocen el problema, pero creen que muerto el perro se acabó la rabia.

La vida no solo es perra para los animales de cuatro patas, conozco a muchos “perros hundidos”.

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