De la satisfacción

Francisco J. Fernández

Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967). Doctor en Filosofía. Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de secundaria. Su última publicación: Lycofrón. Diario de clase.

Obra de Katsushika Hokusai: 'El sueño de la esposa del pescador'.
Obra de Katsushika Hokusai: 'El sueño de la esposa del pescador'.

Observo con cierto asombro lo que Papá Noel tiene a bien ir regalando a las mujeres de mi casa. Siempre estuvo San Nicolás pendiente de mozas casaderas (eso cuentan las leyendas), pero ahora ya le da un poco igual su estado civil, por no hablar de su edad (teen, milf o granny: las distinciones pornográficas tienen algo de escolástica tardía desde luego). Todas merecen al parecer su Satisfayer, una especie de pepino canijo y encorvado, como aquellos por los que mi suegro se disculpa cuando nos trae la verdura de su huerta. No los tiro, porque con un poco de aceite y pimienta son un manjar estival.

El adminículo este no es verde, sino rosa que te quiero rosa. Un rosa chicle ergonómico que permite embocar el clítoris con facilidad. De hecho, hay diferentes boquillas; supongo que para adaptarse muellemente a los diferentes tamaños, lo que parece que importa. Luego se pone a zumbar como un abejorrito (¡oh, Nancy!) y genera al instante espasmos, gemidos y paroxismos de pasión. Se me refiere, no obstante, que las distintas velocidades del aparato suscitan dudas en los intereses de las interesadas, de tal forma que una pulsión de zapeado, difícil de gestionar, parece sobreponerse a las tríbadas intenciones iniciales. En fin, es verdad que tiendo habitualmente a quedarme en la superficie de las cosas, pero nunca como en este caso era necesario mantenerse en lo epifenoménico, por lo menos hasta ahora.

Rafael Sánchez Ferlosio recordaba hace años una sutil distinción de Hegel entre la felicidad y la satisfacción. El más conspicuo de los bachilleres reflexionaba magistralmente sobre ella y venía a decir que la felicidad consistiría en el disfrute de unos bienes (las verduras de las eras, que evocaba Jorge Manrique) mientras que la satisfacción, más bien, en el cumplimiento de unos valores.

No es nada inocente que los publicistas (neuróticos obsesivos, sin duda) de este utilísimo achiperre hayan apostado con notable éxito por la satisfacción en vez de por la felicidad. Es en general lo que hace todo quisqui a todas horas. Estamos tan condenados al fracaso que proporcionarse una pequeña satisfacción parece lo más normal del mundo. Y, en efecto, lo es en este caso: un pequeño éxito masturbatorio (¡válgame bendito!), pues se ha cumplido un valor, es decir, se ha alcanzado un objetivo. Como un aburrimiento con otro se mata, la pulsión de repetición tiende a imponerse, disfrazada de colmo. ¡Eureka! El sujeto ya tiene sus certezas (y de mí mismo yo me corro agora, escribía Garcilaso en otras circunstancias).

Cualquier cosa antes que vincularse sin sufrir, es decir, desear sin certeza desde un cuerpo inexacto e inevitable (a pesar de la mamporrera ciencia médica) en un alma quebrada (a pesar de unas psicologías reconfortantes). Ojalá todo fuera tan sencillo como pensaba Marco Aurelio cuando hablaba de una gimnasia ruidosa con secreción de fluidos, sin darse cuenta de que el problema no es que el amor sea algo del alma (¡qué tendrá que ver el amor verdadero con el meadero!, decía mi abuela con sus nueve hijos a cuestas), sino que el deseo esté incompetente e impotentemente incorporado (por eso defendía Spinoza que nadie sabe lo que puede un cuerpo, porque nadie sabe lo que puede un alma).

Además, en El Banquete de Platón se declaraba explícitamente: el amor se sostiene sobre una falta; por eso el deseo es deseo de un deseo, algo que no puede ser nunca no tanto colmado como asegurado, pues depende de la casualidad necesaria de un encuentro, esto es, de un acontecimiento, de algo no predeterminado. Teológicamente: que el bien es fruto de la gracia, como decía aquel que supo antes que nosotros de todas estas cosas.

Y, sin embargo, confío en ellas como no confío en otra cosa, pues nadie sabe en qué piensan y son ciertamente el discurso de la revolución y no el del aburrimiento. Pero, ea, a ver quién se lo dice ahora a mis damas mientras embocan entretenidas sus pepitillas.

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