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Resulta descorazonador que, mientras en otros países las grandes ventas de libros tienen apellidos ilustres de la literatura mundial, en España lo tienen personajillos de la farándula.

Que la literatura es el alimento del alma, así como la comida lo es del cuerpo, es un hecho aceptado por todos sin ningún tipo de dudas. Por esa misma regla de tres, igual que decimos “somos lo que comemos”, bien pudiéramos afirmar sin temor a equivocarnos que también “somos lo que leemos”.

Llegados a este punto, habría que preguntarse en qué se han convertido los españoles, pues los datos de ventas editoriales provocan un sonrojo generalizado en muchos estamentos culturales y sociales de nuestro país.

Que leemos poco, era algo ya notorio. Pero si encima lo poco que leemos es de baja calidad literaria, se presenta un oscuro panorama para la intelectualidad y la educación, no de ahora, sino de las generaciones que vienen.

Los jóvenes han encontrado en videojuegos, youtubers y redes sociales la diversión que nosotros descubríamos al pasar las páginas de una novela de Julio Verne, Alejandro Dumas o Emilio Salgari, y que a su vez nos abrían el camino de grandes como García Márquez, Saramago, Borges, Cortázar… Claro está que el desarrollo lingüístico y cultural que puede dejarte la lectura de Cien años de soledad, no puede ser sustituida por una partida de Call of Duty, por mucho que nos empeñemos en justificar que los tiempos cambian.

Pero resulta descorazonador que, mientras en otros países las grandes ventas de libros tienen apellidos ilustres de la literatura mundial, en España lo tienen personajillos de la farándula. Que Terelu Campos (según su propia editorial, dato que hay que decir con las reservas correspondientes) haya vendido en nuestro país 34.000 ejemplares en un solo mes, superando al nobel Vargas Llosa o a Sánchez Dragó, por ejemplo, nos indican en primer lugar que el nivel cultural de los lectores españoles ha disminuido sensiblemente,

En segundo lugar, que las grandes editoriales patrias se han entregado sin ningún tipo de rubor a esta bacanal de casquería infumable que pusiera de moda en la televisión el Tomate y en la actualidad Sálvame. Provoca rubor ver en la misma estantería a grandes de las letras junto a Belén Esteban, Mario Vaquerizo o cualquier famosillo o tertuliano dispuesto a eviscerarse en las páginas de un libro para deleite de los que quieren más sangre.

Si a esto se acompaña una política cultural donde las subvenciones y ayudas de promoción literaria a nuevos valores brillan por su ausencia, apaga y vámonos. Señores de las grandes editoriales: cuando se acaben las Esteban, Campos, Vaquerizos, etcétera… ¿a quién recurrirán? ¿Cómo recuperaremos dos o tres generaciones de escritores de calidad que se quedarán en el olvido por culpa de una línea editorial puramente economicista y recaudatoria?

Triste, muy triste… y más aun pensando que, con la que está cayendo, seamos capaces de gastar 16-18 euros de nuestro bolsillo en semejantes esperpentos a los que algún iluminado se atreve a llamar “libros”. Después nos molestamos cuando nos dicen eso de Españistán.

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