"Érase un hombre a una nariz pegado, / érase una nariz superlativa, / érase una nariz sayón y escriba, / érase un pez espada muy barbado.
Era un reloj de sol mal encarado, / érase una alquitara pensativa, / érase un elefante boca arriba, / era Ovidio Nasón más narizado.
Érase el espolón de una galera, / érase una pirámide de Egipto, / las doce tribus de narices era.
Érase un naricismo infinito, / muchísima nariz, nariz tan fiera, / que en la cara de Anás fuera delito".
(Soneto satírico escrito en el siglo XVII por Francisco de Quevedo parodiando la nariz de Luis de Góngora. Este poema corresponde a la colección Parnaso español. Existen dos versiones del soneto. Esta es la Versión A.)
Este artículo va dedicado a todos aquellos y aquellas que desde sus inicios confundieron la actividad política, entendida como servicio público, y la convirtieron en su profesión. Lograron y continúan logrando, en una más que probable fratricida lucha, hacerse con un abono de temporada en muchísimos casos de por vida y sin retorno, ocupando a veces distintas poltronas, o bien saltando sin escrúpulos de una a otra, para de esta manera hacer suyo el conocido poema de Quevedo aunque en este caso habría que llamarlo: "Érase un hombre (o mujer) a un sillón pegado". Y así, años y años y años... y más años.
El cantautor Luis Eduardo Aute consiguió que su canción Sillón de mis entretelas, escrita en 1976, mantuviese intacta su frescura hasta nuestro presente. La letra de esta canción podría haberse escrito ayer, o hace un mes, o un año... Quiero decir que terminó convirtiéndose con los años en una canción atemporal. Sin duda alguna, Aute hubiera podido dedicar otro poema a las llamadas puertas giratorias que giraron y siguen girando sin parar en horarios ininterrumpidos y alguno que otro al tema de los aforamientos, por citar solamente dos ejemplos.
El auténtico objetivo de esta abundantísima especie política que bien podría denominarse "Especie política imperecedera con acusada vocación irrefrenable y con traseros pegados, sine die, a suculentas y apetitosas poltronas de oca a oca y tiro porque me toca", está muy claro. Por encima del servicio a la comunidad y demás minucias, se trataba de no volver jamás —repito, jamás— a su lugar laboral de procedencia. Lo peor no es que hayan existido y sigan existiendo personas ávidas y dispuestas a servirse de la política toda su vida laboral. No. Lo realmente incomprensible y peligroso es que el sistema creado lo haya permitido y lo siga permitiendo, a pesar del tiempo transcurrido, a través de una legislación vergonzosa y de muy escasa calidad democrática al lograr mantener y etiquetar como legal -que lo es- lo inasumible y lo indecente.
Este hecho ha ido provocando, poco a poco, un distanciamiento entre un amplio sector ciudadano y la clase política. Sin entrar ahora más ampliamente en las causas que han abierto una brecha importante en el concepto de representación, lo cierto es que en estos tiempos de derribo democrático frente al auge, al parecer imparable del fascismo, la crisis de representación es tremendamente peligrosa. Se nos pone cara de pasmados cuando observamos maravillados el milagro de cómo es posible pegar un trasero a un sillón, o a varios, durante años y años, sin que se le mueva un pelo a lo largo de toda una vida adulta. Ahí estamos. Nos miran y encima nos sonríen, a pesar de su cacareada abnegación y sacrificio, al percatarnos de su estado sobrenatural.
Estoy convencido de que dos de los pasos iniciales para erradicar la enquistada corrupción política hubiesen sido, y continúan siendo, dos leyes muy sencillas pero de gran calado y de las que mucho se ha hablado de forma recurrente durante décadas y que por lo visto no ha habido momento ni tiempo de modificarlas desde que se aprobó la Constitución hace 47 años. Ha faltado el primer ingrediente requerido para elaborar o modificar leyes: la voluntad política necesaria. ¿Cómo ha sido eso posible? No encuentro otra razón que la de mantener los intereses propios de los partidos mayoritarios y no los intereses de la ciudadanía. Todo ello, en la mayoría de las ocasiones, va provocando el distanciamiento al que me he referido con anterioridad.
Una Transición 'sui generis'
Quiero dejar claro, y sin atisbo de duda alguna, mi reconocimiento y admiración a quienes desde la política (también los hubo y los sigue habiendo en gran cantidad) hicieron durante un tiempo un servicio a la comunidad y después se marcharon por donde habían venido a su lugar de origen con sus alforjas personales de siempre. Políticos y políticas así engrandecieron y engrandecen el funcionamiento democrático. De igual manera fueron y son un referente social y dieron y siguen dando testimonio vivo de que una democracia de calidad es posible.
