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Somos la sociedad del ruido. En las casas suenan más de tres aparatos a la vez y los inquilinos ni se inmutan. Nos hemos acostumbrado a vivir en una jungla de sonidos en nuestro propio hogar: niños gritando, televisores sonando, radios de fondo, vecinas con tacones, taladros lejanos... la fauna decibélica.

En algún momento de nuestra historia cercana, el silencio dejó de considerarse un tesoro. La adhesión a nuestras vidas de dispositivos de todo tipo y actividades por encima de nuestra disponibilidad han hecho nuestro día a día mucho más ruidoso. Simplemente, el silencio se ha ido marchando progresivamente. Aunque en el momento en el que se va un poquito, deja de existir.

De toda la vida, no expresar ni una palabra o sonido era signo de respeto. En las misas, en las bodas, en las aulas, en todos lados se guardaba silencio si se quería honrar el momento. Siempre se ha dicho que los españoles somos muy escandalosos, pero antiguamente lo éramos mucho menos; respetuosos, al fin y al cabo. Cuando estuve en Francia hace 15 años pude darme cuenta de que si los españoles nos callábamos, no se escuchaba ni un alma en el vagón de tren. Pero ya no, y vuelvo a lo de antes, el mundo se ha quitado la mordaza y se ha convertido en un hervidero de murmullos constantes.

Hay un caso particular que me desespera, y es el hecho de ir al cine, pagar y escuchar a los demás y sus comentarios. Quitaron al acomodador y se volvió todo un cachondeo, se perdió la autoridad. A veces me siento como el protagonista de una película, que está perdiendo la cordura y le inunda el bullicio. Y cada vez más más fuerte: palomitas, bolsas, gente hablando; y se va apoderando de mí hasta que me dan ganas de gritar: “¡Basta ya!”. Al igual que en muchos sitios, se dejó de honrar con la omisión.

El móvil ha ocupado un espacio muy importante a nuestro lado, y su música también. Vemos totalmente normal que suene una notificación en cualquier tipo de situación. Incluso en entrevistas de trabajo se puede considerar correcto que el móvil no esté en silencio. La cosa llega hasta tal punto que la gente responde a las llamadas en medio de sitios en los que no se puede hablar: prácticamente chillando en mitad de una sala de espera de un hospital.

Párate alguna vez a escuchar el ruido, no el sonido, el ruido. No prestes atención a nada y céntrate en el espacio en el aire que ocupa. Es horroroso. Consumimos tanto ocio que no tenemos tiempo para el silencio. El silencio es sano, es vida, es tranquilidad. Pero tú enciendes la radio o la tele. No estamos dedicando tiempo a escuchar nuestros pensamientos y terminaremos por perdernos y unirnos a la maraña del estruendo.

Chitón.

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