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"Seguimos matándonos, literal o figuradamente, por defender una idea, una bandera o una religión, armas que ponen en nuestra manos los poderosos para echarnos a pelear a los unos contra los otros".

No hay muerto que no me duela,/ no hay un bando ganador,/no hay nada más que dolor/y otra vida que se vuela./La guerra es muy mala escuela/no importa el disfraz que vista,/perdonen que no me aliste/bajo ninguna bandera,/vale más cualquier quimera/que un trozo de tela triste./ Y a nadie le di permiso/para matar en mi nombre.

Tras los acontecimientos del fin de semana que han abierto una brecha en la convivencia de nuestro país difícilmente reparable, estas estrofas de Jorge Drexler resuenan en mi cabeza sin cesar. También, la idea de que el ariete del extremismo y la intolerancia ha roto la puerta de la coexistencia pacífica en España, bueno, en el mundo en general.

Sí, lo has adivinado, abuela, no atravieso mi mejor momento en lo que a la confianza en nuestra racionalidad se refiere.

Seguimos matándonos, literal o figuradamente, por defender una idea, una bandera o una religión, armas que ponen en nuestra manos los poderosos para echarnos a pelear a los unos contra los otros. Nos venderán, y nosotros se lo compraremos, que nuestros intereses son los suyos y, con sus mentiras, crearán una cortina de humo bajo la que esconder sus tres por cientos, sus casos Palau, sus tramas Gurtel, su capitalismo rampante, su xenofobia, su ambición desmedida. Seguirán arrojándonos a los campos de batalla donde, como decía Patton, deberemos conseguir que otro desgraciado muera por su país antes de que él consiga que tú mueras por el tuyo. Y cada vez más campos de batallas alfombrarán el mundo y cada vez habrá más víctimas: relaciones, amistades, espacios de diálogo y convivencia, solidaridad…

Y el mundo seguirá, con sus bravatas independentistas y sus machadas patrioteras; con personajes como Kim Jong-Un llamando viejo chocho a Trump y este, demente al coreano mientras sus armas nucleares se miran en actitud desafiante —y nosotros, debajo— ; con los nazis sentados en el Reichstag soplándole en la nuca a la Merkel y la Le Pen esperando una nueva oportunidad, solo es cuestión de tiempo. Seguirá, qué duda cabe. Cada vez más descreído, más cruel, más desesperanzado y más ajeno a los valores humanos, pero seguirá; si no en esta Tierra, —si al final acabamos matándola como parece que nos hemos propuesto—, en Marte o en la Luna.

La humanidad sobrevivirá, lleva miles de años haciéndolo, a pesar de los muertos, del odio, la intolerancia, la xenofobia y las pseudoverdades sobre las que cabalga. Seguirán peleándose los independentistas con los fundamentalistas de la unidad nacional; los europeos contra los inmigrantes; los musulmanes contra occidente; los ciudadanos de los viejos imperios con los de los emergentes.

Y, generación tras generación, los de abajo continuaremos a verlas venir. En pelotas y temblando. Nos refugiaremos en falsas, aunque balsámicas, verdades; nos parapetaremos tras banderas y fronteras; huiremos de pensar, y, sobre todo, de quien nos haga pensar; abrazaremos principios posibilistas que justifiquen el egoísmo —nos roba el inmigrante, España, los países del sur; se trata de ellos o nosotros; mi dios es el verdadero…—; cederemos nuestra libertad al sistema en aras de que garantice una seguridad que no sentiremos jamás; rezaremos para estar en el bando vencedor…  Y cada vez sonará más lejana esa utopía que animaba a la clase trabajadora a unirse en la lucha final porque «el género humano es la Internacional».

La niebla se extiende, abuela. Y nosotros, dándonos machetazos a tientas…  Decidido, dejo la dieta. Creo que mi endocrino lo entenderá.

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