'Utopía', de Tomás Moro.
'Utopía', de Tomás Moro.

Algunas fechas han transcurrido ya desde que la inestabilidad y la fragmentación social se adueñaron de una España que imperativamente debe rechazar el odio y el sectarismo que nos imponen unos mandatarios gregarios y sin verdadera voluntad política, cualidad que se presume intrínseca en la vocación de servicio público.

A pesar de ello, aún mantenemos la cabeza alta, impasibles frente a un aluvión de críticas que no por destructivas dejan de tener parte de razón o se presumen falsas, va a ser verdad aquello que cantaba Javier Ruibal en Atunes en el paraíso de “en el reino de los mansos el masoquista es el rey”. El verde se abre camino incluso en los cementerios, en palabras de un Zapatero desacertado, aunque tal vez sí con una voluntad que superaba a la capacidad: “Hay brotes verdes”.

En un breve instante, los seres humanos somos capaces de desacreditarnos a nosotros mismos para dar impresión de viveza, ahora sí con argumentos peligrosamente falsarios y el fin único de salir airosos frente a aquellos que, prestos a reflexionar, muestran una incredulidad exuberante y argumentada para cambiar las tornas ante una clase política que transversalmente vive los peores momentos de la democracia. No es una búsqueda constante de la sociedad perfecta, Tomás Moro regaló una obra a la humanidad llamada Utopía, en la que se definía ampliamente la sociedad ideal, no pretendemos, disculpen la reiteración, esa sociedad brillante, sino una sociedad para todos, sin bandos.

Anguita, un buen comunista, se atrevió a pronunciarse sobre la utopía con la brillantez léxica que le caracterizaba, estas son sus palabras: "Lo quimérico es lo imposible, como que mañana pudiéramos tener alas, sin embargo, la utopía significa anticiparse al futuro con lucidez, inteligencia y valor, por lo que es técnicamente posible”. La sociedad actual emergente no precisa de propuestas vacías de contenido, puesto que supondría lo más parecido a batallar en avanzadilla de guerra con un tenedor como arma, mera carne de cañón a los designios del azar.

¿Alguien, verdaderamente, no tiene curiosidad de vivir en una ciudad en la que se abandonasen la crispación y el enfrentamiento? El verdadero problema es que no nos queremos, es común que el ser humano se plantee la existencia del paraíso en los últimos momentos de vida carnal, como un clavo ardiendo al que agarrarse, siendo posible hacer de la vida y del planeta un paraíso en el que disfrutar con paz y armonía, en una sociedad justa, libre e igualitaria.

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