Donald Trump es el mayor ateo que ha conocido la historia reciente. No solo no cree en Dios, en ningún dios, sino que lo proclama por medio de sus acciones. No es de extrañar, por tanto, los enfrentamientos que tuvo con el actual Papa ni las imágenes en formato reel que a menudo nos llegan de clérigos católicos y luteranos enfrentándose a esa policía política que persigue a emigrantes refugiados en iglesias. La forma en que Trump afirma y manifiesta su ateísmo va mucho más allá de sus creencias individuales o de lo que expresa cuando alaba a los evangelistas norteamericanos. No hay en él cualquier tipo de trascendencia colectiva, ya sea en forma de derechos, normas o principios, solo la fuerza y el interés egoísta desnudo.
¿No es acaso que el capitalismo ya no necesita legitimar su depredación devastadora con los ropajes retroactivos de la religión? No, ahora Dios estorba. No se trata de la conocida “muerte de Dios” de Nietzsche, sino del asesinato de Dios. Si Dios ha muerto, todo está permitido, decía Dostoyevski. Por contra, el pensamiento ilustrado nos dice que, si Dios ha muerto, nada está permitido sin justificación racional y razonable. No es que Dios esté muerto, es que se ha convertido en el enemigo a batir.
El “asesinato de la realidad” del que hablaba Jean Baudrillard no es un simple exceso de mentira ni una crisis de representación, sino algo más radical, la sustitución de lo real por su simulacro operativo. La realidad no desaparece, es neutralizada, absorbida en un sistema de signos, imágenes y gestos que ya no remiten a ningún límite externo. En ese sentido, el engaño sistemático del trumpismo no es solo una estrategia política, sino una ontología práctica, la afirmación de que no existe nada fuera de la voluntad, la fuerza y el interés inmediato.
Aquí es donde el asesinato de la realidad coincide con el asesinato de Dios. No del Dios teológico como creencia privada, sino de Dios como nombre histórico de lo indisponible, de aquello que imponía un límite absoluto al poder. En la tradición occidental, Dios equivalía a lo real en último término, lo que no podía ser manipulado, negociado o reescrito. El trumpismo liquida precisamente esa exterioridad. No hay verdad, ley, derecho, dignidad ni siquiera mentira en sentido clásico, solo eficacia.
Baudrillard entendió que, cuando el simulacro se vuelve total, ya no hay transgresión posible, porque no queda nada que violar. El trumpismo encarna esta fase extrema, no niega a Dios, lo vuelve innecesario. Y en ese gesto, al matar la realidad como instancia última, consuma también la muerte práctica de Dios. El ateísmo de Trump es similar al que mostraban los jerarcas nazis y fascistas. El gran acierto histórico no fue el de Stalin, sino el de Hitler. En Stalin, con toda la crueldad del mundo, habitaba al menos la promesa —perversa, traicionada, pero existente— de la idea universal del proletariado. En Hitler no.
Desde que Yahvé se definió ante Moisés en la zarza ardiente como «Yo soy el que soy», la universalidad del ser ha sido la verdadera prueba del algodón de las religiones del libro. La diferencia está la universalización de los derechos, en la que Roosevelt y Stalin coincidían, y que dio lugar a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, al nacimiento del actual derecho internacional y a la Carta de las Naciones Unidas.
El capital siempre fue ateo y, ciertamente, siempre aspiró a erigirse como religión, con el dinero como su verdadero dios, como vio muy bien Walter Benjamin, y como hoy expresa con crudeza Ian Wright. Esto no significa que haya que volver a un giro espiritualista contra la cultura ilustrada y democrática. Significa, más bien, que solo un ateísmo ilustrado, basado en la racionalidad colectiva, puede hoy salvarnos.La trinchera no está en la cruz, pero tampoco contra la cruz. Está en comprender aquello que ya señalaba Ernst Bloch en El principio esperanza, que las promesas de emancipación no pertenecen al cielo, sino a la historia, no a la fe privada, sino a la praxis común, no a un Dios trascendente, sino a la esperanza concreta de una humanidad capaz de darse a sí misma sus propias leyes. Ernst Bloch sostiene que el núcleo más radical del cristianismo es, paradójicamente, ateo. No porque niegue toda trascendencia, sino porque se enfrenta al Dios del poder, del orden y de la dominación. En la Biblia, especialmente en el Éxodo, los profetas y la figura de Jesús, Bloch identifica una crítica interna a la sacralización de la ley y del imperio. Este “ateísmo religioso” desplaza la salvación del cielo a la historia y convierte la promesa mesiánica en exigencia de justicia terrenal. El cristianismo, leído así, no legitima el poder, sino que lo impugna desde la esperanza emancipadora del “todavía-no”.
En la conocida frase de Marx que encabeza este artículo, tiene una especial vigencia hoy, en esta fase del trumpismo, si se la lee de un modo distinto. La religión es suspiro, alma, corazón y opio, pero estos no son ya meros símbolos. Hoy los suspiros de los sufridores de la explotación, así como el corazón y el opiáceo —léase ahora fentanilo—, son realidades materiales. Lejos de entender esta definición como una negación del fenómeno religioso, hay que leerla como una afirmación en su positividad histórica. Cuando todo vestigio de realidad quiere ser negado, la religión aparece no solo como ideología, sino como síntoma real del sufrimiento real. Marx no descalifica la religión por ilusoria, sino porque consuela sin transformar. Y en el presente, donde incluso el consuelo se ha vuelto químico y letal, su diagnóstico adquiere una fuerza nueva y terrible. Solo un ateísmo naturalista, basado en la luz de la razón ampliada por la ciencia, y un materialismo capaz de llegar a acuerdos estratégicos, tácticos y ecuménicos con el cristianismo, el islam, el budismo o las religiones de los bosques, como el animismo indígena, podrá articular un proceso de cambio salvífico de la biosfera.


