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Las trampas han sido puestas en el camino, cuales jaulas o ratoneras, para derribar el futuro, con el propósito de hacernos trabajar más.

Cuando éramos hombres y mujeres que necesitábamos cazar cada día para comer, nos dedicábamos a colocar artificios para atraer nuestro sustento, retenerlo y así poder devorarlo. Existían varios tipos de trampa: las de guarida, por ejemplo, capturaban al animal sin lastimarlo, parecidas a las de inmovilización, y las trampas mortales, diseñadas para aplastar, tirar o cortar un animal y matarlo. También la Academia dice que trampa es, curiosamente, la tira de tela con que se tapa la abertura de los calzones o pantalones por delante.

Ya en un mundo más “civilizado” las trampas se siguen utilizando, buscando el provecho propio pero a través de la contravención más o menos disimulada de la ley. Y una de esas trampas es la infracción maliciosa con la que unos y otros han quemado la que era, hasta hace unas décadas, la sociedad europea del bienestar. Las trampas han sido puestas en el camino, cuales jaulas o ratoneras, para derribar el futuro, con el propósito de hacernos trabajar más y peor, para vivir en unas condiciones de inestabilidad en las que la selva impera en las relaciones de una sociedad cada día más agresiva.

Son muchas las personas capturadas en las trampas de las hipotecas, con las familias agarradas en los cepos de los bancos, desahuciados, en la calle. Trampas de políticos que empezaron vendiéndote su chaqueta de pana y terminaron con el yate y la cremita. Diputados tramposos que duermen la siesta en sus escaños y dan lecciones sobre los años que el resto tenemos que estar trabajando para una pensión digna. Trampas de los que nos vendieron una izquierda que no era, una revolución que nos llevó a la comunión con la uniformidad de la reforma laboral, la privatización de los servicios públicos y lo peor de la trampa, la aceptación de un mundo donde todo está atado y bien atado.

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