Hace unas semanas se destapó un escándalo en ciertos ambientes de Washington. Paula White, telepredicadora evangelista y ahora empleada en la Casa Blanca, exactamente como asesora principal de la Oficina de la Fe, estaba vendiendo bendiciones divinas incluso a precios superiores a los 1.000 dólares.
Lo que a mí me ha sorprendido es que eso haya llamado la atención.
El jefe de White está vendiendo todo lo que tiene a su alcance. Se ha demostrado, y el propio Trump lo ha reconocido, que algunos de sus amigos y familiares han ganado miles de millones de dólares utilizando información privilegiada. Ha prometido construir resorts de lujo en la tierra robada al pueblo palestino, donde Israel, con su ayuda, ha cometido un genocidio. Si en el capitalismo todo puede convertirse en mercancía —la vivienda, la salud, incluso partes del cuerpo humano, o bebés—, lo sorprendente no puede ser que alguien venda bendiciones y otras gracias divinas. Paula White no ha inventado nada. ¿Por qué no podría vender la bendición de Dios que ofrece en la Casa Blanca? Bien mirado, hasta se podría considerar que reclamar unos cientos de dólares por ofrecer la gracia divina es una ganga.
Lo que a mí sí me parecería más criticable es que a esta pastora evangélica se le haya escapado un pequeño detalle a la hora de justificar espiritualmente su oferta religioso-comercial.
Para legitimarla, la asesora espiritual de Donald Trump recurrió a pasajes de la Biblia y concretamente al libro del Éxodo que asegura larga vida, abundancia, herencia y un año especial de bendición a quien lleve una ofrenda de Pascua a la casa del Señor.
El pequeño detalle que olvida quien ejerce de guía espiritual de Donald Trump es que en ese libro se establecen igualmente otros preceptos: "No admitirás falso rumor (...) No seguirás a los muchos para hacer mal (...) De palabra de mentira te alejarás, y no matarás al inocente y justo; porque yo no justificaré al impío. No recibirás presente; porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las palabras de los justos (...) No angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto".
Lo escandaloso es que Paula White use como gancho comercial un texto sagrado dedicado, precisamente, a condenar todas aquellas acciones que habitualmente lleva a cabo su jefe.
Puro teatro
Lo que estamos viendo en la Casa Blanca de la mano de los predicadores evangelistas multimillonarios no es un ejercicio más de hipocresía ordinaria. Es una obra maestra del cinismo que ponen en práctica los líderes de la extrema derecha en muchos países.
En 2015, cuando Trump ya era candidato presidencial y llevaba semanas proclamando que la Biblia era su libro favorito por encima de todo, un periodista le hizo una pregunta ingenua y sencilla: ¿Cuál es su versículo favorito? No supo responder y ni siquiera distinguir entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Cuando en otra ocasión, quizá ya advertido, se atrevió a citar un versículo eligió el del "ojo por ojo". Justo el que Jesucristo condenó expresamente en el Sermón de la Montaña. Cuando una cadena cristiana le preguntó que quién era Dios para él, Trump le respondió "Dios es lo máximo", y pasó enseguida a contar la forma en que había cerrado un gran acuerdo para construir un campo de golf.
Algo parecido le ocurre a otros altos miembros de su administración. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha protagonizado quizá el momento más ridículo y memorable. Quiso manifestar que impulsa guerra y la violencia por mandato divino y para ello recitó una frase especialmente sanguinaria como si fuese de la Biblia cuando, en realidad, forma parte del guión de la película Pulp Fiction de Quentin Tarantino.
En España tenemos algo parecido. Isabel Díaz Ayuso, se proclamó en su día no creyente, ahora -ya encumbrada como dirigente de la derecha extrema- dice serlo, pero no sabe ni rezar el Padre Nuestro en los actos públicos a los que va.
