Hay algo que me inquieta cada vez más: vivimos en una sociedad que se dice libre. Libre para opinar, para expresarse, para decir lo que uno piensa. Pero, demasiadas veces, esa libertad se utiliza como excusa para soltar comentarios que no son inocentes, que hacen daño y que siguen alimentando prejuicios contra quienes ya bastante tienen con lo que viven.
Santiago Segura. Nunca ha sido santo de mi devoción. No me hace gracia, y sus Torrente siempre me han parecido el reflejo de una masculinidad rancia, incómoda, de otra época que, por desgracia, aún no hemos dejado atrás del todo. Alguna vez le escuché comentarios con un aire machista, pero lo dejé pasar. Error. Porque no es solo una broma. No es solo “humor”. Es una forma de pensar.
Y cuando hace poco volvió a hablar —tirando de ironía, de supuesta provocación— lo que dejó ver no fue ingenio, sino algo mucho más preocupante: lo profundamente arraigado que sigue estando el machismo. Que luego se retracte no cambia gran cosa. El daño ya está hecho.
Sinceramente, echo en falta algo muy simple: responsabilidad. Como escribió Hannah Arendt, “la banalidad del mal” muchas veces se manifiesta precisamente en esa falta de reflexión, en esa ligereza con la que se dicen y se hacen cosas que tienen consecuencias reales. Pero, en el fondo, el problema no es solo él. Ojalá lo fuera. El problema es que hay muchos “Santiago Segura”.
Hay demasiadas personas a las que estos comentarios les parecen graciosos, normales, sin importancia. Gente que, en realidad, sigue cómoda en un modelo de sociedad desigual: uno en el que los hombres ocupan el espacio del poder y la decisión, y las mujeres quedan relegadas a los cuidados. Un mundo dividido de forma rígida, casi automática, donde lo diferente incomoda.
Por eso molesta tanto el feminismo. Porque cuestiona todo eso. Porque rompe ese relato tan simple —y tan injusto— de fuertes y débiles, de príncipes y cenicientas, de quién manda y quién obedece. Como dijo Simone de Beauvoir, “no se nace mujer: se llega a serlo”. Y en esa construcción social es donde muchos privilegios se sostienen… y también donde empiezan a tambalearse.
Y en medio de todo esto están también las personas trans, a quienes se sigue tratando desde la ignorancia más absoluta. Señor Segura: no tiene usted ni idea de lo que significa ser una persona trans. De lo que se siente, de lo que se sufre, de todo lo que hay que atravesar para algo tan básico como ser reconocido. Reducirlo todo a una caricatura —como si bastara con “decir que quieres ser mujer”— no solo es falso, es profundamente irresponsable.
Lo mismo ocurre cuando se habla a la ligera de leyes como la del “solo sí es sí”, repitiendo mensajes simplistas que no reflejan la realidad, o cuando se niega la discriminación que han vivido —y siguen viviendo— muchas personas.
A veces me pregunto si no sería más útil parar un momento y escuchar. Escuchar de verdad. A quienes viven esas realidades. A quienes saben de lo que hablan porque lo han vivido en primera persona. Porque, como recordaba Eduardo Galeano, “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Pero para eso hace falta, primero, entenderlo. Porque sí, opinar es libre. Pero opinar desde la ignorancia, desde el prejuicio o desde la burla, tiene consecuencias.
Y ese es el verdadero problema: que no hay un solo Santiago Segura.
Hay muchos.




