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Ellos quieren odio. No digo que les demos amor, pero azotémoslos con el látigo de nuestra indiferencia.

Éste es un mundo lleno de contradicciones. No deja de ser curioso que ellos —los islamistas radicales, terroristas, asesinos, yihadistas, fanáticos, retrasados mentales que esperan yacer con sus nosecuántas huríes vírgenes en cuanto alcancen el Paraíso tras el martirio… llámenlos cómo quieran—, que odian a los turistas, a todo lo que en general signifique disfrutar y pasarlo bien —ya saben: jugar al fútbol, ir a restaurantes y de tiendas, practicar sexo, escuchar música…—, hayan puesto coto a ese fenómeno que había surgido en los últimos tiempos en varias ciudades, siendo Barcelona la abanderada de la causa, llamado turismofobia.

Es pronto para hablar de repercusiones, pero la imagen de los habitantes de la Ciudad Condal ofreciendo sus viviendas a los turistas ingleses, franceses, alemanes o belgas poco tiene que ver con aquella de las cadenas humanas en la playa para impedirles el baño, las pintadas kaleborrokeras o los actos vandálicos en autobuses. Ahí está la contradicción: generar turismofilia donde antes había turismofobia. Aunque quizá, pensándolo bien, ése sea el objetivo: que vengan, que nuestras ciudades se conviertan en babeles donde converjan infieles de todas las depravadas naciones occidentales, para así poder asesinar a varios pájaros de un tiro, de un atropello o de lo que se les ocurra a estos lobos, solitarios o no.

Los extremos se complementan y necesitan. Bush necesitaba a Bin Laden como Trump necesita a Kim Yong-un y como los retrasados fanáticos —ojalá fueran malvados con los que se pudiera tratar, pero dime qué vas a negociar con un jambo que piensa que tras su martirio estará disfrutando en el paraíso con la cohorte de vírgenes que le correspondan— precisan de enemigos. O sea, turistas. Visitantes de todas las naciones que se concentren en un punto como Las Ramblas, la Puerta del Sol, Picadilly Circus o los alrededores del Coliseo Romano. Por eso pienso que al final ganaremos. Combatiéndolos y a la vez, no haciéndoles mucho caso. Haciendo nuestras vidas. Ellos quieren odio. No digo que les demos amor, pero azotémoslos con el látigo de nuestra indiferencia.

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