Tal vez porque nací en un barrio de ventanas abiertas y puertas de par en par..., hoy día creo vivir en un nido de víboras; en una cueva plagada de alimañas que sólo están felices olfateando la mierda ajena y dormitando sobre su caduca abundancia. Os aseguro que no escribo bajo los efectos de la ira ni el despecho..., más bien todo lo contrario: lo hago desde el poder que me otorga la moderación y la observación. No hay mañana que los valores que me enseñaron de pequeño mis padres vengan abofeteados y me obliguen -por tanto- a replanteármelos para poder subsistir en este agujero donde hasta al propio Principito del genial Saint Exupery le hubiera dado un infarto.

Tener unos “Buenos días” o unas “Buenas tardes” resulta un gran logro en una comunidad que vive con los ojos puestos sobre la punta de sus pies; con media lengua; con las manos pegadas a la cartera y con su piel tatuada embutida en ropa cara. No soy yo, Santiago Moreno, el mejor ejemplo de simpatía y del saber estar porque mi timidez -más de una vez- ha hecho de las suyas y me ha obligado, involuntariamente, a enroscarme en mi vergüenza como un erizo..., pero estoy seguro de que todos me entienden. La gota que colmó el vaso fue hace un par de semanas cuando una bolsa de basura que portaba con sumo cuidado se me partió justo antes de abandonar el portal; justo enfrente del Bajo Derecha. Maldije mi suerte. Aquello era un desastre.

Era toda mi vida en un metro cuadrado. Una de dos: o había sido obra del propio diablo o el jefecito de arriba había rescatado del olvido uno de mis pecados y me lo hacía pagar cuando menos esperaba. No cabía otra. Subí a mi piso, agarré una nueva bolsa junto a la escoba y fui bajando los peldaños de dos en dos sin partirme la crisma; llegué al desastre y me puse a arreglarlo, en silencio, lo más rápido posible y sin levantar los ojos del suelo; únicamente lo hice cuando un joven Sansón de cabeza cuadrada pasó por encima de mi basura sin decir una palabra. Seguramente pensó -si es que podía hacerlo- que “Aquel era mi perro y era yo el que tenía que bañarlo”.

Desde que tropecé con la mirada de aquel chico de testosterona comprada supe que, aunque me hubieran podido estar atacando en el zaguán tres cocodrilos y dos dragones alados, jamás hubiera movido un dedo por mí. Por suerte aplaqué mi desilusión, obvié la idea de comprar una metralleta y volví a subir a mi apartamento por el cubo de fregar. Minutos más tarde, cuando estaba pasando la fregona, apareció nuevamente aquel Atila de barriada bajo el umbral de su puerta, cerró con un buen golpe y pisoteó mi tarea sin apenas importarle... Justo ahí, cuando dejaba su sucia huella deportiva sobre el mármol y si me hubiera dejado llevar por mi instinto más animal, lo hubiera agarrado por su camiseta y lo habría metido en el lugar más profundo de mi bolsa de basura..., sólo para que se hubiera dado cuenta de que apestaba más que la propia mierda.

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