Vista de la calle San Pablo, en una imagen reciente.
Vista de la calle San Pablo, en una imagen reciente.

No es la primera vez que escribo sobre un sábado por la noche, y parece que será la última en un tiempo. Sin embargo, esta vez no se trata de ningún tipo de sermón, cual cura antiguo gritando desde un púlpito “pecador, pecador, pecador”. Es muy fácil criticar a todo el que saliese este fin de semana, pero siendo uno de ellos, sería una gran hipocresía (aunque por lo menos no me desfasé como más de uno que vi, bastante ebrio sin importarle el distanciamiento o la mascarilla). Por ello, este artículo es solo una reflexión sobre psicología social.

Como casi todo en esta vida, las voces cada vez más fuertes que pregonaban otro estado de alarma, que los bares cerrarían todavía antes y hasta un toque de queda, tuvieron efectos adversos. Una sirena de ataque aéreo empezó a chillar en la cabeza de mucha gente, era la llamada a aprovechar el poco tiempo de libertad que quedara. Flashbacks de los capítulos de Friends reproduciéndose uno tras otro después del aplauso de las 20:00 hicieron salir a la calle a todo dios.

En este sentido, me parece interesante comparar este fin de semana con el previo al 16 de marzo. Si bien entonces las llamadas a la responsabilidad abundaban, esta vez ha sido un “tonto el último” que se queda sin mesa. Mi gran duda es como hubiéramos actuado entonces si hubiéramos sabido que en lugar de dos semanas iban a ser más de dos meses. ¿Nos hubiéramos lanzado a la calle igual? ¿Hasta qué punto nos condiciona el daño psicológico del confinamiento?

Este fin de semana, una gran parte de la población ha actuado de forma egoísta, llevados por nuestros impulsos y siendo totalmente irracionales. Ha sido como una especie de pánico a las restricciones. Y como se sabe, bajo pánico no se suele actuar bien. El gran ejemplo de ello siempre será la actuación de los pasajeros durante el hundimiento del Lusitania.

Fuera como fuera, el centro este fin de semana era como una especie de zambomba a parches. En algunos casos incluso la estampa era idéntica, como en la calle Tornería. No solo por la noche, a mediodía en la calle Larga había más gente que en la guerra. Es como si existiera más miedo al aislamiento que a contagiarse. Parece mentira que la idea del contagio pudiese estar asociada con la muerte.

Está por ver cómo se va a actuar hasta mayo con toque de queda de 23:00 a 6:00 y con unas navidades de por medio. Por la calle ya se escuchaban conversaciones en las que era fácil oír “pues nos quedamos hasta las seis con el lote en tu casa y si no nos quedamos a dormir”. También es cierto que en estas declaraciones influyen muchos factores más allá del pánico. Existe de por sí una base muy fuerte de egoísmo, algo que se venía viendo desde las fiestas privadas de la fase I. Sobre la inconsciencia o la irracionalidad que existiesen de antes mejor ni hablar.

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Comentarios (2)

NIEVES DIAZ Hace 10 meses
EXCELENTE ARICULO .BIEN REFLEJADA LA ACTITUD DE LA CHUSMA.
NIEVES DIAZ Hace 10 meses
EXCELENTE ESTA VISIÓN DE LO QUE LA CHUSMA HACE.
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