Cada vez que comento con las personas de mi entorno mi decisión de ser abogada con tan solo 24 años (decisión que tomé con 21 años), la reacción suele ser la misma: sorpresa. Muchos se llevan las manos a la cabeza y me preguntan con incredulidad: “¿Estas seguras? ¿Sabes lo que implica? Esta profesión es muy dura”.
A pesar de esos comentarios, cada mañana me levanto con la misma ilusión que un niño en la mañana del 6 de enero, esperando con emoción sus ansiados regalos. Esa ilusión es la que me impulsa a seguir caminando hacia el despacho, convencida de que elegí el camino correcto.
El ejercicio de la abogacía es esencial en nuestra sociedad. Ya que nosotros, los letrados y las letradas, somos quienes, con nuestro trabajo diario, defendemos el Estado de Derecho. Sin embargo, si a los jóvenes abogados se nos desanima constantemente, ¿quién quedará en el futuro para sostener los valores y la defensa de la justicia?
Los abogados y abogadas jóvenes somos valientes. Tenemos fortaleza. En un país donde se escucha a menudo que “lo mejor es opositar”, nosotros elegimos el camino más incierto, pero también el más apasionante. Mientras otros buscan la seguridad de un puesto fijo, nosotros apostamos por el riesgo, por la lucha diaria, por la convicción de que nuestro esfuerzo tiene un propósito.
A pesar de los comienzos exigentes, de las condiciones laborales y de la inestabilidad económica, debemos seguir adelante. Debemos ser la luz que guíe a las generaciones que vienen detrás. Cuando llegue la tormenta, tendremos la fuerza de abrir el paraguas y seguir caminando; porque, al final, siempre llega el momento de cerrarlo y volver a andar bajo la luz del día.
Luchad por vuestros sueños. No tengáis miedo. Tenemos en nuestra mano el poder de cambiar la percepción pesimista que a menudo rodea al ejercicio de la abogacía. Somos jóvenes, sí, pero no ingenuos. Y cada esfuerzo, cada año de estudio y dedicación, ha merecido la pena. No dejéis que os menosprecien.