Los partidos políticos españoles de derechas presumen de fe y defensa de la religión católica pero persiguen a los inmigrantes y retiran ayudas a las organizaciones que llevan a cabo una ejemplar labor de ayuda a los empobrecidos. Defienden la privatización sanitaria que abandona a los más vulnerables, desprecian el derecho de asilo y abrazan el individualismo y la falsa meritocracias (el que triunfa es porque trabaja, el que fracasa es porque no se esfuerza) como si fuera un valor evangélico.
Lo que hay detrás
Detrás de todo ello hay algo que va más allá que simple hipocresía individual. Se hace uso político de la religión porque esta puede proporcionar legitimación moral que está por encima de cualquier cuestionamiento humano. Si una política de deportaciones masivas, de guerra, de privatizaciones y abandono de los más débiles responde a la voluntad de Dios o a la defensa de la civilización cristiana, no puede debatirse en términos políticos ordinarios, pues ningún ser justo puede oponerse a su voluntad suprema. Lo que se justifica como mandato divino deja de ser una opción entre otras para convertirse en una verdad de orden superior, ante la que no caben argumentos ni datos.
El negocio de las bendiciones a mil dólares no es una anécdota. Es el modelo en miniatura de toda la operación. En lugar de tomar y seguir los textos que hablan de justicia, de desterrados, de lágrimas sembradas en tierra ajena, de cuidar y proteger a los pobres, se vacía de su contenido ético a los textos sagrados. Se les da la vuelta y se les vende, literalmente hablando, haciendo creer que quien puede pagar, compra la gracia de Dios.
Un presidente que no sabe citar un versículo de la Biblia que dice ser su libro favorito se representa a sí mismo como Jesús. Su secretario de Guerra confunde la Biblia con un guión de Tarantino. La pastora se hace millonaria apoyándose en salmos que, en realidad, piden defender a quien su jefe deporta y asesina. La presidenta madrileña que no sabe ni una sola oración se presenta como abanderada de la civilización cristiana...
Detrás de esas farsas no hay fe. Es pura escenografía. Es la religión utilizada una vez más como decorado del poder y Dios convertido en logotipo de una estrategia política que oculta su sustancia real: deportaciones masivas, guerra, humillación de los débiles, acumulación desenfrenada, y un desprecio sistemático por todo lo que las tradiciones religiosas han podido tener de bueno durante siglos.
La ironía de la historia es que el único dirigente mundial que le ha dicho a Donald Trump que no le tiene miedo, y el que posiblemente ha censurado sus actos ilegales con más claridad, dignidad, determinación y valentía ha sido un líder religioso, el Papa León XIV. Un estadounidense que ha pasado cuatro décadas de su vida trabajando entre los pobres del Perú. No entre los poderosos, ni en los grandes despachos.
Claramente y sin tapujos, ha señalado y denunciado lo que Trump está provocando: "Demasiadas personas inocentes han sido asesinadas, y creo que alguien debe alzar la voz (...) No tengo miedo a Trump. Seguiré hablando contra la guerra (...) El mundo está siendo devastado por un puñado de tiranos rel="nofollow" ".
Las palabras del Papa reconfortan a las gentes de bien, sea cual sea su credo o ideología, y son muy de agradecer. Ahora hace falta que actúe con semejante decisión y espíritu evangélico para poner orden en el seno de su propia Iglesia. Su larga historia de connivencia con el poder resulta difícil de ignorar porque aún no ha finalizado. La venta de indulgencias —el perdón de los pecados a cambio de dinero— que desencadenó la Reforma protestante en el siglo XVI es el antecedente exacto de lo que ahora hace Paula White. Y cientos de obispos y jerarcas católicos apoyan hoy día con toda naturalidad las políticas de la extrema derecha que persiguen y maltratan a los inmigrantes, recortan derechos sociales y abandonan a las personas y familias más vulnerables, defienden para sí privilegios medievales, o han hecho que la Iglesia se apropie, como en España, de miles de propiedades que no eran suyas.
