Si Orwell levantara la cabeza

No hay mayor expresión de tortura que convertirse en sumiso por miedo a ser señalados. Aceptamos mutilar nuestra propia voz a cambio de encontrar cobijo dentro del rebaño

Retrato de George Orwell.
16 de febrero de 2026 a las 09:36h

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O no.

Hay libros que invitan a la reflexión. Del mismo modo que hay libros que te eligen a ti, y no tú a ellos.

Si al bueno de George Orwell le hubieran dicho que su distopía iba a quedarse en pañales en pleno 2026, se habría caído de espaldas.

1984, que es su ópera prima, no solo se convierte en una lectura obligatoria, sino en un viejo catecismo de lo que vivimos, sentimos y padecemos.

Para lo que pasaron la secundaria esquivando los clásicos, 1984 nos presenta a Winston Smith, un tipo peculiar que vive en Oceanía, un estado totalitario gobernado por el Gran Hermano.

En este mundo, el Partido lo controla todo: desde lo que haces, piensas o comes.

En la novela, las casas tenían “telepantallas” que no podías apagar y que te vigilaban 24/7. Nosotros, tan avanzados y a la vanguardia de todo, hemos decidido pagar voluntariamente por dispositivos que registran nuestra ubicación exacta a cambio de ver vídeos de gatitos o saber qué desayunó un tío en Albacete.

Orwell temía que el lenguaje se redujera para limitar el pensamiento. Hoy, la polarización (palabreja de moda) ha hecho el trabajo sucio. Ya no discutimos ideas; lanzamos etiquetas con vileza. Si no estás conmigo, eres un “facha” o un “zurdo”. Hemos reducido el espectro político a un partido de fútbol donde el árbitro está comprado y los jugadores solo saben insultar a la grada.

Es el propio algoritmo el que decide con quién debemos vomitar nuestro odio con carácter diario.

Lo más patético es nuestra sumisión. En 1984, el Partido se presentaba como infalible. Hoy, nuestros líderes pueden decir una cosa el lunes y la contraria el martes sin despeinarse. Y nosotros, los “proles” modernos, nos partimos el pecho en cenas familiares como si fueran primos hermanos.

El problema de la maldita polarización es que nos convierte en soldados de una guerra que no es la nuestra. De hecho, es el truco más viejo del mundo, y Orwell lo describió con precisión quirúrgica: mantén a la gente dividida y asustada, y nunca mirarán hacia arriba.

No hay mayor expresión de tortura que convertirse en sumiso por miedo a ser señalados. Aceptamos mutilar nuestra propia voz a cambio de encontrar cobijo dentro del rebaño.

Urge un cambio. Si lo queremos, empieza por recuperar la importancia de la palabra. La libertad es la capacidad de decirle a la gente lo que no quiere oír, empezando por nosotros mismos.

Si no queremos que el 2026 transmute en un 1984, tenemos que romper el círculo de la autocensura. El Gran Hermano solo tiene poder si nosotros le prestamos nuestros ojos y le regalamos nuestro silencio.

Gracias por la lectura y feliz lunes.