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"Que Internet, y especialmente Twitter, facilita el calentón verbal a consecuencia de lo cual es un hervidero de insultos, amenazas y odio, creo que es evidente".

El otro día leí una noticia sobre un proyecto creado por ocho estudiantes españoles para evitar la proliferación de mensajes de odio en las redes sociales. La idea era introducir un icono de rebobinado —el proyecto se llama Rewind— para que los usuarios hagan un uso más consciente de las redes. Me pareció genial.

Que Internet, y especialmente Twitter, facilita el calentón verbal a consecuencia de lo cual es un hervidero de insultos, amenazas y odio, creo que es evidente. La inmediatez de respuesta de este medio, y el parapeto que la pantalla concede, posibilita que la gente normal —¿pero hay alguien normal?— meta la pata más de una vez y que los descerebrados y los extremistas la inunden de barbaridades del tamaño de la Catedral de Burgos. A los hechos me remito:

El pasado mes de junio, Donal Donald Trump insultó y ridiculizó en Twitter a Mika Brzezinski, la presentadora del programa Morning Joe. La llamó loca y dijo que "la vio sangrar profusamente por un estiramiento facial". ¡Ay si le grabaran a Trump el botón de rewind en la frente! Aunque, pensándolo mejor, deberíamos poder usarlo nosotros para volver al momento en el que Frederick y  Mari Anne Trump se conocieron… 

Hace apenas una semana, las poetas españolas Gema Palacios y Emily Roberts denunciaban públicamente los comentarios insultantes que habían recibido del poeta Luis Llorente en Facebook. En su post, Llorente insinuaba que las autoras no eran buenas, pero que, aún así, no le importaría follárselas. Rewind, rewind, rewind...

¿Y qué decir del linchamiento digital que sufrió María Frisa, autora de 75 consejos para sobrevivir a las redes sociales, a consecuencia del cual tuvo que abandonarlas durante un tiempo e, incluso, someterse a tratamiento psicológico. O el que padeció la borrica, no puede calificarse de otro modo, que le deseó a Inés Arrimada una violación en grupo. Su acción fue verdaderamente aberrante, miserable y machista y, por ello, condenable. Pero la de Arrimada fue una tremenda irresponsabilidad: para desahogarse, cosa muy comprensible dada la brutalidad que acababa de leer, la política, con más de 170.000 seguidores, publicó la foto y el nombre de la mujer. A partir de ese momento, los internautas la sometieron a un brutal linchamiento que le ha costado muy caro: fue inmediatamente despedida del trabajo y, con la huella que su tuit ha dejado en el universo digital, creo que le va a ser difícil volver a encontrar empleo. A la vista de lo sucedido, imagino que de haber tenido el botón de rewind, la mujer lo habría usado sin dudar.

No sé si el rewind será una herramienta útil o habrá que emular a Alemania donde, a partir de octubre, entrará en vigor una ley que obligará a las grandes redes sociales a borrar los contenidos que inciten al odio en menos de 24 horas si no quieren enfrentarse a multas de hasta 50 millones de euros, pero algo hay que hacer para reducir el odio y la crispación que circula por ellas en la actualidad. Conducirnos o que nos reconduzcan.

Nuestras palabras son la cerilla que prende el reguero de gasolina, siempre esparcido en la redes. Basta acercar una palabra insultante, que destile odio o, simplemente, falsa —ahora que se lleva tanto la posverdad— para provocar un incendio de alcance inimaginable.  Como decía aquel monje budista: "la reputación es como las plumas de un cojín. Si lo rajas y las esparces por el aire, después, difícilmente podrás volver a recogerlas todas". O como mantiene mi amigo, y gran poeta, Javier Vela: "Cuando las ondas se han desvanecido y el lago ha vuelto a la calma, la piedra, en cambio, sigue cayendo en el agua".

¡Ay, abuela!, qué razón tenías cuando me decías: "si no eres capaz de decirlo a la cara, no lo digas por detrás". Ahora habría que sustituirlo por "no lo digas en redes sociales". 

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