Sí, Carnaval, en guerra y cuando no hay guerra

El Carnaval es político, un instrumento de control democrático del poder sin control

Galería Down Stairs by CFK, Basilea. Las manos de un prisionero quieren alcanzar el agua.
Galería Down Stairs by CFK, Basilea. Las manos de un prisionero quieren alcanzar el agua. Pablo MtnezCalleja

Sí, Carnaval. Estos días se fueron levantando voces, una vez más, contra el Carnaval. Indignación de algunøs porque después de la manifestación contra la guerra, que sustituyó la cabalgata de Colonia, mucha gente salió a beber y celebrar el Carnaval. Indignación bien mezclada, por cierto, con una moral cristiana que quiere seguir imponiéndose como la única medida moral y universal.

Sí, en guerra Carnaval y Jacques Tilly capaz, como siempre, de crear una escultura en la que Putin intenta tragarse a Ucrania y no le cabe en la boca. Son cosas que el Carnaval sabe decir y le llegan a la gente, entre risas y cervezas. Esto es Carnaval, figuras, esculturas, frases, coplas en modo satírico y a las que sus autores acercan a la sociedad para transformarla, o intentarlo. El Carnaval de la cuenca del Rin se llenó, de la noche a la mañana, con figuras que mostraban a Putin y a Lukashenko como tiranos y señores de la guerra. Putin ya ha repetido varias veces su asistencia en febrero.

El Carnaval es político, un instrumento de control democrático del poder sin control. Eso también asusta a los políticos de la Europa del oeste. La insistencia recurrente de querer prohibir el Carnaval, o suspenderlo, transformarlo, cambiarlo de fecha y todos los intentos posibles e imposibles por borrar su verdadero significado no se detiene, nunca. Se desacredita al Carnaval afirmando que es simplemente una grandísima borrachera, nada muy diferente, por cierto, de las celebraciones de Navidad: consulten las campañas contra el abuso en el consumo de alcohol de los gobiernos de Alemania durante todas las fiestas navideñas. En España no hay campañas, pero hay muchas borracheras.

No hay un solo Carnaval que no critique la tiranía, el abuso, la corrupción y a los vecinos pesaos que quieren imponerle a todo el mundo una moral muy pesada y que no les vale ni a ellos mismos. El Carnaval es el mayor altavoz de los malestares del mundo, y son precisamente sus enemigos los que hacen posible que del Carnaval solo se conozcan los borrachos y los meaos, y no, por supuesto, los fustazos de la sátira contra los abusadores. Desde el interior mismo del Carnaval se desconoce, muchas veces, el verdadero significado de lo que se hace y se afirma ante las críticas por celebrarlo en guerra que la juventud necesita una válvula de escape. Esto es de lo que nos han convencido, de que el Carnaval es una válvula de escape y muchas personas lo han aceptado y lo practican.

El Carnaval vive entre el desprecio de la alta cultura, el de la iglesia y el del poder, sea cual sea el poder, porque les pone a todos ellos las peras al cuarto y les canta las verdades del barquero. Lo triste es cuando un Carnaval no llena su papel, no actúa a tiempo y pierde la ocasión de servir de altavoz a esta guerra de invasión contra Ucrania, por ejemplo.

Siempre que puedo llego a la ciudad en la que voy a documentar un Carnaval uno o dos días antes. Tiene, para mí, mucha importancia. Me ayuda a entrar en el ambiente social, a reconocer elementos que pueden ser muy importantes. Aquí, en Basilea, se confirmó esta necesidad. Cuando llegué había un simple cartón levantado sobre el suelo, sosteniéndose a sí mismo, en la inmensa plaza del Ayuntamiento que decía “mierda de guerra, mierda de Putin”, y criticando los negocios de Suiza con Rusia.

Fui caminando por las calles y callejas de esta ciudad que adoro. Los escaparates mostraban su adhesión al Carnaval, su recuerdo de la pandemia y la guerra contra Ucrania. Incontable número de comercios habían colocado bandas que formaban la bandera de Ucrania, los papelillos, confetis, eran del color de Ucrania; la galería de arte Down Stairs by CFK, de Basilea, presentaba la obra que muestra la foto de este artículo, de la cual no he podido conseguir todavía el nombre de su autora o autor.

Esta misma tarde, escribo en la noche del domingo porque el Carnaval empezará a las cuatro de la madruga del lunes, se celebró el traslado de los forillos a las cercanías de la Plaza del Mercado, sede del Ayuntamiento. Era emocionante ver forillos decorados con la bandera de Ucrania y a un número infinito de personas que se han colocado lazos y gallardetes, con los colores de Ucrania, unidos a la plaqueta de su Fasnacht, Carnaval.

Sí, Carnaval en guerra y cuando no hay guerra. Hoy leía un largo artículo del Prof. Pollack con el que trataba de defender la tesis de que el occidente es mejor, es cristiano y es universal. Los rusos también son cristianos, aunque sean ortodoxos. Quizá Putin también lo sea, aunque me interesa poco. Otros presidentes de otros lugares que llevaron guerras injustas a lejanos países eran o son cristianos. A veces me asombro de lo que leo, o no me asombro. Yo prefiero la fusta del Carnaval, que se vio obligado también a sacarle los colores, y los delitos, a la Iglesia católica. Y prefiero los  valores de la Revolución Francesa. Las ejecuciones son lo que me gustan, ni las de París ni las que ordenaba Roma.

 

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