Tal vez fue la Transición sui generis que se hizo y que llegado el momento no cortó la sangría producida desde los sillones dictatoriales hacia los nuevos sillones democráticos la que normalizó la posibilidad de cambiar de sillón sin más explicaciones y, de paso, dilatar el tiempo total para mantenerse sin problemas durante décadas en la actividad política viendo pasar, eso sí, los procesos electorales uno tras otro delante de sus ojos al ir situados tranquilamente en camarotes de primera garantizados por las listas electorales cerradas. Así llegó el momento en que las poltronas de todo pelaje eran codiciadas sin pudor por personajes que, como si de niños se tratara, andaban a la caza de tan suculento pastel sin importarles que su ambición desmedida les llevase a dar codazos a diestro y siniestro hasta conseguir sentarse en tan deseados asientos como objetivo número uno.
Los años y la pérdida de pudor fueron consiguiendo auténticas barbaridades e incluso la creación de grupos de presión a los que, con el tiempo, se les denominó clanes. Las listas electorales cerradas y no haber establecido un tope máximo de tiempo en la actividad política, como acabo de decir, se encargarían, desde entonces, de esta anómala normalización.
A tan impúdica caza dedicó su vida el personaje imaginario Don Severiano, que como tantos otros perteneció a la especie trepadora. Una tarde cualquiera, como todas las demás y a la hora de costumbre, se preparó para salir...
Aún atufaba el puro aplastado sobre el cenicero de plata vieja cuando cerró la puerta de su despacho y se dirigió al baño. Don Severiano Reales de Acevedo y Villares del Río se contemplaba con admiración y encandilamiento ante el espejo mientras se atusaba las abultadas cejas y se aplicaba con sus manos rechonchas el fijador de pelo para acto seguido echarse unas gotas de colonia de fuerte olor -con las palmas de sus manos aún grasientas- sobre su cara barbilampiña. Unas últimas muecas grotescas y unas poses arrogantes, colocándose de perfil ante el espejo, le ponían en la calle como siempre para consumo y pasmo, a su parecer, de la vecindad.
Don Severiano Reales, hasta llegar a eso que con estúpida memez se llama edad dorada, recorrió con intensos relamidos todas las mutaciones de la llamada "species hedera hélix" vulgarmente conocida como trepadora. Tan sumido estuvo siempre en su metamorfosis que nunca dudó en llamar Hiedra a su chihuahua.
No es lo mismo un sillón orejero que un sillón narigudo
El niño Sevi mutó en el adolescente Veri y después en el remilgado y nada estudioso joven Severiano, siempre atento a latidos exteriores de su conveniencia e interés. Un buen día su espejo le dijo mirándole: ¡Venga, Seve, que tú vales mucho, coño! ¡No te amilanes! Y así, hechizado, mutó en el Seve sudoroso y telonero. Posteriormente, en el atildado y cuidadosamente descamisado primer espada mitinero y, ya lijado, en el primus inter pares de su partido. A partir de ahí esquivó veloz sobre alfombras cada vez más tupidas hasta colocar su real trasero, de nombre y hechuras, en ansiados sillones de los que ya jamás se despegaría cuál insaciable garrapata.
Don Severiano y tal y tal, zancadilleó, lamió, engañó y traicionó hasta llegar tripado y atocinado a esas cumbres desde las que se suelen disipar los principios éticos y que tantas veces los había vomitado al respetable en sus gloriosas tardes de arengas mitineras y embusteras.
Cuando volviera a casa saborearía con su mirada invariablemente seca, como si de un ritual se tratase, los vídeos rancios de su vida tramposa. Mientras, su chihuahua Hiedra le miraría sin saber qué decir hasta quedarse dormida.
A Don Severiano tan solo le quedaba la triste rutina de recrearse orgulloso de forma inalterable en esos vídeos y fotos que daban cuenta de su miserable vida vivida. Reposaba, así, antes de intentar dormir, en su gastado y descolorido sillón orejero recordando aquellas deseadas poltronas narigudas de las que jamás se despegó.
No debió permitirse que los sillones narigudos iniciales, nunca mayoritarios pero sí notorios y ostensibles, así como su uso permanente, hayan llegado con el poderío y la solera que dan los tiempos, hasta este presente. Estos hechos han colaborado, y mucho, al deterioro democrático con el que debemos hacer frente al tsunami que ya sentimos bajo nuestros pies.
Habrá que convenir que no es lo mismo un sillón orejero que un sillón narigudo, aunque solo sea por el peligro que tiene el segundo de ellos en una sociedad democrática, ante la casi segura posibilidad de que cantidad de políticos de la especie trepadora se sigan quedando pegados al mismo hasta su jubilación.
Nota: Quien desee puede escuchar la canción mencionada al principio Sillón de mis entretelas.
