Hay quienes hoy en día se asombran de que todavía se alcen algunas voces para no permitir el acceso de las mujeres a la nómina de su cofradía, como ha ocurrido estos últimos días en Sagunto. Como si la presencia femenina en nuestras corporaciones fuese una novedad incómoda, una concesión arrancada a la fuerza o una herida abierta en el cuerpo de la tradición.
Y yo, queridos lectores, ahora esbozo una leve sonrisa; porque en realidad… ellas siempre estuvieron. Antes de que hubiera estatutos que las igualaran. Antes de que hubiera actas que las reconocieran. Antes de que la plenitud de derechos llegara, tardía y deudora, a principios de los años noventa del siglo pasado. Mucho antes de todo eso, ellas ya estaban -por ejemplo- en los patios de la Escuela San José fraguando, a puro amor y entrega, el alma de la Hermandad. Ya eran hermandad, aunque la hermandad -orgánica, fría y burocrática- todavía no supiera bien ni cómo llamarlas ni dónde ubicarlas.
En ‘La Borriquita’, cofradía de alborozo y palmas, de niños y mayores, de familia de corazón y brazos abiertos, la primera mujer cruzó el umbral del libro de hermanos en el año 1980. Cuarenta y seis años ya. Una vida entera. Y desde aquel día inaugural, desde aquella firma que fue también un acto de valentía silenciosa, no ha habido un solo Domingo de Ramos en el que la mujer no haya sido columna viva en esa casa.
Pensar en ellas, y se me ocurren ahora mismo más de una treintena de nombres, es pensar en las esposas que han recorrido el camino siempre junto a sus maridos, en las novias que aprendieron a amar vicariamente la Hermandad antes de aprender a amarla como propia. Y que luego, claro que sí, acabaron haciéndola suya, más suya que de nadie, porque lo que se conquista, se aprecia y valora aún más.
Pero sería injusto, además de falso, reducir a las mujeres de ‘La Borriquita’ al papel de mera sombra o apoyo. Ellas han sido, realmente, protagonistas en primera persona: en el cuidado de los ajuares de las imágenes, en los detalles de los besapiés y besamanos, en los exornos florales, en los talleres de costura, en las casetas de feria, en la calidez con que se recibe a quien llega de nuevo a la Hermandad y no sabe todavía muy bien dónde poner las manos y como no, desde hace ya muchos años en labores de gobierno en la Junta de Oficiales.
Mis vivencias personales atestiguan que ellas siempre han encarnado lo que ningún reglamento puedo legislar: el calor, la cercanía, el arrope y la sensibilidad. Esa manera de hacer que cualquier persona, el hermano de toda la vida o el recién llegado, sintiera que pertenecía, que importaba, que tenía sitio en la casa común.
Una hermandad sin mujeres no es una hermandad incompleta. Es, sencillamente, una hermandad que no existe del todo. Y hay algo más. Algo que va más allá de la historia reciente y de los estatutos y tambiéde las polémicas como la de Sagunto. Algo que nos recuerda -con una autoridad que ningún cofrade podrá rebatir- que las mujeres han tenido una presencia esencial y en primera línea en la historia de nuestra salvación.
Jesús, el mismo que hoy entra en Jerusalén sobre una borriquilla entre palmas y hosannas, siempre tuvo a su lado a las mujeres. No como meras espectadoras. No como figuras decorativas en el cuadro de la historia sagrada. Sino como auténticas discípulas, como confidentes, como las primeras en recibir la palabra y las últimas en resistir al pie de la cruz. María, su Madre, que lo precedió y lo seguirá hasta el final. María Salomé, María de Cleofás y María de Magdala. O Marta, que le abrió su casa y puso los pies en la tierra cuando la contemplación le hacía olvidarse de lo urgente. Todas ellas, con nombre y apellidos, con rostros y con historias, camino de Jerusalén. Si el propio Jesús eligió a las mujeres para que estuvieran junto a Él en sus momentos más trascendentales, ¿quiénes somo nosotros para decir que no?
Hoy es Domingo de Ramos. Hoy ‘La Borriquita’ sale a la calle y Jerez huele a palmas y a olivos. Y en ese cortejo irán ellas: las que llevan décadas siendo la memoria viva de esta hermandad, las que enseñaron a sus hijos a querer a Cristo Rey, las que un día firmaron aquella hoja de inscripción y no lo hicieron para pedir permiso, sino para dejar pública constancia de algo que ya era verdad antes de que nadie se lo reconociera.
Este artículo es para ellas…para las primeras que rubricaron con tinta lo que ya llevaban impreso en su corazón. Para las que siempre estuvieron…para las que están ahora y para las que estarán; y como no, también, para las que ya no están, pero contemplan por siempre -cara a cara y por toda la eternidad- la belleza inconmensurable de María Santísima de la Estrella.
Que Dios os bendiga. Feliz Domingo de Ramos.


