Analistas internacionales apuntan a que la ambigüedad de China puede ser un punto de inflexión en el conflicto
Analistas internacionales apuntan a que la ambigüedad de China puede ser un punto de inflexión en el conflicto

Los ucranianos son gente como nosotros. Se levantan temprano para ir a trabajar, acuden a los bares a tomar café o visitan los cajeros a procurarse su peculio. Están llenos de ilusiones y esperanzas y sufren, como todos, los rigores del oficio de vivir.

Sin embargo, de modo injustificable, un sátrapa asesino ha decidido truncarles la existencia. Los muertos comienzan a acumularse y el peligro para la población civil es cada vez más contundente. Una incomprensible agresión violenta  que pone de manifiesto la indigencia moral algunos dirigentes internacionales.

Un demente peligroso ha decidido invadir Ucrania y ha puesto en marcha una estrategia enloquecida que sitúa al mundo al borde de un precipicio. Estas cosas se saben cómo empiezan pero no siempre cómo acaban.

Ucrania estrenó el siglo XXI transitando hacia la homologación europea, impulsando una economía de mercado y unas instituciones formalmente democráticas, aunque en ese camino se produjeran  altibajos, tiras y aflojas, especialmente provocados por las insidias del Kremlin.

En cualquier caso, desde el año noventa y uno del siglo pasado Ucrania se convirtió en un país independiente, libre y soberano que ha venido ensayando, desde entonces, diversas fórmulas de posicionamiento estratégico y geopolítico con diverso éxito. Esto es, mientras unos gobiernos miraban hacia la Europa democrática otros apuntaban en dirección a la Federación Rusa (Yanukovich, 2013) y vuelta a mirar hacia la Europa occidental.

Y parece que ha sido la última mirada del estado ucraniano, solicitando su ingreso en la OTAN, la que ha desencadenado la invasión. Los analistas adoptan posiciones diversas en relación al conflicto, aunque la inmensa mayoría coinciden en condenar el ataque ruso. Y para colmo parte de la izquierda, junto a algunos expertos, corresponsabiliza a la organización militar atlántica de lo sucedido.

Y esta posición resulta muy interesante, aunque no la comparta. Podemos ser todo lo antibelicistas que queramos, que quien suscribe lo es, pero tenemos que reconocer que ninguno de los perniciosos vaticinios presagiados, cuando España ingresó en la OTAN, se han cumplido hasta ahora.

La fotografía es, en mi opinión, mucho más simple. Es Rusia quien ha invadido Ucrania. Es Rusia quien ha enviado tropas y lanzado misiles contra el territorio ucraniano y es Rusia quien está asesinando a civiles indefensos. Conviene, para no perdernos, no olvidar esto.

El posible ingreso de Ucrania en la OTAN, apuntan los críticos, rompe el stetu quo internacional. Esta afirmación encierra, en sí misma, el acuerdo con la existencia de los estados satélites.

Queda claro, por tanto, que son dos los conceptos en liza en este debate: soberanía frente a statu quo. El reconocimiento del derecho de Ucrania, como estado independiente y soberano, a decidir su futuro, frente a la imposición internacional de mantenimiento de los equilibrios nacidos tras la caída del muro de Berlín. En estos días no puedo dejar de recordar los lamentos de Azaña, en sus memorias, cuando las democracias europeas dejaron sola a la II República española frente al fascismo de los años treinta.

Y todo parece indicar que aún nos quedan por sufrir varios episodios de esta nefasta guerra. La reciente amenaza de Rusia a Finlandia y Suecia por si se les ocurriese, en el ejercicio de su soberanía, incorporarse a la la organización militar atlántica, quizás pueda explicarse por la tibia respuesta del occidente democrático. Europa ya tiene experiencia: su tibieza inicial con Hitler nos llevó a la segunda guerra mundial.

El loco de Putin pretende llevar al occidente democrático al abismo. Sus alianzas internacionales ponen de manifiesto sus verdaderas intenciones: establecer un nuevo orden mundial en el que compartir el cetro con China. Nuestro mundo no es perfecto, pero disfrutamos de mucha más libertad personal, política, económica o cultural que en la Rusia o la China de hoy. Nos jugamos nuestro modo de vida. Nos jugamos la vida. Que Dios nos coja confesados.

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