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La solución no es fácil. La expropiación, que es por lo que muchos claman en las redes sociales, no es garantía de nada.

No puedo dejar de encabezar este artículo, precisamente el que lleva el subtítulo de la iniciativa privada, sin plasmar un recuerdo emocionado hacia Fernando de la Quintana, fallecido a finales de la pasada semana. A los que tuvimos el inmenso honor de conocerlo y tratar con él nos queda su legado de compromiso e implicación por la recuperación de su barrio. Además, predicaba con el ejemplo: su casa de la Plaza de San Lucas es no sólo la prueba de que se puede querer venir a vivir al centro histórico, sino la demostración del incalculable patrimonio oculto que aún permanece escondido a saber en cuántas casas de la zona histórica. Fernando era de esas personas que, por su condición social, podría haber vivido donde quisiera, pero eligió Jerez. Y no sólo eso: se vino a vivir a la zona más degradada de la parte más degradada del degradado centro histórico de la ciudad. Ahí queda eso. En la tierra en la que muchos aún se creen señoritos de alta alcurnia sin tener donde caerse muertos, Fernando era todo lo contrario: lo tenía todo, pero no ostentaba nada. Abría las puertas de su casa siempre que se le pedía a todo aquel que mostraba interés en verla. No es lo mismo ser señorito que señor, y Fernando era un Señor (con mayúsculas), una de esas personas que desprenden luz a su paso y a las que nunca conviene olvidar. Al menos yo, desde las tribunas y foros en los que se me permita participar, no voy a dejar de recordarlo. Descanse en paz.

Puede que a estas alturas todavía existan muchas personas que no sepan que el centro histórico de Jerez fue declarado Conjunto Histórico Artístico en el año 1982. Eso acarrea que cualquier actuación de tipo urbanístico o arquitectónico, así como todo lo referido a la conservación de los bienes muebles e inmuebles, se rige por las leyes del patrimonio histórico: la estatal, de 1984, y la andaluza de 2007. Y en las dos se especifica claramente que son los propietarios de los edificios los responsables en cuanto a la conservación y el mantenimiento de los mismos se refiere. Evidentemente a estas alturas huelga decir que ese es un precepto que no se cumple en nuestra ciudad y es verdad que tanto el Ayuntamiento como la consejería de Cultura tienen competencias y deben velar por el cumplimiento de la Ley, pero no es menos cierto que los responsables son los que son. O lo que es lo mismo: no podemos esperar siempre que papá Ayuntamiento resuelva el problema que ha creado otro que, para colmo, es privado. Hay que reprocharle que no se atreva a hacer cumplir la legalidad en este aspecto. Más que eso: está claro que no sirve como ejemplo para que esa conservación y mantenimiento se lleve a cabo, sólo hay que mirar algunos edificios de la plaza Belén o la calle Barranco, de titularidad municipal, para comprobarlo. Sin embargo, se da la casualidad de que la gran mayoría de los edificios ruinosos del centro histórico están en manos privadas, muchos de ellos con el ya maldito cartelito verde con los números amarillos que tanto abunda por estos lares.

Obviamente la solución no es fácil. La expropiación, que es por lo que muchos claman en las redes sociales, no es garantía de nada —el palacio Riquelme es la prueba—, además de ser un acto que conlleva un coste, sin hablar de lo que costaría la rehabilitación posterior del edifico en cuestión. Quizá haya que hacer un uso más frecuente de las ejecuciones subsidiarias, pero claro, es un gasto que hay que realizar y para un ayuntamiento en la situación económica en la que está el nuestro está claro que no debe ser fácil. Órdenes de ejecución, acompañadas de multas coercitivas, tal vez sea la mejor opción, pero hay que ser conscientes de que es muy complicado revertir la tendencia de dejadez y especulación.  Sí que me parece muy importante la actuación en la Plaza Belén para acabar de una vez por todas con las intenciones de esos “empresarios”, en particular uno, que al abrigo del proyecto megalómano de la Ciudad del Flamenco compraron propiedades para luego dejarlas arrumbadas y abandonadas a su suerte y provocando que la degradación de la zona aumentara exponencialmente. Por ello es tan importante esa obra que comenzó la semana pasada y por ello la defenderé siempre. En fin, tal vez la solución no esté tan clara, pero en el cumplimiento de las leyes del patrimonio podremos encontrar las claves de la misma.

Sobre el papel de la ciudadanía, hay que reforzar las labores de concienciación de la misma respecto a su patrimonio. Todos estaremos de acuerdo en afirmar que la errada política de expansión urbanística practicada en el pasado lo que ha provocado es una falta total de identificación, la desafección del jerezano con su centro histórico, hasta el punto de que muchos no conocen el nombre de la mayoría de las calles o directamente no han pisado en su vida muchos de los lugares de los que hablamos habitualmente. Es algo profundamente sintomático y por supuesto es un problema que hay que atajar desde las escuelas hasta la celebración de jornadas y conferencias sobre patrimonio en centros de barrio periféricos, sin miedo a la poca gente que pueda participar al principio, mas conscientes de que es una labor ardua que, tarde o temprano, terminará dando sus frutos. En ese encuadre es donde hay que encajar la manifestación que el 26 de septiembre, a las 20:30 horas, partirá de la plaza del Mercado en defensa de nuestro centro histórico. La concienciación es la clave. Si conseguimos un nivel de implicación y compromiso del uno por ciento que mostraba Fernando de la Quintana, habremos cumplido con creces nuestro cometido.



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