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No sé si Javier Pérez Andújar se siente así, pero lo cierto es que lo han rechazado por eso, por ser un intruso que se atreve a cruzar la línea del Rio Besós, frontera entre “los bloques” y la Barcelona guapa que enseñamos a los turistas.

Ando un poco removida estos días con los dimes y diretes sobre el pregón de fiestas de la ciudad de Barcelona. Y ustedes dirán: ¿Pero bueno, qué nos importa a nosotros lo que pasa en Barcelona? Ya tenemos bastante con lo nuestro. Y sin embargo, tenemos la misma patrona. Curiosa coincidencia, que me lleva a preguntarme cómo es que en Jerez no se hace pregón de fiestas. Al menos, que yo sepa.

Como iba diciendo, el Día de la Mercè de la ciudad de Barcelona se ha convertido este año en una especie de pulso entre pro independentistas y aquellos que, siendo y sintiéndose catalanes, están en desacuerdo con el llamado Procès. La razón es muy simple: a la alcaldesa, Ada Colau, no se le ha ocurrido otra cosa que encargar el pregón a un escritor, nacido en Sant Adrià del Besòs, una población colindante con la Ciudad Condal, donde fueron a instalarse cientos de emigrantes andaluces en los años sesenta. De ahí que Javier Pérez Andújar, el pregonero de las fiestas de la Mercè de este año podamos considerarlo de origen andaluz. En definitiva, nuestro protagonista procede de unos padres trabajadores que, como tantos otros, tuvieron que emigrar a Catalunya, y para más inri ha vivido y sigue viviendo en lo que se denomina barrio periférico, en el extrarradio de la gran Barcelona, lugar muy ajeno y alejado de los grandes fastos y eventos culturales, organizados por la élite catalana. 

No hay más que acercarse a dos de sus libros más significativos: Paseos con mi madre y Los príncipes valientes para saber quién es este hombre irónico y sonriente que ha estado en boca de todo el mundo durante el mes de septiembre. Javier es un cronista que sabe retratar como pocos el mundo de ese extrarradio donde se ha criado, los barrios en los que ha jugado, las luchas sociales de los obreros de las fábricas de esa zona, el humo de las chimeneas, los pisos de 40 metros cuadrados. Pero también su progresivo descubrimiento de la cultura, a través de los tebeos; esa especie de biblioteca de los pobres que muchos de nosotros hemos descubierto en los kioscos callejeros que proliferaban en los barrios barceloneses.   

La respuesta de los sectores independentistas ha sido esperpéntica, desproporcionada y clasista, calificativos todos ellos suaves, si tenemos en cuenta que ha existido un boicoteo en toda regla a la elección del Ayuntamiento. Quizás viene bien aclarar que nuestro pregonero se ha manifestado en varias ocasiones como opositor al independentismo, y lo hace habitualmente con su característica ironía y sentido del humor. Pero claro, ese desafío es demasiado, y le ha pasado factura. Curiosamente, esos que piden libertad para poder pensar y hacer, sin que nadie les ponga trabas, niegan el mismo derecho al que tiene posturas diferentes y las expresa.

Pues bien, a la misma hora y en otro lugar, un actor catalán protagonizó el pregón alternativo, apoyado por las entidades próximas al independentismo. Y para que no se me malinterprete, quiero dejar claro que no estoy hablando de todos los catalanes, sino de un grupo que dudo podamos considerar mayoritario. ¿Cómo interpretar esta parodia? Lo primero que se me ocurre es la falta de respeto que muestra el colectivo por un señor, elegido democráticamente por el consistorio, con una trayectoria impecable y brillante como escritor, columnista y comentarista. Eso sí, desde los márgenes, desde una fina ironía crítica con todo lo que significa un intento de fractura social en Catalunya. Se trata de un gesto que expresa muy bien esa fractura, porque señala un “nosotros”, los auténticos catalanes, y ellos, “los otros”, los que no tienen suficiente pedigrí, ni apellidos con historia como para ocupar un lugar en el Salón de Cent.         

