Trump, en una imagen de archivo.
Trump, en una imagen de archivo.

Se fue Trump, pero no se ha ido todavía. Parece que se irá y con el ritmo trepidante de noticias parecería que el abuelete Biden, [Baiden], vino como caído del cielo a salvarnos a todos, que es lo que nos hacen esperar con la pandemia. En realidad Trump, como la pandemia, es algo que viene de lejos. Se subió al escenario Reagan y es ahí donde comenzó el espectáculo, cuando la desvergüenza lo impregnó todo, como el aceite con el papel de estraza. Papel de estraza, así de viejo es el trumpismo. Como cuando M-punto-Rajoy no se sabe quien es, y ese señor del que usted me habla. Trumpismo es como estar siempre entre sombras, donde todo hay que hacerlo como cada vez se diga, según el interés concreto del momento: hoy así y mañana asao, pero con un objetivo siempre claro, que engorde la cartera a costa de quien caiga.

A Trump lo echan, y vamos a ver si se va o hay que poner el agua a hervir, millones de americanos activistas y votantes, y nada de tres o cuatro y por la mínima, un abuelete que fue vicepresidente y que no parece tan comunista como Sanders, y una mujer negra, Kamala Harris, de origen indio, vicepresidenta que va a ser la presidenta del Senado. El 25% de las congresistas van a ser mujeres, entre otras Ocasio-Cortez. Las mujeres estadounidenses no son todas trumpistas, por suerte para ellas mismas y para todos los demás. El feminismo es bueno también para los hombres, al menos para mí lo es: yo me siento bien junto a mujeres emancipadas, empoderadas y nada sumisas. Mujeres, como leíamos en estas mismas páginas, que dan patadas a los diccionarios, esas patadas siempre figuradas, metafóricas y que van contra una norma y contra ninguna persona. Los diccionarios, aunque no todos, son normativos, pero Kamala Harris fue Fiscala General de California, donde la mitad de la población vive en español.

El trumpismo vive en el lenguaje y en los libros de diseño que presentan los objetos ornamentales propios para señoros y machirulos. No se trata solo del posible papel ornamental que las mujeres pueden desempeñar o a los que puedan ser obligadas. Los pobres son parte de ese paisanaje ornamental con el que los trumpistas adornan la mirada de sus ojos.

Y el miedo. El miedo a verse en la calle, el miedo a verse solo y sin el apoyo de los otros cuando pueda llegar el momento de verse en la calle. La comunidad trumpista no es de cuidados sino de disciplina de grupo, de normas para machos y machas. El miedo que no deja a la gente grande hacerse adulta, el miedo al Mundo salvaje del más fuerte, que donde más fuerza tiene es en esas comunidades trumpistas de machos cazadores, ahora que todo se compra en el supermercado o en la plaza, y que a nadie le hace falta ni fuerza ni escopeta, sino inteligencia, respeto, consideración. Quizá también por eso ser vegetariano sea cosa de poco hombre. Seguramente. Son esas verdades vagas de la oscuridad de los miedos.

Mentir a sabiendas y pretender que la verdad se puede torcer con tal de ganar, porque ganar es lo primero y lo único. Ganar dinero o ganar derribando al otro macho, y aplastarlo. Quizá sean estas reflexiones necesarias contra el trumpismo que nos destruye como seres humanos, seres sociales, seres cooperadores. El trumpismo, desde Reagan, pasando Bush y Clinton, es el regreso a la brutalidad, es volver a los árboles pero no para cuidarlos, sino para habitar en ellos como las bestias de Aristóteles. El trumpismo quiere basarse en la Ley natural, pero la Ley natural es el caos y la violencia, y el ser humano complementó con Cultura a la Naturaleza. El ser humano es Cultura, educación, conocimiento, la solidaridad del ser social o la repugnancia de su bestia. Los animales no son bestias, son animales, otra vez los diccionarios.

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