Te quieren sumisa

Quizás conversar contigo no sea suficiente para derrotar al monstruo del fascismo. Pero las palabras también son trincheras. Señalar, denunciar, recordar. Eso también es resistencia

Una ilustración para el artículo de Joaquín Francisco Castillo Eslava.

Desde nuestras primeras conversaciones siempre supe que eras diferente. Valiente, revolucionaria y libre. Hubo un tiempo en el que incluso tuviste voz y voto en el Congreso de los Diputados. Sin embargo, aquella conquista no duró demasiado y tu presencia quedó diluida en el Parlamento nacional. Aun así, parecía que avanzabas con más oportunidades que en los tiempos del blanco y negro.

Las décadas fueron cayendo como fichas de dominó y, durante todo ese tiempo, he bailado contigo en tus playas infinitas, en la nieve color algodón de tus cumbres, en tus montañas de Sierra Morena, en tus pueblos blancos que parecen paisajes de cuentos infantiles y en tus eternos campos verdes adornados de inefables rubros agrícolas.

También hubo un momento en el que fuimos tan felices que llegamos a pensar que el mundo sería hippie para siempre y que las guerras pertenecerían al pasado. Pero la utopía claudicó ante la crudeza de la realidad. Llegaron la crisis inmobiliaria y la pandemia de la covid-19, y con ellas una grieta polarizó la sociedad en dos. La desigualdad comenzó a crecer como una sombra al atardecer, alargándose hasta volverse insoportable.

Las consecuencias no tardaron en hacerse visibles y empezaste a encabezar los peores indicadores socioeconómicos del país: empleo precario, altas tasas de desempleo, riesgo de pobreza y exclusión social, baja productividad, carencias materiales y sociales, resultados preocupantes en el informe PISA y emigración laboral, entre otros.

Sin embargo, lo que pocos esperaban era el resurgir, en pleno siglo XXI, de un discurso que creíamos superado. El espíritu del franquismo ha vuelto a encontrar eco en determinados sectores sociales, especialmente entre jóvenes. El fascismo, alimentado por la desigualdad y la frustración, emerge con fuerza tanto en las redes sociales como en tus barrios. Ya no se oculta. Se verbaliza sin complejos con mensajes como: “Con Franco se vivía mejor”.

Pero tú sabes lo que eso significa. Sabes lo que implica retroceder a un tiempo en que tu libertad era decorativa, en que tu trabajo era invisible en un hogar, en que tu cuerpo no te pertenecía del todo, tu participación cultural era testimonial y la violencia de género ni siquiera se reconocía como tal. Volver a ese modelo sería un grave retroceso en tu libertad.

El machismo vuelve a impregnarse en parte de la juventud, y eso juega en contra del progreso social. No se puede permitir que la calle vuelva a tener un único dueño: el hombre.  Como ocurría en otros tiempos mediante designios divinos.

Dicen que “muerto el perro se acabó la rabia”. Pero la historia demuestra que las ideas no desaparecen con quienes las encarnaron. Hoy esas ideas no solo circulan entre parte de la población juvenil, sino que comienzan a filtrarse en instituciones políticas y económicas. Y eso no es un buen presagio.

Te quieren sumisa, mujer Andalucía. Te quieren dócil, agradecida, callada. Que no incomodes. Quieren que el poder socioeconómico vuelva a concentrarse en las mismas manos de siempre: al hombre. Y tú no naciste para inclinar la cabeza. No obstante, esta no es una batalla individual: es colectiva.

Quizás conversar contigo no sea suficiente para derrotar al monstruo del fascismo. Pero las palabras también son trincheras. Señalar, denunciar, recordar. Eso también es resistencia.

Andalucía, la “mujer” y la “matria” más bonita.

Viva el 8 de marzo.

Que nadie te arrebate la voz

Te quiero tanto…te quiero libre. 

Y que jamás vuelvas a ser sumisa.