El propio President de la Generalitat desafió de algún modo a la alcaldesa, desfilando con La Coronela, una especie de milicia uniformada, que era la que defendía a la ciudad, antes de 1714. Algunos articulistas han expresado su sorpresa ante tal símbolo militar, afirmando que “El mismo derecho que asiste a Puigdemont para recibir a La Coronela, lo tiene Colau para convertir la visión obrera y periférica de Javier Pérez Andújar en protagonista del pregón de La Mercè. Faltaría más, pienso yo, mientras viene a mi memoria el encargo que me hicieron hace tres años para ser pregonera de las fiestas de mi pueblo, en la provincia de Jaén. Una emigrante a Catalunya en los años sesenta, la hija de un campesino. ¡Oh sorpresa! Pero ahí estuve, en el balcón del Ayuntamiento, haciendo visibles, a través de mi palabra y mi presencia, a cientos de personas que durante siglos han permanecido en la oscuridad y el silencio. Ha llegado la hora de democratizar estos actos simbólicos. No siempre tienen que ser los mismos: artistas, periodistas, doctores en tal o cual materia, escritores ilustrísimos, famosos y famosillos, cuando no, hijos de papá o de mamá, que eran importantes en su tiempo. 

Lo que creo que ha molestado más a ciertos colectivos del catalanismo barcelonés, es que alguien como Javier, viniendo de donde viene, de apellido Pérez, y escribiendo lo que escribe, se haya sentado el Salón de Cent, ese lugar sagrado, simbólicamente muy importante, porque por allí han pasado grandes hombres de la Burguesía, los que en su tiempo se consideraban els Prohoms de la ciutat; grandes señores que gobernaban la Barcelona anterior al 11 de septiembre de 1714.  He recordado a José Montilla, al que rebautizaron y catalanizaron el nombre: Josep Montilla acabaron llamándole en los medios. Todo, para poder digerir mejor su ascenso a la gloria como President de la Generalitat. Y todavía hay más ejemplos de esa aversión de ciertas clases, que, por cierto, presumen de izquierdismo, por todo lo que no huela a Valls, Pujol, Casademont, y demás apellidos con caché suficiente para ser reconocidas como importantes. 

En 2006, Elvira Lindo vino a Barcelona para dar el pregón de las fiestas de la Mercè. “A ella no le montaron un pregón-escrache como a Javier Pérez Andújar, sino que la boicotearon por la vía dura. A Lindo la llamaron facha, española, y la animaron a irse a África. Cierto sector de la prensa catalana se refirió a ella condescendientemente como “una escritora infantil de Madrid” y “esposa de Antonio Muñoz Molina”.

Está claro que a Elvira la rechazaron por algo que tenía que ver con la identidad. Ella representaba a España, al españolismo que “nos roba”. Pero el caso de Javier tiene poco que ver con lo identitario y mucho con el clasismo. Es la Barcelona clasista que da la espalda al humo de las fábricas en donde el escritor ha pasado su infancia, a La Internacional de los bloques, como él mismo ha denominado a su barrio. A esa Barcelona mestiza, que ha tenido que luchar para tener la calle asfaltada, un trozo de verde cerca de casa o una guardería para sus hijos. Que débil es la memoria. Nuestros hijos no han vivido ese proceso de tener que ganarse a pulso una ciudad más vivible en aquellos barrios que construyó la Barcelona franquista del Alcalde Porcioles. Muchos nos preguntamos cómo ha podido calar esa fiebre independentista en los hijos de la inmigración. Tal vez los chavales no quieren ser como sus abuelos, gente de maleta de cartón y bocadillo envuelto en el diario La Vanguardia. Esa puede ser la razón de que muchos depositen sus fantasías de querer ser clase media, algo que parece que les ofrece el independentismo.

Recuerdo una conferencia del escritor Luis Landero, en la que reconocía que, en según qué ambientes, se había sentido muchas veces un intruso. También él es hijo de padres campesinos y ha sido su propio esfuerzo el que le ha llevado a la Universidad y a escribir novelas de éxito. No sé si Javier Pérez Andújar se siente así, pero lo cierto es que lo han rechazado por eso, por ser un intruso que se atreve a cruzar la línea del Rio Besós, frontera entre “los bloques” y la Barcelona guapa que enseñamos a los turistas. 

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