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A finales de la semana pasada se desprendía parte de la cornisa de un balcón de la torre de la catedral. A día de hoy todavía se pueden observar los cascotes en el suelo y una parte del reducto acordonado como medida de precaución ante nuevos y probables desprendimientos.

A finales de la semana pasada se desprendía parte de la cornisa de un balcón de la torre de la catedral. A día de hoy todavía se pueden observar los cascotes en el suelo y una parte del reducto acordonado como medida de precaución ante nuevos y probables desprendimientos. Que un derrumbe de ese tipo, a una altura superior a los diez metros, suceda a finales de julio en lugar de en época escolar o que no haya pillado a ningún turista por allí se puede considerar realmente milagroso. Es evidente que esta ciudad lleva demasiado tiempo jugando con la macabra suerte de los desprendimientos sin que hasta el momento hayamos tenido que lamentar daños personales, pero todos sabemos que en esta especie de ruleta rusa patrimonial al final la bala terminará apareciendo. Buscaremos entonces responsables y nos lamentaremos por lo ocurrido como si nadie tuviera ni la más remota idea de lo que estaba pasando. No hace falta ser vidente para saber que esto sucederá así. Por cierto, en este caso no miréis al ayuntamiento porque, ya que hablamos de la conservación de edificios de propiedad privada, la catedral, aunque BIC, no es precisamente un edificio de titularidad pública. Pero vamos, es un derrumbe como el que ya pasó hace pocos años en lo que era El Embrujo, en calle Liebre, en la Casa del Cura, en el palacio Riquelme o en el edificio de la plaza Plateros que ahora está en obras. Todos ellos supusieron cortes de calles, molestias y un martillazo más en el clavo de la imagen de dejadez y abandono que, y no es una impresión subjetiva, ha venido padeciendo nuestro centro histórico durante las últimas décadas, pero acelerado en su proceso y avance en los pocos años precedentes.

Hablar del estado de expolio total del convento del Espíritu Santo no es nuevo, como tampoco lo es la vergonzosa imagen del edificio de las antiguas bodegas Díez Mérito. Igualmente sucede con el robo del patrimonio público materializado en las lozas de piedra de Tarifa de algunas calles del casco o el lamentable aspecto de muchos edificios y construcciones históricas invadidas por las hierbas y los jaramagos. Arco del Arroyo, Cabildo Viejo, torreones de la muralla o el propio lienzo de la misma son elocuentes ejemplos de ello. Palacios como Riquelme o Villapanés, de propiedad pública, o Montegil, San Blas y la casa del doctor Romero Palomo, en manos privadas, se muestran arrumbados y dejados a su suerte. Si hablamos de los numerosos solares abandonados a su suerte, apaga y vámonos. Y la verdad es que son aspectos estos que parecen trascender el propio ámbito de la zona histórica para instalar esa sensación de dejadez a todo el territorio urbano de Jerez, sobre todo en lo que a limpieza se refiere.

La pasada semana el historiador del arte, José Manuel Moreno Arana, presentaba en su columna de prensa la constitución de una asociación en defensa del patrimonio, un organismo con personalidad jurídica propia, inscrita en el registro público correspondiente y con capacidad para presionar en las instituciones. Estamos hablando de un ente conformado sobre todo por personas vinculadas al conocimiento y a la investigación. Expertos cualificados, en definitiva, que son los que con más fundamento pueden defender las perentorias soluciones que necesita nuestro abundante y maltrecho patrimonio. Hasta ahora siempre nos han asesorado a la perfección y han colaborado, me consta que lo seguirán haciendo, con todo aquello que los residentes les hemos pedido, como las intervenciones que han llevado a cabo en el ciclo La Ruina del Mes o su participación en la manifestación del pasado mes de enero. Pero este paso, que puede marcar un antes y un después en la eterna lucha por la rehabilitación del patrimonio de esta ciudad, se percibía como profundamente necesario, aunque parecía que nunca iba a llegar.

Desde el punto de vista de los residentes, siempre limitados en sus conocimientos a la hora de abordar estos aspectos, no podemos sino saludar y agradecer la implicación de esos historiadores, historiadores del arte, filólogos, arqueólogos o arquitectos que estén dispuestos a tirar con este proyecto para adelante. Jerez y su necesitado patrimonio seguro que reconocerá con el tiempo la importancia de esta unión.



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