Trumpismo: democracia en estado de derribo

Cuando una potencia deja de creer en sus propios relatos —o, peor aún, los sustituye por simulacros cínicos— entra en una fase en la que el poder ya no se justifica, solo se ejerce

18 de marzo de 2026 a las 09:42h
Trump, en una imagen reciente.
Trump, en una imagen reciente.

El trumpismo no es un accidente histórico ni una anomalía grotesca que irrumpe en la escena política de Estados Unidos. Es, más bien, su consecuencia lógica. Donald Trump no aparece como ruptura, sino como culminación: el producto más depurado de una cultura que lleva décadas sustituyendo la política por espectáculo, la verdad por narrativa y el bien común por la lógica implacable del mercado.

Trump no gobierna: performa. No argumenta: impone. No representa: encarna. Es el líder perfecto para una era en la que el poder ha dejado de necesitar legitimidad moral para sostenerse y le basta con la visibilidad, el ruido y la capacidad de colonizar la atención pública. Como un Nerón sin grandeza trágica —más cercano a la farsa que a la épica— no contempla el incendio: lo retransmite.

En su figura converge el sueño del neoliberalismo más descarnado: la reducción de lo político a transacción, de lo institucional a decorado y del ciudadano a consumidor. Trump no es la perversión del sistema; es su versión sin maquillaje. Donde antes había hipocresía, ahora hay cinismo explícito. Donde existía una retórica de derechos, hoy se impone una práctica de privilegios.

Y sin embargo, el trumpismo no se explica solo en términos económicos o mediáticos. Hay en él una regresión simbólica que remite a los mitos fundacionales de la nación. El eco del viejo Oeste — ese territorio donde la ley era una ficción frágil frente al poder del revólver— resuena con inquietante nitidez. No es casual que la sombra de John Ford y su The Man Who Shot Liberty Valance sobrevuele este fenómeno.

En aquella película, la civilización se imponía sobre la barbarie, pero lo hacía sobre una mentira necesaria: el héroe era una construcción, un relato útil para fundar el orden. “Cuando la leyenda se convierte en hecho, imprime la leyenda”, sentenciaba el periodista. El trumpismo invierte la fórmula: cuando la mentira se convierte en poder, destruye la necesidad misma de la leyenda. Ya no hay relato que sostener, solo fuerza que exhibir.

Así, el colegio electoral —ese símbolo de mediación entre la voluntad popular y la arquitectura institucional— se convierte en un escenario donde la legitimidad se disputa a golpe de ruido, sospecha y desinformación. La democracia deja de ser un sistema de reglas compartidas para convertirse en un campo de batalla donde todo vale, porque nada obliga.

Hay en todo esto una pulsión profundamente reaccionaria, pero no en el sentido clásico de restaurar el pasado, sino en algo más corrosivo: la demolición de los consensos que hacían posible cualquier futuro común. El sueño americano, con todas sus imposturas, al menos ofrecía una promesa universal. El trumpismo la fragmenta, la reduce, la blinda: convierte el horizonte colectivo en una propiedad privada.

Sería cómodo —y profundamente ingenuo— reducir este fenómeno a la extravagancia de un solo hombre. Trump no inventa el trumpismo; lo destila. Es la cristalización de una cultura política que ha erosionado sus propios fundamentos hasta hacerlos irreconocibles. Una cultura donde la verdad es opinable, la justicia negociable y la realidad un campo más de disputa propagandística.

La comparación con Nerón, en última instancia, se queda corta. Nerón habitaba la lógica de la tragedia; Trump, la de la parodia. Y esa diferencia es decisiva. La tragedia, al menos, exige conciencia del desastre. La parodia, en cambio, lo trivializa. Convierte la decadencia en espectáculo, el deterioro en entretenimiento y la crisis en un episodio más del ciclo mediático.

El trumpismo no es solo una crisis política: es un síntoma de agotamiento civilizatorio. Cuando una potencia deja de creer en sus propios relatos —o, peor aún, los sustituye por simulacros cínicos— entra en una fase en la que el poder ya no se justifica, solo se ejerce. Y en ese punto, la pregunta yano es cómo se corrige el rumbo, sino cuánto queda antes de que el derrumbe deje de ser una metáfora.

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