Como dice mi abuela, "el mundo está fatal", y para qué entrar en detalles si todas sabemos a qué se refiere mi abuela. Esta realidad que nos está tocando vivir ya es lo bastante surrealista por sí misma como para que encima haya gente empeñada en estropearnos las cuatro cosas por las que todavía merece la pena levantarse para ir a trabajar.
De verdad, me resulta intrigante que, de entre todas las cosas de las que se podría hablar en este momento, aún haya señores dándose patadas por entrar en el club de intensos profesionales, convencidos de que el mundo gira alrededor de su resaca existencial. De los creadores de "Linkin Park solo merecía la pena cuando no eran comerciales" llega "soy un genio y sufrir me hace interesante". Yo pensaba que esto ya estaba pasadísimo de moda, pero se ve que todo lo vintage está en auge. Me encantaría ver a todos estos revolucionarios de Twitter mover la cabeza al ritmo del grupillo local de chavalillos que, con su tufillo adolescente, escriben canciones sobre que el agua moja y esas cosas. Eso sí que sería reivindicativo.
No acabo de entender dónde está para ellos la línea que divide lo que es y no es admisible. Entran en internet para berrear su "mamá, mamá, mira, sin manos". Con sus uñas negras y su feminismo de vaper, subidos a su escalerita del Ikea, defienden sus importantísimas opiniones: que Taylor Swift solo escribe cosas de niñata o que el disco nuevo de Rosalía es una mierda y la gente solo lo escucha porque es Rosalía. Tampoco voy a negar que es tremendamente entretenido verlos emprender su cruzada contra lo mainstream. Ellos, desesperados, zarandeando su bolsito y sacando todo el arsenal, intentando encontrar algo que acabe con la indiferencia de su audiencia. Es como si les resultara imposible entender que, a veces, lo popular se populariza por una razón. Como nunca llueve a gusto de todos, no puede ser que esté todo el mundo con eso del "no, no te puedo olvidar…", y por eso mirar morrúo a la gente bailar mientras uno se atusa el bigote lo hace, cuanto menos, interesante.
No puedo mentir: me encanta cuando estos sesudos nos miran por encima del hombro, chasqueando la lengua, intentando pescar alguna frase célebre de un tío muerto, porque para ellos no hay diferencia entre una conversación y un comentario de texto. Ellos tienen en la cabeza palabras más importantes que tu Nuevayollll, palabrejas famosas de su libro sagrado que discuten con otros sesudos en el bendito circlejerk de la RAE.
Odiar lo mainstream te posiciona en un lugar muy concreto; a contracorriente, y en esa oposición que muchos confunden con un acto de rebeldía, en realidad solo hay una cosa: desesperación. Bueno, dos: también hay mucho cringe, pero estilo videoclip de los 90. Pobrecitos, debe de ser agotador querer ser siempre único y especial. A mí me gusta imaginármelos moviendo el brazo y haciendo el sonido que hacían los Sims cuando los ignorabas mucho rato. Qué pequeñitos deben sentirse aquellos que sacan su ego a pasear y, desde su modesto ASUS comprado en las rebajas de MediaMarkt, usan la World Wide Web para escribirle a Bad Bunny en X que se saque la papa de la boca para rapear. Igual de patético que un chihuahua ladrándole, desbocado, a un gran danés. Estos personajes que desprestigian la literatura contemporánea son también los que se excusan para ir al váter y aprovechan para googlear "citas célebres Larra".
Quizá el mundo no estaría tan fatalítico si dejásemos a la gente disfrutar en paz de leer a Sally Rooney o cantar La Perla como una desquiciá. Yo insto a estos personajes a que recojan la poca dignidad que les quede y, como buenos boyardos, se vayan a continuar su segunda lectura de Guerra y paz, porque, como ya dijo el gran Tolstói: "brrr".
