Un aplauso al profesorado

"Doña Ana fue mi profesora durante varios cursos en la EGB. Hasta entonces, siempre había sido un estudiante problemático"

A todos nos importa la educación. Es uno de esos temas respecto a los que todos sentimos en lo más profundo de nuestras almas que tenemos algo que decir a partir de nuestras experiencias personales. Y, de un modo especial, todos recordamos a profesores que marcaron nuestras vidas sin ni siquiera pretenderlo. Algunos para mal, claro, pero muchos más para bien. Y, en estos días tremendamente anómalos, quería aprovechar este espacio para dar mi aplauso verbal a los profesores de todos los niveles educativos. Y máxime cuando están ahora mismo esforzándose por adaptarse a toda velocidad y como buenamente pueden a formas de trabajar que nunca habían puesto en práctica. El resultado no está siendo perfecto, pero quedémonos con el refuerzo positivo, ¿no?

Lejos de palabras grandilocuentes de homenaje a la función docente, prefiero hacerlo personal. Así que voy a hablarles sobre doña Ana —no sé ahora, pero en aquel momento nuestros profesores del colegio siempre eran dones y doñas—. Doña Ana fue mi profesora durante varios cursos en la EGB —lo que hoy sería primaria—. Hasta entonces, siempre había sido un estudiante problemático: más bueno que el pan, pero ruidoso, cantarín y tendente a decir cosas raras y a hacer las cosas a mi manera. Frente al resto de profesores, que optaron por la reprimenda, doña Ana se percató de que podía ser un buen estudiante. El único problema es que quizá a priori me costaba encajar en el molde preestablecido. Así que intentó potenciar lo que yo era, con mis particularidades y hasta mis excentricidades. Mis notas subieron desde entonces hasta convertirme en un miembro atípico del grupo de los empollones. Pero no se quedó ahí la cosa. Doña Ana se dio cuenta de que podía y debía explotar mi creatividad, y dio rienda suelta a mi artisteo. Y con ello no solo conseguí ser mejor estudiante, sino que puso una piedra importantísima en la persona que soy hoy, o al menos en la parte que más me gusta de esta. Doña Ana no intentó introducirme en un molde, sino que supo sacar lo mejor de mí. Y lo hizo como estudiante y como persona. Y, con ello, me hizo también alguien con una existencia más feliz. Hace muchísimo tiempo que no sé de ella, y probablemente ella no conoce nada de esto que les cuento a ustedes. Pero mi gratitud hacia ella es infinita, y nunca la olvidaré.

Y ahora que soy profesor en el ámbito universitario, muchas veces pienso en esos profesores que, como doña Ana, son modelos a imitar. Y uno, mejor o peor, intenta acercarse a esos referentes. No me corresponde a mí decir si lo consigo en mayor o menor medida o fracaso estrepitosamente, pero sí puedo decir que enseñar, mi función docente, es una de las grandes alegrías que me ha dado la vida. Como Jack Nicholson en Mejor Imposible, yo podría decir a mis estudiantes que cada día hacen que quiera ser mejor persona. Y ellos, sin saberlo, son una parte muy importante de mi propia felicidad. Ojalá algún día, cuando las nieves del tiempo empiecen a platear sus sienes como las mías —sí, ya tengo más canas de las que querría—, piensen en mí de un modo parecido a como yo pienso hoy en doña Ana.

Este artículo es sencillamente un aplauso en forma de palabras al profesorado. A profesionales que tiran de motivación personal y de vocación para acompañar a otras personas a ser lo que pueden llegar a ser, tanto en un plano humano como profesional —¿no es esto asombroso?—. Porque, aunque mi doña Ana fuera extraordinaria, todos hemos tenido a profesores que, de algún modo, marcaron quiénes somos. Y muchos, la mayoría, para bien. Y, por eso, este es mi modesto homenaje a todos ellos, especialmente en estos días de dificultades. Gracias, de corazón.

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