Hay series que nacen con la condena escrita en la frente. No porque sean malas —que eso es otra discusión—, sino porque tocan un nervio que no conviene tocar. Toy Boy fue una de esas: una ficción con neón y Costa del Sol que se atrevió a colocar el cuerpo masculino en el escaparate, no como héroe blindado, sino como mercancía y herramienta de supervivencia en un mundo donde el dinero pesa más que la moral.
Y ahí, en esa inversión del foco, empezó la incomodidad.
He leído críticas que se agarran a lo de siempre: “mal interpretada”, “guion flojo”, “demasiado larga”. Algunas tendrán razón. Pero entre líneas asoma una cantinela ya conocida por todos: el desasosiego de ver a un hombre prostituirse. De verlo sometido a la mirada ajena y no dominándola.
Porque lo que Toy Boy exhibe no es solo carne. Exhibe una jerarquía temblando.
La cultura audiovisual lleva décadas cosificando cuerpos femeninos sin que a nadie le estalle el pacto de incredulidad. Lo nuevo —lo que irrita— es que el objeto del deseo sea un hombre. Y que ese hombre no aparezca como el macho triunfador que se come el mundo, sino como un buscavidas al que el mundo se lo come a él.
Ahí la masculinidad frágil se delata con precisión quirúrgica. Y conviene aclararlo: no es la de los hombres sensibles ni la de quienes dudan. Es la que se enfurece cuando alguien toca el pedestal. La que necesita que el varón sea siempre sujeto y nunca objeto. La que interpreta cualquier desplazamiento como humillación.
Entonces las reseñas se vuelven un confesionario sin cura.
“Lo mejor son los bailes, y lo dice un hetero”, sueltan algunos como quien enseña un salvoconducto. No es celebración: es justificación. Miedo a que el deseo se confunda con debilidad. Miedo a que mirar sea ya rendirse. Miedo a que el clan imaginario de la hombría pase factura.
Es curioso: hay espectadores que toleran la violencia con una calma casi administrativa, pero se alteran ante la vulnerabilidad masculina. Como si el golpe fuese natural y el temblor, obsceno.
Y luego está el otro detonante: el protagonista es un exfutbolista. El futbolista, en el imaginario machirulo, es templo de virilidad contemporánea. Convertirlo en gigoló —aunque sea ficción— se vive como profanación. No importa que el personaje no sea gay ni que la serie juegue al thriller nocturno. Lo que molesta es la imagen: un hombre que ofrece su cuerpo, que negocia su deseo, que no encarna la fortaleza inquebrantable.
La reacción se parece a un gesto infantil: si lo insulto, deja de existir.
Por eso me interesa más la sociología de las críticas que las críticas mismas. Toy Boy funciona como espejo. No de la televisión española, sino de una parte del público que aún necesita que el hombre sea piedra: que no se adorne, que no se exponga, que no se venda.
Lo mismo sucede en literatura, aunque se disfrace de debate editorial. El cartel de LGTB en muchas librerías actúa como frontera invisible, como si esas historias no hablasen de amor o de adolescencia —es decir, de lo universal—, sino de un territorio ajeno. Ahí está el caso de Heartstopper (Alice Oseman, Planeta, 2020), fenómeno generacional leído sobre todo por mujeres y por quienes no temen cuestionar el molde. Muchos hombres cisheterosexuales lo esquivan más por la sospecha simbólica que implica acercarse a él, que por la calidad que pueda o no tener. Y esa prevención dice más del lector que del libro.
Toy Boy, al fin y al cabo, hace eso: desobedece.
No funcionó como se esperaba en prime time, pero sí cuando aterrizó en Netflix. La televisión generalista es una sala de estar compartida; el consumo queda a la vista. Una plataforma, en cambio, es una habitación propia. En esa intimidad, muchas resistencias se diluyen.
No estoy diciendo que todos los que critican Toy Boy lo hagan por homofobia o por incomodidad con la prostitución masculina. Sería una simplificación tan perezosa como las que denuncio. La serie tiene defectos reales, como los tienen tantas. Pero sí digo que hay un tipo concreto de furia que no nace del guion, sino del orgullo herido. Un tipo de desprecio que no se explica solo con la calidad interpretativa, sino con la necesidad de dejar claro: yo no soy eso, yo no miro eso, yo no pertenezco a ese mundo.
Y, sin embargo, lo miran.
Esa contradicción es el corazón de la masculinidad frágil: despreciar en público lo que inquieta en privado.
Toy Boy no me interesa como placer culpable, sino como termómetro. Como prueba de que el cuerpo masculino puede narrarse desde la exposición y la vulnerabilidad sin que se derrumbe el mundo.
Tal vez por eso molesta. Porque no es solo una serie sobre strippers, sino sobre el miedo a que la hombría no sea fortaleza, sino actuación. Y cuando alguien demuestra que el vestuario puede cambiar, el escenario deja de ser seguro.
Ahí aparecen las reseñas. No como crítica cultural, sino como defensa personal.
